20/6/26

ENTREVISTA a MANUEL REYES MATE para la revista "Tempos Novos", por Luis María Cifuentes Pérez*

            En el año 2007 fue aprobada en el Congreso de Diputados la Ley de Memoria Histórica que trataba de reparar con mucho tiempo de retraso el olvido al que se habían visto sometidas las víctimas del franquismo que durante la dictadura e incluso en la época democrática no habían recibido el debido reconocimiento por parte de ningún gobierno. Aquella ley de 2007 no fue completa ni concretó todos los modos en los que se debía proporcionar justicia y reparación a las víctimas republicanas mientras que el homenaje a los vencedores de la Guerra Civil estaba presente todavía en monumentos, nombres de calles y diversos actos de reconocimiento.

            En el año 2020 ha llegado al Congreso de Diputados un nuevo Proyecto de Ley denominado de Memoria Democrática que viene a concretar mejor la Ley de 2007 y a darle un complemento muy importante al focalizar el tema en la Memoria Democrática que es la forma de recordar el largo y tortuoso camino que ha recorrido la sociedad española para conseguir implantar un régimen plenamente democrático en nuestro país.

            En ese contexto de la nueva Ley que pronto será aprobada en el Parlamento español nos parece de gran interés hacer una entrevista a una de las personas que más y mejor ha reflexionado sobre el significado de la memoria colectiva en la vida de las naciones y el modo en que cada Estado democrático ha tenido que enfrentarse a su propio pasado para otorgar un sentido al presente y al futuro. La entrevista al investigador Manuel Reyes Mate puede ayudarnos mucho a resituar de modo adecuado este tema.

Pr.1ª: La nueva Ley de Memoria democrática que en breve se aprobará en el Parlamento español, ¿puede considerarse necesaria y conveniente o es un modo innecesario de reabrir las heridas de la Guerra Civil o de responder a los deseos de revancha de los vencidos en aquellas contienda fratricida?

7/6/26

El perdón un gesto gratuito pero no gratis

            Menudean en estos últimos tiempos cartas de prisioneros etarras pidiendo perdón por los crímenes cometidos. No son formularios asépticos sino misivas con un toque personal. La pregunta es si esas cartas son portadoras de autenticidad y, consecuentemente, merecedoras de algún tipo de beneficio penitenciario. La polémica está servida entre quienes defienden la autenticidad y quienes sólo ven un recurso oportunista para mejorar la situación.

            Convendría en cualquier caso detenerse un momento en la figura del perdón porque pudiera ser que no sirve a ningún fin carcelario porque es de otro orden. Es cierto que el perdón, un lugar muy vinculado al cristianismo, se ha convertido en una cita del mundo globalizado. Hasta en Japón, tan alejado de las religiones abrahámicas, el presidente del gobierno ha pedido perdón a Corea y China por sus abusos pasados. Piden perdón las instituciones y sus representantes, los individuos y los Estados con el humanitario propósito de superar momentos traumáticos pasados y dar así un paso hacia la concordia. De tan socorrido, riesgo hay de que no signifique nada.

15/5/26

La prioridad nacional, una tentación general

            Que prime el ser nacional sobre la necesidad a la hora de acceder a determinados servicios sociales básicos, ha suscitado un malestar general que va más allá de la indignación moral. La referencia a una “prioridad nacional”, en los pactos de gobierno entre el Partido Popular y Vox, avergüenza tanto que algunos firmantes buscan ahogarla en sinónimos como “arraigo” o “vecindad”.

            La expresión, que no es nueva, produce salpullido porque nos retrotrae a una idea-fuerza del hitlerismo (Volksgemeinschaft) que empezó sirviendo a la exclusión étnica y acabó legitimando las cámaras de gas, es decir, sirvió tanto para discriminar a los otros (ya fueran extranjeros o alemanes de otra sangre) como para desnaturalizarlos o exterminarlos.

            Esta ola de indignación es uno de esos sentimientos que expresan la buena salud moral de una sociedad. Puesto que es tan compartida, me pregunto si no ha llegado el momento de avanzar en humanidad, revisando el lugar de privilegio que ocupa “la prioridad nacional”, pero entre los indignados. Sería grave ingenuidad pensar que esa prioridad de lo nacional es un asunto de la extrema derecha o de nacionalistas irredentos. Es, también, una piedra en el zapato de todo el pensamiento moderno o progresista o ilustrado o como queramos llamarlo.

2/5/26

La Resurrección, un tema de conversación

            La Semana Santa es una buena ocasión para volver sobre la leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski. La sitúa en Sevilla hace cinco siglos pero podía haber sido en Valladolid. Como de costumbre van a celebrar estos días con un Auto de Fe en el que serán quemados cien herejes. Entre la multitud se mezcla el mismísimo Jesús que no viene precisamente para festejar la masacre. El Inquisidor se percata de su presencia, le manda prender, le reprocha que vuelva para desautorizar lo que hace la Iglesia, y corona su perorata con una espeluznante sentencia: “mañana, a una orden mía, arderás en la hoguera”. Se podría hacer una enciclopedia con las reacciones que han hecho lectores de todas las latitudes a esta historia que es, en el fondo, la de la tensión insuperable entre el pan y la libertad, entre la ética y la política. Lo sorprendente es la indiferencia ante lo que es central en el relato y que provoca la reacción del Inquisidor. Me refiero a la resurrección de una niña de siete años que Jesús devuelve a la vida con las mismas palabras que en su paso por Judea empleara para librar de la muerte a la hija de Jairo: thalita kumi (levántate, niña). Ese hecho es el que conmueve a la multitud, hace que reconozcan a Jesús como único autor posible, y, consecuentemente, ponga en guardia al Gran Inquisidor de Sevilla.