7/6/26

El perdón un gesto gratuito pero no gratis

            Menudean en estos últimos tiempos cartas de prisioneros etarras pidiendo perdón por los crímenes cometidos. No son formularios asépticos sino misivas con un toque personal. La pregunta es si esas cartas son portadoras de autenticidad y, consecuentemente, merecedoras de algún tipo de beneficio penitenciario. La polémica está servida entre quienes defienden la autenticidad y quienes sólo ven un recurso oportunista para mejorar la situación.

            Convendría en cualquier caso detenerse un momento en la figura del perdón porque pudiera ser que no sirve a ningún fin carcelario porque es de otro orden. Es cierto que el perdón, un lugar muy vinculado al cristianismo, se ha convertido en una cita del mundo globalizado. Hasta en Japón, tan alejado de las religiones abrahámicas, el presidente del gobierno ha pedido perdón a Corea y China por sus abusos pasados. Piden perdón las instituciones y sus representantes, los individuos y los Estados con el humanitario propósito de superar momentos traumáticos pasados y dar así un paso hacia la concordia. De tan socorrido, riesgo hay de que no signifique nada.

15/5/26

La prioridad nacional, una tentación general

            Que prime el ser nacional sobre la necesidad a la hora de acceder a determinados servicios sociales básicos, ha suscitado un malestar general que va más allá de la indignación moral. La referencia a una “prioridad nacional”, en los pactos de gobierno entre el Partido Popular y Vox, avergüenza tanto que algunos firmantes buscan ahogarla en sinónimos como “arraigo” o “vecindad”.

            La expresión, que no es nueva, produce salpullido porque nos retrotrae a una idea-fuerza del hitlerismo (Volksgemeinschaft) que empezó sirviendo a la exclusión étnica y acabó legitimando las cámaras de gas, es decir, sirvió tanto para discriminar a los otros (ya fueran extranjeros o alemanes de otra sangre) como para desnaturalizarlos o exterminarlos.

            Esta ola de indignación es uno de esos sentimientos que expresan la buena salud moral de una sociedad. Puesto que es tan compartida, me pregunto si no ha llegado el momento de avanzar en humanidad, revisando el lugar de privilegio que ocupa “la prioridad nacional”, pero entre los indignados. Sería grave ingenuidad pensar que esa prioridad de lo nacional es un asunto de la extrema derecha o de nacionalistas irredentos. Es, también, una piedra en el zapato de todo el pensamiento moderno o progresista o ilustrado o como queramos llamarlo.

2/5/26

La Resurrección, un tema de conversación

            La Semana Santa es una buena ocasión para volver sobre la leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski. La sitúa en Sevilla hace cinco siglos pero podía haber sido en Valladolid. Como de costumbre van a celebrar estos días con un Auto de Fe en el que serán quemados cien herejes. Entre la multitud se mezcla el mismísimo Jesús que no viene precisamente para festejar la masacre. El Inquisidor se percata de su presencia, le manda prender, le reprocha que vuelva para desautorizar lo que hace la Iglesia, y corona su perorata con una espeluznante sentencia: “mañana, a una orden mía, arderás en la hoguera”. Se podría hacer una enciclopedia con las reacciones que han hecho lectores de todas las latitudes a esta historia que es, en el fondo, la de la tensión insuperable entre el pan y la libertad, entre la ética y la política. Lo sorprendente es la indiferencia ante lo que es central en el relato y que provoca la reacción del Inquisidor. Me refiero a la resurrección de una niña de siete años que Jesús devuelve a la vida con las mismas palabras que en su paso por Judea empleara para librar de la muerte a la hija de Jairo: thalita kumi (levántate, niña). Ese hecho es el que conmueve a la multitud, hace que reconozcan a Jesús como único autor posible, y, consecuentemente, ponga en guardia al Gran Inquisidor de Sevilla.

21/4/26

La "Controversia de Valladolid" (1550-1551). Pasado, presente y futuro

Se me pide que hable de “la repercusión de la Controversia en el marco de su tiempo”, es decir, que hablemos del alcance de los argumentos exhibidos en ese debate sobre las razones y sinrazones de la Conquista de América.

            1. Puesto que el tiempo es escaso, diría, casi telegráficamente, que hay dos aspectos que me llaman la atención. En primer lugar, el hecho mismo. El hecho de someter a un debate moral la justificación de una operación epocal con tantas implicaciones políticas, militares y económicas, es algo sorprendente. Visto desde nuestra mentalidad moderna, esta relación entre civilización y moralización nos resulta inaudita porque el bien moral es la raison d’État. Identificamos Estado con bien común y, por tanto, con totalidad ética, por eso moralidad y razón de Estado se confunden. Somos más contemporáneos de Machiavelo que de la Escuela de Salamanca. Notemos de pasada que el Soberano no pide un informe privado a unos expertos, sino que escenifica un debate público, como hacían las universidades con las Questiones Disputatae, conscientes de que la verdad trasciende las opiniones particulares.