28/3/26

La mirada bíblica de Stuart Park sobre José Jiménez Lozano

Pájaros y Melancolía es el título de un libro escrito por un autor inglés, Stuart Park, afincado en Valladolid, que se presenta como un modesto comentario a la poesía de un escritor bien conocido y querido en su tierra, José Jiménez Lozano, pero que se revela como una sorprendente guía de lectura del autor castellano.

Un libro de literatura donde la magnífica prosa del autor inglés se pone al servicio de la poesía, sobria y radical, del autor castellano, pero que acaba entregando la llave de una nueva interpretación de toda la obra de Jiménez Lozano. Un libro pues que une a su dimensión literaria, la hermenéutica, algo que no debería llamar particularmente la atención, al rotar el libro de Stuart Park sobre la poesía de Jiménez lozano, si no fuera porque la aguda mirada del escritor inglés abre un debate sobre el alcance de la narrativa, en general, y sobre la española contemporánea, en particular.

Pájaros y Melancolía tiene entidad propia. Tras un lenguaje cristalino asoma un escritor soberbio que cautiva con una escritura llena de mansedumbre y sabiduría. Yo que soy mal lector de literatura, porque por deformación leo con un lápiz en la mano y eso me lleva al ensayo más que a la literatura, me sorprendo leyendo a este autor que escribe susurrando. Con toda naturalidad te saca de tus afanes para ponerte en contacto con lo sensible de la naturaleza y el misterio que tras ella se esconde. Una escritura la suya que amansa y sosiega.

El autor ha recurrido a los pájaros para entablar su particular conversación con Jiménez Lozano. Para los dos amigos los pájaros representan mucho. Para Jiménez Lozano, recuerda Park, las aves simbolizan la fragilidad y la decisión. Lamenta que estas pequeñas creaturas “diseñadas para volar en libertad”, caigan “presas de la enfermedad, del accidente o de la mano humana depredadora”, aunque admira la decisión, que a veces falta a los humanos, con la que “cumplen su vocación con entrega absoluta sin equivocaciones ni titubeos” (Park, 2024,18). Park se rinde ante esa maravilla reconociendo que “la presencia de un pájaro pequeño puede transformar nuestro horizonte vital”. Los pájaros son en la obra los mensajeros de la sensibilidad. Petirrojos y gorrioncillos, cuervos y hurracas, garzas y grajos unen al reino animal con el humano en una amable fraternidad. El poeta les abre la puerta de la historia humana, pero el comentarista le recuerda que el profeta Elías, abatido y deprimido, pudo sobrevivir en el desierto gracias al pan y a la carne que con regularidad de relojero le traían unos cuervos (1 R 17,6). Esta reivindicación del ave encuentra su gran momento en la evocación de la chova que en alemán es la traducción de Kafka. Al escritor checo dedica Jiménez Lozano un poema donde espera de la chova que es Kafka el sosiego que trasmite su mirada, igual que Elías esperaba de los cuervos su sustento (Park, 2024, 73).

Mientras la mirada del lector se desliza suavemente por las explicaciones que se le van ofreciendo de los poemas sobre pájaros, descubre que las claves interpretativas son bíblicas. No es un recurso, es una clave. En el poema titulado Abandono dice: “Envenenado gorrioncillo,/¡Ecce passer! ¡Tan pequeño! ¡Tan frágil…”. Para expresar el lamento por el pájaro envenenado recurre a la expresión latina ecce passer que en el lector evocará esa otra, más familiar, de ecce homo, consiguiendo así volcar sobre el desgraciado gorrión la compasión que nos provoca la pasión del Nazareno (Park, 2024, 50). Algo parecido ocurre en otro poema, Vislumbre, que empieza describiendo un paisaje familiar, seco y soleado “Tan blanco el muro/tan roja la amapola,/tan sólo el pájaro en lo alto,/el sol tan pálido,/un zarzal seco con espinas”. Pero el poema no va, como sería el caso del Machado de Campos de Castilla, del alma castellana, sino de un misterio, del misterio que esconden las tierras del desierto. Por eso acaba el poema con un desconcertante “Te descalzaste”, haciendo alusión, aclara Stuart Park, a la zarza ardiente ante la que se descalzó Moisés. Con ese ademán queda al descubierto el sentido misterioso de la vida de un pueblo que lucha por su existencia de sol a sol (Park, 2024, 54)

Las referencias bíblicas son la clave pero esto conviene entenderlo bien. Hay poetas que componen sus poemas con materiales tomados de la mitología griega o egipcia o nibelunga. Los mitos son instrumentos con los que el poeta articula su visión de la realidad. Aquí se trata de otra cosa. Lo importante no son las historias bíblicas con las que se decora una idea, sino el espíritu de la narración, esto es, una forma singular de narrar inspirado en el relato bíblico. Algo de esto quería dar a entender Imre Kertézs, el Premio Nobel de literatura, superviviente de Auschwitz, cuando hablaba del espíritu de la narración, eso mismo que Jiménez Lozano echaba de menos cuando se lamentaba de que no hubiera “en nuestras letras quien recree una escena bíblica con alguna entidad” (Park, 2021,73). Sobre motivos religiosos hay mucha literatura; que transmitan el espíritu de la narración, pocas. ¿La diferencia? En el primer caso el espectador puede extasiarse ante el logro estético de un Cristo crucificado; en el segundo se sentirá parte -cómplice y contemporáneo- de los personajes del cuadro, como ocurre en el Rembrandt.

2. Stuart Park recuerda en otro substancioso libro de apariencia menor pero imprescindible para el esclarecimiento de los asuntos que nos convocan, titulado El viaje a Oxford que nunca tuvo lugar. Un diálogo tranquilo y sereno en torno a la Biblia (un diálogo entre Jiménez Lozano y Stuart Park), recuerda, digo, la queja de Jiménez Lozano por un tópico muy extendido sobre su obra que le había dañado sobremanera a la hora del reconocimiento. Se refería al encasillamiento en el género literario de “escritor religioso”. Eso, dicho en España, sonaba a sentencia de muerte. En Gran Bretaña estaba Chesterton; en Francia había figuras como Bernanos, Mauriac o Péguy con gran reconocimiento literario, por encima de sus opciones ideológicas, pero en España se asociaba lo del “escritor religioso” sea a la literatura de sacristía, sea al nacionalcatolicismo, dos mundos, en cualquier caso, sin estimación literaria.

Stuart Park le rescata de ese infierno al hacernos ver, como quien no quiere la cosa, que es en eso, en haber entendido el alcance del contar modo bíblico, lo que le hace singular, lo que sitúa su escritura en un nivel que rara vez se ve en las letras españolas.

Esta osadía hermenéutica se la puede permitir Stuart Park por dos razones. La primera porque es un consumado conocedor de la Biblia. Detecta sus huellas como si dispusiera de unos potentes rayos ultravioletas con los que ve lo que escapa al ojo distraído. Tiene a su favor una tradición cultural, la inglesa. en la que el espíritu bíblico está incorporado a la cultura general, mientras que en la católica España, lo bíblico no ha pasado de chapa y pintura. En diálogo con Jiménez Lozano el autor recuerda, por ejemplo, que en 1559, un Edicto Inquisitorial prohibía la lectura de la Biblia en romance. En ese momento Melchor Cano, gran teólogo de la Escuela de Salamanca, sentenciaba desde su magisterio  que “la lectura en lengua vulgar de la Biblia ha hecho mucho daño a las mujeres y a los idiotas”, por eso añade que “es menester velarla y poner un cuchillo de fuego para que el pueblo no llegue a ella”: un cuchillo de fuego entre la Biblia y el lector para privar a la Escritura de su fuerza reveladora y al lector de su fuerza iluminadora (Park, 2021, 44). Esta estrategia inquisitorial alcanzó a Teresa de Cepeda y Ahumada que se vio privada hasta de una selección de textos evangélicos que la censura había permitido circular. Es verdad que en este caso la tropelía no quedó impune pues, según cuenta ella misma, el Señor a quien los teólogos y autoridades eclesiásticas decían servir, le dijo “no tengas pena que Yo te daré un libro vivo”, algo que la mujer agradeció aunque no saciara su sed de texto. Todo lo contrario de Inglaterra. En ese momento Willian Tyndale ya había traducido la Biblia del Rey Jaime, esperando así que, con el libro en inglés, cualquier gañán de pueblo en Inglaterra conociera el texto sagrado “mejor que el propio Papa”. Stuart Park tiene tras de sí esa tradición cultural que él enriquece con la dedicación que ha puesto en el estudio de las Escrituras y el notable conocimiento que demuestra tener.

Hay otra razón para su propuesta hermenéutica. Stuart Park pertenece a la estirpe de los Blanco White, George Borrow o Gerald Brenan, es decir, de esos intelectuales ingleses que vienen a España y, desde la empatía y la distancia, ven lo que permanece invisible a los del lugar. La sociología del conocimiento ha construido una figura en consonancia con estas experiencias. Uno de sus representantes, Karl Mannheim, la describe como la propia de una “inteligencia que se mueve libremente”. Es libre respecto a los tópicos de los lugareños y está en movimiento para ver la cosa desde diferentes ángulos. Stuart Park tiene, además, una ventaja sobre muchos de sus compatriotas porque él no es un viajero que esté de paso, sino que vive aquí con lo que la finura de sus observaciones resulta contrastada.

3. Para avanzar en la comprensión del espíritu bíblico de la narración hay que tener en cuenta, como dice Park, que la impronta bíblica afecta al estilo y a la temática.

            3.1. Si por estilo entendemos, no el postureo estilístico que Jiménez Lozano detestaba (Jiménez Lozano, 2022, 171), sino la conciencia del alcance de la escritura (¿sólo descripción o, por el contrario, “expresión de la esencia lingüística de la cosa”, que decía Benjamin, es decir, una escritura capaz de dar vida a la realidad?), podríamos señalar las siguientes características. En primer lugar, la sobriedad o, como decía el teólogo alemán Johan Baptist Metz, la “pobreza de espíritu” (Armut im Geist). El lenguaje del desierto no es el mismo que el de un puerto de mar,  por algo el monoteísmo es hijo de “la tienda del Patriarca” y la filosofía y la mitología, del puerto de mar. Para el semita los problemas son crudas realidades que no se camuflan con ropajes vistosos. Ante la muerte, ante la injusticia, ante el sufrimiento del inocente, el griego puede inventarse un mito, como el de Edipo, o recurrir al destino que nada explica; incluso la filosofía puede dar una interpretación idealista que disuelva, como hace Hegel, el problema de la muerte individual en el Todo “que nunca muere”. ¡Cómo si eso fuera de algún consuelo¡ El judío, por el contrario, convocará al mismísimo Creador para que se explique, como hizo Job que no paró hasta que Yahvé compareció. Lo que distingue a Israel de los pueblos de su entorno es que, ante experiencias de sufrimientos, se niega a refugiarse en idealizaciones o mitologías. El pueblo judío, dice el exégeta Von Rad, aguanta a pie firme sus fracasos y rechaza consuelos fáciles. Pide justicia y, si la hay, tiene que darse en el tiempo y no en la eternidad. Es lo que pone en evidencia la apocalíptica judía –la vuelta del Mesías- que tiene que darse en el tiempo de la historia. Gran diferencia pues entre “la sencillez descriptiva manifestada por los evangelistas”, tal y como señala Park, y el artificio vistoso propio del mito o de la leyenda piadosa (Park, 2021,101).

Una segunda característica es su ambición. Se trata de perfilar el alcance de la narración. Se cuenta algo para que acontezca lo contado o, como decía Jiménez Lozano, “para que la palabra despierte vida”, para que quien da testimonio encuentre en el oyente a un testigo que tome el relevo, para que la cadena de lo memorable no decaiga. Le gustaba a Jiménez Lozano evocar la contundente explicación que daba Martin Buber de lo que es narrar según el espíritu bíblico. Recordaba el maestro hassídico a un piadoso rabí quien, deseoso de saber cómo entender los relatos de la Thorá, preguntó a su abuelo, paralítico en ese momento pero que había sido discípulo del santo Baal Shen Tov, cómo lo entendía su renombrado maestro: “cantando y bailando”, respondió éste al abuelo, mientras él mismo se levantaba, sobreponiéndose a la parálisis, cantando y bailando para demostrar cómo se debe narrar (Park, 2021, 118). El relato, a diferencia de la historia, no pone el acento en el conocimiento de hechos ocurridos en el pasado, sino que los anima para hacerles actuales. El relato convierte en memorable lo ocurrido, es decir, en una experiencia pasada que merece ser traída al presente para que forme parte de nuestra vida. Se entiende la frustración de Jiménez Lozano cuando este ingente esfuerzo por enriquecer la literatura española con la savia nutricional del relato, se veía correspondido con el descrédito de ser un “escritor religioso”. Stuart Park recoge una amarga confesión que expresa bien su decepción: “lo que yo pienso es que esa presencia bíblica en mi escritura es de las cosas que más me ha perjudicado como escritor, porque de este modo me he marginado o he sido marginado por mi temática y mi lenguaje y ciertos prejuicios ideológicos muy hispánicos” (Park, 2021,118). El se salía del carril por donde transitan los que buscan el reconocimiento que da prestigio, y los demás, en revancha, le invisibilizaban. Ahora bien, lo que sus críticos están desechando no es el manejo de historias bíblicas –que ya sería de por sí empobrecedor- sino el poder revelador de la palabra. No se  trata de reivindicar la palabra revelada, sino de reconocer el poder de revelar de que dispone la palabra. Se podría aplicar a sus críticos la dura diatriba de Theodor Adorno a sus contemporáneos alemanes cuando  les decía que “el pensamiento que no se decapita a sí mismo, termina en la trascendencia” (Adorno, 2008, 368). Se lo decía en la posguerra a filósofos que se habían aclimatado al nacionalsocialismo para evitar el vértigo de la trascendencia.

Walter Benjamin –un autor muy presente en la obra de Jiménez Lozano- añade, en su texto El Narrador, una tercera característica: la importancia del tiempo en la narración para que el relato esté cargado de experiencia. La diferencia entre narrar con tiempo y sin tiempo es que en el primer caso el relato recoge experiencia y en el segundo, sólo vivencias. La experiencia necesita tiempo para metabolizar el acontecimiento en parte de uno mismo. Ese tiempo es duración, no instantaneidad, y por tanto caducidad y muerte. La muerte forma parte de la narración. Benjamin habla de la autoridad de la muerte en el sentido de que la muerte es el desafío al que se enfrenta el narrador (Benjamin, 1970, 199). Este busca, en efecto, salvar de la muerte lo memorable al convertir al lector en testigo o narrador que prolongue la obra. El arma del narrador frente al desafío o la autoridad de la muerte, es la memoria que permite rescatar lo memorable. Benjamin lo explica recurriendo a la imagen de un desgraciado ladrón que al ser pobre concita la peor de las condena. En ese momento descubre que su único capital, para escapar de la muerte, es contar sus hazañas. Ante la autoridad de la muerte no vale el poder ni el dinero. Lo único que puede escapar de ella es lo memorable. Jiménez Lozano no cae, como suele ocurrir, en la trampa de la falsa eternidad que propicia el tempo instantáneo que nos invade (y que sólo genera vivencias puntuales), por eso la muerte está tan presente en su obra.

            3.2. Pero también ha afectado a la temática. La ausencia de esa cultura explica “la incapacidad para la radicalidad y la detección del grosor de las cuestiones, el desasosiego o la celebración de las cuales siempre constituyó la grandeza y profundidad del arte” (Park, 2021, 77). Esto nos llevaría muy lejos, a preguntarnos, por ejemplo, ¿por qué ha habido tan poco pensamiento original entre nosotros?, ¿por qué nuestros ensayos citan tanto y dicen tan poco?, ¿por qué, como decía Unamuno, no ha habido heresiarcas?, ¿por qué tantos comentarios escolásticos? Es verdad que aquí el pensar no lo ha tenido fácil por el peso de la Inquisición que, como decía Luis Vives, hace sospechosa “la palabra, el silencio y el pensar”. Por algo es el marranismo, un modo de ser en el que la doblez es un recurso necesario, algo muy de estas tierras. Jiménez Lozano ha hecho compuesto con esta actitud vigilante un relato memorable en La ronquera de Fray Luis. Sabedor el fraile agustino de que no faltaba en sus clases algún sabueso inquisitorial, bajaba la voz alegando ronquera “porque es mejor decirlo así de paso no nos oigan lo señores inquisidores” (Jiménez Lozano, 2001, 134). En fin que acertó Umberto Eco, en El nombre de la rosa, cuando ubicó en la muy castellana ciudad de Palencia a fray Jorge, el monje que asesinaba a los frailes deseosos de novedades porque, según él, la humanidad ya poseía todo lo que tenía que saber para su salvación. En un gesto muy de cristiano viejo, el monje bibliotecario cuidaba de que la cultura se atuviera a repetir lo sabido, olvidándose de innovar o descubrir lo desconocido.

En asuntos de esta monta no hay una única causa pero una de ellas, amén de la falta de libertad, es un modo de pensar que “se decapitaba a sí mismo” porque se privaba de una abertura al infinito que era, como bien reconoce Hegel, una herencia de la tradición judeocristiana. Jiménez Lozano relaciona ese déficit cultural con “la incapacidad para la radicalidad y la detección del grosor de las cuestiones”. Esta denuncia supone un gran desafío para el denunciante porque le pone en la tesitura de demostrar que quien, como él, se siente deudor y seguidor de la narrativa bíblica, tiene que mostrar espíritu narrativo, en la forma, y grosor y radicalidad en las cuestiones que trate. No parece descabellado afirmar que hay una diferencia entre sus potentes relatos cortos y muchas de sus novelas; y que en sus ensayos y diarios encontramos, junto a juicios convencionales, auténticos descubrimientos. Pondré algunos ejemplos sobre la radicalidad de sus enfoques. Durante el concilio Vaticano II, el debate teológico sobre la libertad religiosa era, en España, munición de combate entre franquistas y antifranquistas. Sólo Jiménez Lozano puso las luces largas para hacer ver que el problema no era de unos contra otros, sino de unos y otros. El enfrentamiento político del momento impedía ver la deuda histórica que tenía cada una de las dos Españas con la libertad, en general, y la convivencia, en particular.

En el año 1985 publicaba Jiménez Lozano su Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda, un libro en el que el autor sigue los pasos de su protagonista, “con setecientos años de dolor a sus espaldas”, en compañía de “Yahvé y los otros personajes de la historia”, para lanzar preguntas que son “gritos de cólera y angustia”, según cuenta en su diario (Jiménez Lozano, 2022, 231). Al acabar su redacción se preguntaba el autor si habría para él un espacio de acogida. Daba por descontado el silencio de la crítica, pero, se preguntaba en sus Diarios, si por ventura encontraría “un silencio interior y profundo en un puñado de lectores”. Tenía razones para desconfiar pues sus preguntas rompen todos los tópicos. El perfil que el Rabí hace de Judas, en el relato El Beso, es abisal. Judas aparee como el actor necesario en el plan divino de salvación. Jesús lo sabe y Judas también, por eso Jesús tiene debilidad por el discípulo a quien le va a pedir que por amor le traicione: “a nadie se le ha pedido nunca un tan terrible amor, decía Rabí Isaac Ben Yehuda”  (Jiménez Lozano, 1985, 93). Tras ese sobrecogedor relato nosotros tenemos que tomar una decisión: o revisamos la imagen milenaria de Judas que le ha  convertido en el peor de todos los seres humanos, o nos preguntamos qué sería del cristianismo si Jesús hubiera muerto de viejo en la cama. Al Sábado de Gloria va unido el Viernes de Pasión, el momento de Judas.

Hay otro momento de este viaje por la vida del Rabí errante. Hemos vivido en los últimos meses la guerra de Gaza. La guerra, con su secuela de muerte y destrucción, ha provocado una honda indignación que se ha traducido, en general, en condenas sin paliativos del Estado de Israel por su reacción desproporcionada. Me pregunto qué diría el que así condena si hubiera leído este libro que lleva consigo el dolor que nuestros antepasados causaron a los antepasados del rabino. Cuando uno escucha los lamentos del Rabi Isaac, recordando los pogromos que nuestros abuelos perpetraron en Zamora, Salamanca, Ávila, León, Astorga, Palencia, Valencia donde aljamas enteras fueron pasadas a cuchillos, sin mediar provocación alguna (Jiménez Lozano, 1985, 78), ¿se atrevería a erigirse en juez de lo que ha ocurrido en Gaza o se tentaría la ropa preguntándose por su responsabilidad? Si nosotros, los europeos, hemos sido causa del problema palestino, oponiéndonos sistemáticamente a permitir al pueblo judío vivir pacíficamente entre nosotros, no podemos erigirnos ahora en jueces superiores con derecho a condenar o absolver. Si somos parte del problema, empecemos por asumir nuestras responsabilidades. Lo que ha ocurrido es horrible pero de lo que se trata es de saber si nosotros nos erigimos en jueces o entendemos de com-pasión.

4. La huella bíblica, dice Stuart Park, afecta al estilo y a los asuntos de la escritura. Esto debería pesar en la valoración de la obra de José Jiménez Lozano. Al ser un escritor tan polifacético y prolífico es difícil encontrar un hilo conductor que aúne las diferencias y hasta contradicciones, políticas e ideológicas, que ciertamente aparecen en sus escritos. Poco bien le hacemos cuando se resume su valía y singularidad diciendo que forma parte de una saga de notables o clásicos y, menos aún, cuando se le considera, tras melosos contorneos, una especie de epígono del noventayochismo, con sus lamentos por la decadencia (moral) de España y nostalgias por un pasado que pasó. Son juicios epidérmicos que nada dicen sobre el nervio de su escritura. En algún lugar y momento he creído encontrarle en una especie de teología política, es decir, en el reconocimiento del peso específico que, según él, tiene la religión en la vida política y cultural de los españoles (Mate, 2024, 6-10). Su gran aportación sería haber descubierto el modo patológico de su presencia (la theobiosis que decía Américo Castro) y haber detectado el que pudiera sanarla (inspirándose en el Monasterio de Port Royal donde la sed de libertad mana de su propia espiritualidad). Pero creo que Stuart Park va más al fondo de las cosas cuando sitúa ese nervio o espíritu de la narración en la impronta bíblica. Jiménez Lozano quería, por un lado, dar vida a la palabra y extraer de ella su genio revelador. Que la palabra fuera la candela con la que iluminar nuestro tiempo, haciendo de los Rabí Isaac, Sara de Ur, El Mudejarillo o de los enterrados en los corralillos, nuestros contemporáneos, igual que Rembrandt hizo con los personajes de sus cuadros. Y, por otro, dar grosor a las preguntas, aunque lleven a los abismos de la metafísica o de la teología. Coincidía en esto con el frankfurtiano Theodor Adorno cuando decía que si se deja fluir el pensamiento, desembocará en el territorio de la metafísica o de la teología. Hay buenos escritores en español que, sin embargo, sienten vértigo ante esta radicalidad. El no estaba dispuesto a tirar de hacha para segar el árbol de la vida, sino para podar sus ramas secas. No sé si se podrá ya hablar de la escritura de José Jiménez Lozano sin tener en cuenta la clave propuesta por Stuart Park a quien habrá que agradecer, además de la belleza de su propia escritura, la agudeza de ingenio en la lectura del autor castellano.

Reyes Mate (texto de su intervención en la Presentación del libro en Valladolid el 5 de marzo 2025)

Bibliografía citada:

Adorno, Th., 2008, Dialéctica Negativa, Akal, Madrid, 368.

Benjamin, W., 1970, “El narrador” en Sobre el programa de la filosofía futura, Monte Ávila, Caracas.

Jiménez Lozano, J., 1985, Parábolas y circunloquios del Rabí Isaac Ben Jehuda (1325-1402), Anthropos, Barcelona.

Jiménez Lozano, J., 2001, Fray Luis de León, Ediciones Omega, Barcelona.

Jiménez Lozano, J., 2022, Obras Completas I (OC), Fundación Jorge Guillén, Valladolid.

Mate, R., “La teología política de José Jiménez Lozano”, revista Ínsula, nr 935 (noviembre del 2024), 6-10.

Park, S., 2021, El viaje a Oxford que nunca tuvo lugar, Confluencias Editorial.

Park, S., 2024, Pájaros y Melancolía, Fundación Jorge Guillén, Valladolid.

 

23/3/26

Autoritarismo y olvido en la transición política española

            1. La transición política española se hizo bajo el signo del olvido o, mejor, de “echar al olvido” pues no se trataba de un olvido involuntario sino querido. Lo que se quería dar a entender con esa expresión es que se rechazaba dar significación política al pasado. Paz por olvido que es, según Slomo BenAmi, la fórmula más exitosa en casos de transición de sistemas dictatoriales a democráticos.

 Si nos preguntamos que por qué se hizo así, habría que recordar que fue porque esa fórmula encontró más consenso que otras, que fueron descartadas. Antonio G. Santesmases explica en su estudio “Memoria y olvido en la transición política española” (colaboración en el libro colectivo Memoria Democrática. Una necesidad para una ciudadanía informada y crítica) que, tras la muerte de Franco, se abrieron tres caminos: en primer lugar el continuista. Un franquismo sin Franco, con los mismos principios del régimen franquista, sin partidos, ni parlamento, ni sindicatos, ni elecciones libres. Es el que representó Arias Navarro que no contentaba, si exceptuamos a los militares, ni a los del régimen. En el polo opuesto, el camino de la ruptura. Despido y condena del régimen anterior, abriendo un tiempo constituyente donde el pueblo pudiera elegir entre monarquía o república, así como decidir el modelo de organización territorial previo uso del derecho de autodeterminación. No estaba el país para tanto vértigo ni la relación de fuerzas, habida cuenta del poder fáctico, para tales aventuras. Se optó finalmente por la tercera vía, la reformista que constaba de una monarquía constitucional, un Estado de las Autonomías y una democracia liberal.

15/3/26

Lo que el burka oculta

            El burka es una prenda antipática que evoca ese lado antifeminista de todas las religiones que avergüenza a la mayoría de ellas pero que cierto Islam cultiva y mantiene. Que tras ello anden los talibanes de Afganistán y los ayatolás del Irán da idea de que las mujeres no van así por su gusto. Nada extraño que en el movimiento mundial feminista esa prenda sea santo y seña del patriarcado que hay que abolir.

            Pero no ha sido el feminismo revolucionario sino el autoritarismo de la extrema derecha quien, en España, ha llevado al Parlamento la idea de multar a las mujeres que lo lleven en público. Habría que preguntarse por qué esta iniciativa parlamentaria de Vox, apoyado por el PP, si en España casi nadie ha visto un burka y qué sentido tiene castigarlas con una multa.

9/3/26

Pensar en Español, un gesto de resistencia

1. Quiero agradecer a la revista Ábaco que haya dedicado un número al tema Pensar en español en el siglo XXI y, a Antolín Sánchez Cuervo, que lo haya materializado.

No lo digo por cortesía sino porque entiendo, como enseguida explicitaré, que es un acto de resistencia.

Pensar en español se dice de muchas maneras porque ha habido muchas aproximaciones al tema desde perspectivas muy diferentes. Por mi parte está muy vinculado a un modo de hacer filosofía, al modo de hacer filosofía que queríamos quienes a mediados de los ochenta nos planteamos crear un nuevo Instituto de Filosofía en el CSIC. Simplificando mucho diría que durante la larga noche del franquismo se agostó la filosofía que contra viento y marea había dado señales de gran vitalidad en el primer tercio del siglo XX (recordemos la Escuela de Madrid, la Escuela de Barcelona). Se impuso manu militari un tomismo-leninismo que afectó al pensar filosófico, incluso cuando se rebelaba contra esa corriente. En los últimos años del franquismo, en efecto, se importaban corrientes y escuelas europeas pero que había que des-contextualizarlas, es decir, despolitizarlas para que pudieran circular. Pondré un ejemplo de lo que quiero decir: en los años noventa tuvo lugar en Europa el debate sobre Heidegger y el nazismo. El debate llegó a España pero aquí pilló a los heideggerianos con el pie cambiado porque Heidegger llegó a España de manos del falangismo y del tomismo. Con el paso del tiempo, sus seguidores tenían que borrar ese pasado proponiendo una interpretación abstracta, desideologizada, del pensador alemán. Cuando llegó el debate referido optaron por desaparecer. Ya entonces apuntaban teorías, muy socorridas ahora, que trataban de desprestigiar el debate ideológico de las filosofías, con los más peregrinos argumentos no siendo el menor lo de que “la dictadura de Franco fue tan larga que acabó disolviendo todas las querellas antiguas”, así que “borrón y cuenta nueva que esto a los jóvenes no interesa”.

22/2/26

Alejandro Ruiz- Huerta, "Violencia, compasión, memoria", Editorial Utopía, 2025, Córdoba

1. Cuando entré en contacto con el manuscrito de Alejando me acordé de un episodio en la vida de Jorge Semprún. Me refiero al encuentro que tuvo con otro deportado, Elie Wiesel, luego recogido en un librito, Se taire est impossible. Hablaban de sus experiencias en el Lager tan distintas entre sí pues no era lo mismo ser deportado en un campo de exterminio, que era una fábrica de muerte (a donde iban destinados los judíos) que a un campo de concentración, que era un lugar de trabajos forzados (que acogía a opositores políticos, presos de guerra o maleantes). Experiencias diferentes pero lo que me llamó la atención es que ambos coincidían en un punto: nadie quería ser el último en morir porque tendría que asumir la responsabilidad de salvar el mensaje que hasta ese momento había sido desoído.

2. Algo de esto corre por las venas de este libro. Lo escribe su autor  porque, dice, “me corresponde en solitario (tomar la palabra) después de que fallecieran mis compañeros que se mantuvieron con vida en 1977”. Se refiere al atentado de Atocha. El, el último sobreviviente, toma la palabra porque siente que tiene algo que decirnos que hasta ahora no ha sido percibido con suficiente claridad. Alejandro ahora, como Semprún y Wiesel antes, hacen un gesto supremo para comunicar el sentido de su experiencia porque algo no se ha entendido.

Ese mensaje que no ha sido captado está simbolizado en el cuadro El Abrazo de Juan Genovés que se exhibe en el Congreso y que Alejandro considera “el símbolo más potente de lo que defiendo en este libro”, un símbolo que, como todos los símbolos, admite muchas interpretaciones, pero que aquí tiene una, muy específica, que conviene descifrar

3. ¿Qué quiere decir el autor con este símbolo, El Abrazo? Para empezar que no es un libro de historia (de eso ya habló en otro, La memoria incómoda. Los abogados de Atocha), sino de memoria, si por ella entendemos una lectura moral del pasado. No es lo mismo un enfoque desde la historia que otro de la memoria: la historia persigue la verdad de los hechos pasados, mientras la memoria es una lectura moral del pasado; la historia pone el acento en la reconstrucción del pasado, mientras la memoria en la construcción del futuro. Bueno, este es un libro de memoria porque el objetivo no es reconstruir lo que pasó el 24 de enero del 1977 sino construir un futuro, un nuevo tiempo, simbolizado en el abrazo.

4. Entremos en el libro, construido sobre tres conceptos: violencia, memoria y compasión.

La violencia es el punto de partida. En su arranque está la experiencia de aquella noche, pero esa experiencia no es evocada ni para reconstruir los hechos, ni para recordar lo ardua que fue la transición (idealizada, unas veces, demonizada, otras), ni para reivindicar el ideario de las víctimas, ni quiera para pedir más justicia, Esas serían formas de la razón histórica que él subordina, en este caso, a una lectura moral del pasado, cifrada en el término “paz”;  en el símbolo  El Abrazo y  en el concepto “nuevo tiempo” o futuro.

Podemos decir que el libro dibuja una elipse uno de cuyos centros es la violencia vivida, y, otro, una política sin violencia (el antónimo de “violencia” no es democracia o república, sino “política-sin-violencia”, por la sencilla razón de que en democracia o en república puede haber mucha violencia). Huelga decir que es un objetivo o una pretensión harto difícil de conseguir porque la violencia está inscrita en los genes de la política: recordemos que pólemos y política, comparten raíz; que para Heráclito “la guerra era el padre de todo”; que Marx decía que “la violencia era la partera de la historia” (Marx); que Hegel establecía una relación entre Ilustración y Terror. No olvidemos que los abogados de Atocha pertenecían a una generación de izquierdas (lectores de Franz Fanon y de Sartre) que no hacía ascos en absoluto a la “violencia revolucionaria”.

Está tan arraigada en nuestra cultura la inevitabilidad del sufrimiento, de la violencia, de la injusticia que Walter Benjamin decía que habría que imaginarse la revolución no como la construcción de una utopía sino como protesta contra el imperio de la violencia en cualquiera de sus manifestaciones. Venimos de un cultura de la violencia y una prueba de lo arraigado que está la ofrece Norma Morandini, autora del libro De la culpa al perdón, madre de un joven montonero asesinado por los propios Montoneros, cuenta que fue testigo de cómo en un juicio donde las propias víctimas reconocían que no había ya odio en sus reacciones, había espectadores exaltados dispuestos a salir y matar verdugos. Había más violencia en el espectador que no había sufrido que en la víctima.

5. Si el autor osa, pese al peso de la cultura de la violencia, dar ese salto mortal, y apostar por una política en paz, es porque ha repensado su experiencia de la violencia en clave memoria, que es el segundo término de su discurso, del título del libro. Hoy la memoria cotiza al alza. Es un avance respecto a la cultura del olvido que es la que ha mandado en España durante siglos. Ilustrativo es el caso de la ermita Santa María de la Cabeza, en Ávila, antigua mezquita, pero que tras la expulsión de los moriscos se la trabajó para que no quedara rastro de su pasado: se enyesaron las paredes, se serraron los arcos de ojiva para hacerles góticos; se derribó el minarete, sustituido por una espadaña, es decir, se ocultó tan bien su pasado que hemos necesitado siglos para descubrir lo que realmente fue. Podríamos seguir con el caso de Santa Teresa, celebrada durante siglos como la santa de la raza (por eso Franco se llevada un hueso de ella en su singular conquista). ¡Cinco siglos para descubrir que era judía¡ Esa es nuestra particular forme de olvido: afán por reescribir el pasado para hacerle desaparecer.

Hoy ciertamente recordamos más, pero tenemos un problema con la memoria y es que la hemos reducido a “justicia”. Las leyes de Memoria Histórica son leyes de Justicia Histórica que está bien porque la memoria es justicia, pero es mucho más. Es más que reparar injusticias pasadas, más que castigar a los culpables; más que reparar lo reparable y hacer memoria de lo irreparable. Es, sobre todo, “nunca más”, compromiso para crear las condiciones que superen el pasado e inauguren un nuevo tiempo

Por eso digo que el acento no se pone en lo épico (como ha sido el caso de la serie “Las Abogadas”), ni en lo justiciero (tan legítimo, como las leyes de Memoria Histórica), ni en la realización de los ideales de las víctimas, ni en idealización de La República etc., sino en la novedad, en el futuro, esto es, en un futuro-sin- violencia. Esto es lo que tienen que tener en cuenta los que invoquen la memoria.

6.Y esto ¿cómo se concreta? A esa pregunta responde el concepto de compasión: el antídoto contra una sociedad dividida, enferma y empobrecida por la violencia es la compasión. Así que hablemos de la compasión. Es un término equívoco y en filósofos, como Spinoza, mal visto. Dice de ella que es  una emoción inútil y paralizante. Digamos que tiene muchos significados pero destaco dos, para aclarar en qué sentido lo usa el autor. Puede ser vista, en primer lugar, como un gesto de superioridad, de arriba abajo, de echar una mano sin despeinarse. Compasión como misericordia. Pero también como un gesto constituyente, de abajo arriba, del Tu al Yo. Digo constituyente porque gracias a la compasión nos constituimos en sujetos morales. Compasión, en este sentido, no es dar de lo que nos sobra sino acceder a la dignidad de ser humano al hacernos cargo del otro. Es aproximarnos al necesitado y convertirnos así en  próximo, en prójimo (saber qué y quien es el prójimo es la pregunta más decisiva, que se hizo hace dos mil años en tierras de Judea y no en la academia de Platón. Pues bien, el prójimo no es el que está abajo sino el que se aproxima y se hace cargo de él). Lo podemos explicar refiriéndonos a Primo Levi cuyo libro de memoria se titula Si esto es un hombre. La compasión significa responder a esa pregunta: si “esto”, es decir, ese ser humillado, despreciado, animalizado…es o no es un ser humano. En la respuesta nos la jugamos nosotros mismos. Contra lo que pueda parecer no es una respuesta fácil. La mayoría respondió a la pregunta de Levi diciendo que esos seres, tal y como habían quedado reducidos por obra de los nazis, no eran seres humanos sino que habían quedado animalizados. Los testimonios, poco conocidos, son desoladores.

Lo que llama la atención en el libro de Alejandro es que su autor entiende que la compasión alcanza a la víctima, es decir, que hasta para la víctima el camino para devenir un sujeto moral es hacerse cargo del otro. No hay que divinizar a la víctima sino reconocer en ella la dignidad humana ultrajada. Pero también ella tiene que ser habitada por la compasión, pero compasión hacia el otro, ese otro que es su verdugo. Por eso dice Alejandro algo tan desconcertante como esto: “es imprescindible que la compasión llegue a los victimarios” o “en mi quedó la voluntad de compasión, de tratar todas las personas incluidos los asesinos de Atocha como personas, como seres humanos que son”.

Aquí hay que pararse. Está diciendo algo que no forma parte de la cultura moral ambiente, sino todo lo contrario. Dice que la víctima se haga cargo del victimario. Sólo conozco un filósofo moral que vaya en esa dirección, Emanuel Levinas, que construye una ética teniendo en cuenta Auschwitz. Convencido de que sólo haciéndonos cargo del otro nos constituimos en sujetos morales, llega a escribir: “en realidad soy responsable del otro incluso cuando comete crímenes. Incluso cuando otros hombres cometen crímenes. Eso es para mi lo esencial de la conciencia judía. Pero creo también que es lo esencial de la conciencia humana: todos los hombres son responsables unos de otros y yo más que todos los demás”.

7. ¿Qué decir? A las éticas extremas o muy exigentes las llamamos supererogatorias, (que van más allá de lo obligatorio), heroicas, que no obligan. Pero, aunque no obliguen, son las que permiten saltos cualitativos en humanidad, saltos civilizatorios. Alejandro Ruiz-Huerta nos lleva mansamente, como quien no quiere la cosa, a este abismo o a esta cima. Un planteamiento que no se lleva, que a todos choca, que incluso puede molestar, que se presta a muchos malentendidos, pero que alguien con la autoridad de la víctima puede decir. Es un libro que vale la pena.

Reyes Mate (Presentación del libro de Alejandro Ruiz-Huerta, Violencia, compasión, memoria, Editorial Utopía, Córdoba, en la Sala de las Trece Rosas, CCOO, Lope de Vega 38, Madrid, 8 de enero 2026)

12/2/26

Teoría crítica: La ‘Escuela de Frankfurt”. Walter Benjamin: "Tesis sobre el concepto de historia"*

Introducción (Iñaki Rivera)

 Reyes Mate:

Muchas gracias por la invitación. No conocía personalmente a Roberto Bergalli ni a Iñaki Rivera, pero sí había sabido de sus trabajos y me reconocía en ellos por la afinidad temática y metodológica. Por eso tengo la impresión de estar en casa y de ahí el agradecimiento.

Cuando nos pusimos en contacto, me mandasteis unas preguntas a las que quisiera referirme ahora. Me preguntabais "¿Cuál fue la relación de Benjamin con la Escuela Frankfurt?", "¿Qué supuso la Escuela de Frankfurt para la teoría crítica de la sociedad?", "¿Cuál es la interpretación que podamos dar de las tesis principales de Benjamin sobre el concepto de historia?" Y una que ya es un poco más accidental… ¿qué puedo pensar de la interpretación que hace Michael Löwy sobre el particular? Entremos en ellas, empezando por la relativa a "Benjamin y la Escuela de Frankfurt".

1/2/26

Max Aub o la búsqueda de un nuevo espacio político

1. Max Aub ocupa un lugar muy especial entre los exiliados españoles. Sí llama la atención el hecho de que la mayoría apenas si reflexiona sobre su experiencia, viviéndola más bien como un destino, Max Aub es uno de los pocos casos en los que el exilio se convierte en la experiencia central de su quehacer intelectual.

            El caso más llamativo quizá sea el de María Zambrano donde el exilio se convierte en la experiencia vital que le permite descubrir su verdadera patria precisamente como exilio. No la superación del exilio, en la forma de un regreso al lugar del que partió, sino el descubrimiento de un nuevo espacio donde lo determinante no es la patria que dejó sino ese nuevo lugar determinado por la ausencia de pertenencias, es decir, abierto al mundo.

            Un caso diferente pero igualmente significativo es el que representa Jorge Semprún. Cuando le preguntaban quién era (si español o francés, si escritor o político), respondía sin vacilación “soy en primer lugar y ante todo un exdeportado de Buchenwald”, es decir, alguien que, aunque liberado del Lager, nunca abandonó el campo o que regresaba necesariamente a él porque “fue ahí , en ese lejanísimo exilio, donde echó raíces mi desarraigada identidad” (Semprún, 2006, 294). Todo lo veía desde el campo. Esa mirada le llevó a una revisión profunda del concepto de política. Su verdadera patria no podría tener que ver con una “identidad arraigada”, es decir, vinculada al concepto de identidad nacional, racial o étnica, que había sido la causa del Lager. El nuevo lugar de la política sólo podía ser un espacio de libertad, transidentitario o posnacional, es decir, Europa, una Europa Unida.

            Un caso parecido al de Semprún sería el de Max Aub. Como Semprún, nunca salió del campo, de ahí que su gran obra esté marcada por ese término, Campo, que son seis: Campo cerrado, sobre el 18 de julio en Barcelona; Campo de sangre, la batalla de Teruel; Campo abierto, sucesos de 1936; Campo del Moro, últimos días de Madrid en la GC, Campo francés, su experiencia concentracionaria se convierte en guión cinematográfico; Campo de los Almendros, últimos días de la República en Alicante.

19/1/26

El antisemitismo hoy (1)

            “Crece el antisemitismo” es un titular frecuente en la prensa de estos días. Sólo falta precisar en qué país. Crece en países de una Europa que fue escenario de un antisemitismo genocida que pensaba haber conjurado definitivamente.

             Explicar por qué vuelve es asunto harto complicado porque el antisemitismo se dice de muchas maneras. Están los viejos antisemitismos de origen religioso o laico y están otros nuevos, como el que tiene origen árabe.

             El de origen religioso quedó bien resumido por el historiador Raul Hilberg en su aparición en el film Shoah de Claude Lanzmann (2). Hubo una primera expresión del mismo, acuñada en el siglo tercero, que decía ”no podéis vivir entre nosotros como judíos”, es decir, los judíos sólo podían vivir en el Occidente cristiano si se convertían. A esta sigue otra, en los albores de la modernidad, que les dice “no podéis vivir entre nosotros”, es decir, había que expulsarles. Hitler remata el proceso con un definitivo “no podéis vivir” y por eso fueron exterminados. Ese discurrir histórico está movido por un antisemitismo de origen religioso (3).

14/1/26

El fantasma del autoritarismo recorre el mundo

             Un fantasma recorre el mundo. No tiene un nombre claro porque está compuesto de materiales diversos y contradictorios. Unos le llaman autoritarismo, otros populismo o extrema derecha. Su exponente más conocido es Donald Trump, el que acaba de secuestrar porque sí a todo un Presidente de un Estado Soberano, pero sería peligroso reducir el fantasma al Presidente Estadounidense, como lamentable sería situar todo este movimiento en un extremo del tablero, en la extrema derecha. Los alemanes, que llevan años observando este fenómeno, han creado una casilla específica para este fin y la llaman “estudios del centro”, porque alcanza a las clases medias y afecta a zonas vitales de la cultura democrática.

            En francés, inglés, alemán o italiano hay cantidad de trabajos serios sobre este escurridizo tema que, en castellano, queda devaluado, entre tertulianos, a tópicos ruidosos, y, entre políticos, a munición dialéctica para atacarse.