Pájaros y
Melancolía es
el título de un libro escrito por un autor inglés, Stuart Park, afincado en
Valladolid, que se presenta como un modesto comentario a la poesía de un
escritor bien conocido y querido en su tierra, José Jiménez Lozano, pero que se
revela como una sorprendente guía de lectura del autor castellano.
Un
libro de literatura donde la magnífica prosa del autor inglés se pone al
servicio de la poesía, sobria y radical, del autor castellano, pero que acaba
entregando la llave de una nueva interpretación de toda la obra de Jiménez
Lozano. Un libro pues que une a su dimensión literaria, la hermenéutica, algo
que no debería llamar particularmente la atención, al rotar el libro de Stuart
Park sobre la poesía de Jiménez lozano, si no fuera porque la aguda mirada del
escritor inglés abre un debate sobre el alcance de la narrativa, en general, y
sobre la española contemporánea, en particular.
Pájaros y
Melancolía
tiene entidad propia. Tras un lenguaje cristalino asoma un escritor soberbio
que cautiva con una escritura llena de mansedumbre y sabiduría. Yo que soy mal
lector de literatura, porque por deformación leo con un lápiz en la mano y eso
me lleva al ensayo más que a la literatura, me sorprendo leyendo a este autor que
escribe susurrando. Con toda naturalidad te saca de tus afanes para ponerte en
contacto con lo sensible de la naturaleza y el misterio que tras ella se
esconde. Una escritura la suya que amansa y sosiega.
El
autor ha recurrido a los pájaros para entablar su particular conversación con
Jiménez Lozano. Para los dos amigos los pájaros representan mucho. Para Jiménez
Lozano, recuerda Park, las aves simbolizan la fragilidad y la decisión. Lamenta
que estas pequeñas creaturas “diseñadas para volar en libertad”, caigan “presas
de la enfermedad, del accidente o de la mano humana depredadora”, aunque admira
la decisión, que a veces falta a los humanos, con la que “cumplen su vocación
con entrega absoluta sin equivocaciones ni titubeos” (Park, 2024,18). Park se
rinde ante esa maravilla reconociendo que “la presencia de un pájaro pequeño
puede transformar nuestro horizonte vital”. Los pájaros son en la obra los
mensajeros de la sensibilidad. Petirrojos y gorrioncillos, cuervos y hurracas, garzas
y grajos unen al reino animal con el humano en una amable fraternidad. El poeta
les abre la puerta de la historia humana, pero el comentarista le recuerda que
el profeta Elías, abatido y deprimido, pudo sobrevivir en el desierto gracias
al pan y a la carne que con regularidad de relojero le traían unos cuervos (1 R
17,6). Esta reivindicación del ave encuentra su gran momento en la evocación de
la chova que en alemán es la traducción de Kafka. Al escritor checo dedica Jiménez
Lozano un poema donde espera de la chova que es Kafka el sosiego que trasmite
su mirada, igual que Elías esperaba de los cuervos su sustento (Park, 2024, 73).
Mientras
la mirada del lector se desliza suavemente por las explicaciones que se le van ofreciendo
de los poemas sobre pájaros, descubre que las claves interpretativas son
bíblicas. No es un recurso, es una clave. En el poema titulado Abandono dice: “Envenenado gorrioncillo,/¡Ecce passer! ¡Tan pequeño! ¡Tan frágil…”.
Para expresar el lamento por el pájaro envenenado recurre a la expresión latina
ecce passer que en el lector evocará
esa otra, más familiar, de ecce homo,
consiguiendo así volcar sobre el desgraciado gorrión la compasión que nos
provoca la pasión del Nazareno (Park, 2024, 50). Algo parecido ocurre en otro
poema, Vislumbre, que empieza
describiendo un paisaje familiar, seco y soleado “Tan blanco el muro/tan roja
la amapola,/tan sólo el pájaro en lo alto,/el sol tan pálido,/un zarzal seco
con espinas”. Pero el poema no va, como sería el caso del Machado de Campos de Castilla, del alma castellana,
sino de un misterio, del misterio que esconden las tierras del desierto. Por
eso acaba el poema con un desconcertante “Te descalzaste”, haciendo alusión,
aclara Stuart Park, a la zarza ardiente ante la que se descalzó Moisés. Con ese
ademán queda al descubierto el sentido misterioso de la vida de un pueblo que
lucha por su existencia de sol a sol (Park, 2024, 54)
Las
referencias bíblicas son la clave pero esto conviene entenderlo bien. Hay
poetas que componen sus poemas con materiales tomados de la mitología griega o
egipcia o nibelunga. Los mitos son instrumentos con los que el poeta articula
su visión de la realidad. Aquí se trata de otra cosa. Lo importante no son las
historias bíblicas con las que se decora una idea, sino el espíritu de la
narración, esto es, una forma singular de narrar inspirado en el relato bíblico.
Algo de esto quería dar a entender Imre Kertézs, el Premio Nobel de literatura,
superviviente de Auschwitz, cuando hablaba del espíritu de la narración, eso mismo que Jiménez Lozano echaba de
menos cuando se lamentaba de que no hubiera “en nuestras letras quien recree una escena bíblica con alguna entidad”
(Park, 2021,73). Sobre motivos religiosos hay mucha literatura; que transmitan
el espíritu de la narración, pocas. ¿La diferencia? En el primer caso el
espectador puede extasiarse ante el logro estético de un Cristo crucificado; en
el segundo se sentirá parte -cómplice y contemporáneo- de los personajes del
cuadro, como ocurre en el Rembrandt.
2.
Stuart Park recuerda en otro substancioso libro de apariencia menor pero
imprescindible para el esclarecimiento de los asuntos que nos convocan,
titulado El viaje a Oxford que nunca tuvo
lugar. Un diálogo tranquilo y sereno en torno a la Biblia (un diálogo entre
Jiménez Lozano y Stuart Park), recuerda, digo, la queja de Jiménez Lozano por
un tópico muy extendido sobre su obra que le había dañado sobremanera a la hora
del reconocimiento. Se refería al encasillamiento en el género literario de
“escritor religioso”. Eso, dicho en España, sonaba a sentencia de muerte. En
Gran Bretaña estaba Chesterton; en Francia había figuras como Bernanos, Mauriac
o Péguy con gran reconocimiento literario, por encima de sus opciones
ideológicas, pero en España se asociaba lo del “escritor religioso” sea a la
literatura de sacristía, sea al nacionalcatolicismo, dos mundos, en cualquier
caso, sin estimación literaria.
Stuart
Park le rescata de ese infierno al hacernos ver, como quien no quiere la cosa,
que es en eso, en haber entendido el alcance del contar modo bíblico, lo que le hace singular, lo que sitúa su escritura en
un nivel que rara vez se ve en las letras españolas.
Esta
osadía hermenéutica se la puede permitir Stuart Park por dos razones. La
primera porque es un consumado conocedor de la Biblia. Detecta sus huellas como
si dispusiera de unos potentes rayos ultravioletas con los que ve lo que escapa
al ojo distraído. Tiene a su favor una tradición cultural, la inglesa. en la
que el espíritu bíblico está incorporado a la cultura general, mientras que en
la católica España, lo bíblico no ha pasado de chapa y pintura. En diálogo con
Jiménez Lozano el autor recuerda, por ejemplo, que en 1559, un Edicto Inquisitorial
prohibía la lectura de la Biblia en romance. En ese momento Melchor Cano, gran
teólogo de la Escuela de Salamanca, sentenciaba desde su magisterio que “la lectura en lengua vulgar de la Biblia
ha hecho mucho daño a las mujeres y a los idiotas”, por eso añade que “es
menester velarla y poner un cuchillo de
fuego para que el pueblo no llegue a ella”: un cuchillo de fuego entre la
Biblia y el lector para privar a la Escritura de su fuerza reveladora y al
lector de su fuerza iluminadora (Park, 2021, 44). Esta estrategia inquisitorial
alcanzó a Teresa de Cepeda y Ahumada que se vio privada hasta de una selección
de textos evangélicos que la censura había permitido circular. Es verdad que en
este caso la tropelía no quedó impune pues, según cuenta ella misma, el Señor a
quien los teólogos y autoridades eclesiásticas decían servir, le dijo “no
tengas pena que Yo te daré un libro vivo”, algo que la mujer agradeció aunque
no saciara su sed de texto. Todo lo contrario de Inglaterra. En ese momento
Willian Tyndale ya había traducido la Biblia del Rey Jaime, esperando así que,
con el libro en inglés, cualquier gañán de pueblo en Inglaterra conociera el
texto sagrado “mejor que el propio Papa”. Stuart Park tiene tras de sí esa
tradición cultural que él enriquece con la dedicación que ha puesto en el
estudio de las Escrituras y el notable conocimiento que demuestra tener.
Hay
otra razón para su propuesta hermenéutica. Stuart Park pertenece a la estirpe
de los Blanco White, George Borrow o Gerald Brenan, es decir, de esos
intelectuales ingleses que vienen a España y, desde la empatía y la distancia,
ven lo que permanece invisible a los del lugar. La sociología del conocimiento
ha construido una figura en consonancia con estas experiencias. Uno de sus
representantes, Karl Mannheim, la describe como la propia de una “inteligencia
que se mueve libremente”. Es libre respecto a los tópicos de los lugareños y
está en movimiento para ver la cosa desde diferentes ángulos. Stuart Park
tiene, además, una ventaja sobre muchos de sus compatriotas porque él no es un
viajero que esté de paso, sino que vive aquí con lo que la finura de sus
observaciones resulta contrastada.
3.
Para avanzar en la comprensión del espíritu bíblico de la narración hay que
tener en cuenta, como dice Park, que la impronta bíblica afecta al estilo y a la temática.
3.1. Si por estilo entendemos, no el
postureo estilístico que Jiménez Lozano detestaba (Jiménez Lozano, 2022, 171),
sino la conciencia del alcance de la escritura (¿sólo descripción o, por el
contrario, “expresión de la esencia lingüística de la cosa”, que decía
Benjamin, es decir, una escritura capaz de dar vida a la realidad?), podríamos
señalar las siguientes características. En primer lugar, la sobriedad o, como
decía el teólogo alemán Johan Baptist Metz, la “pobreza de espíritu” (Armut im Geist). El lenguaje del
desierto no es el mismo que el de un puerto de mar, por algo el monoteísmo es hijo de “la tienda
del Patriarca” y la filosofía y la mitología, del puerto de mar. Para el semita
los problemas son crudas realidades que no se camuflan con ropajes vistosos. Ante
la muerte, ante la injusticia, ante el sufrimiento del inocente, el griego
puede inventarse un mito, como el de Edipo, o recurrir al destino que nada
explica; incluso la filosofía puede dar una interpretación idealista que
disuelva, como hace Hegel, el problema de la muerte individual en el Todo “que
nunca muere”. ¡Cómo si eso fuera de algún consuelo¡ El judío, por el contrario,
convocará al mismísimo Creador para que se explique, como hizo Job que no paró
hasta que Yahvé compareció. Lo que distingue a Israel de los pueblos de su
entorno es que, ante experiencias de sufrimientos, se niega a refugiarse en
idealizaciones o mitologías. El pueblo judío, dice el exégeta Von Rad, aguanta
a pie firme sus fracasos y rechaza consuelos fáciles. Pide justicia y, si la
hay, tiene que darse en el tiempo y no en la eternidad. Es lo que pone en
evidencia la apocalíptica judía –la vuelta del Mesías- que tiene que darse en
el tiempo de la historia. Gran diferencia pues entre “la sencillez descriptiva
manifestada por los evangelistas”, tal y como señala Park, y el artificio
vistoso propio del mito o de la leyenda piadosa (Park, 2021,101).
Una
segunda característica es su ambición. Se trata de perfilar el alcance de la
narración. Se cuenta algo para que acontezca lo contado o, como decía Jiménez
Lozano, “para que la palabra despierte vida”, para que quien da testimonio
encuentre en el oyente a un testigo que tome el relevo, para que la cadena de
lo memorable no decaiga. Le gustaba a Jiménez Lozano evocar la contundente
explicación que daba Martin Buber de lo que es narrar según el espíritu bíblico.
Recordaba el maestro hassídico a un piadoso rabí quien, deseoso de saber cómo
entender los relatos de la Thorá, preguntó a su abuelo, paralítico en ese
momento pero que había sido discípulo del santo Baal Shen Tov, cómo lo entendía
su renombrado maestro: “cantando y bailando”, respondió éste al abuelo,
mientras él mismo se levantaba, sobreponiéndose a la parálisis, cantando y
bailando para demostrar cómo se debe narrar (Park, 2021, 118). El relato, a
diferencia de la historia, no pone el acento en el conocimiento de hechos
ocurridos en el pasado, sino que los anima para hacerles actuales. El relato
convierte en memorable lo ocurrido, es decir, en una experiencia pasada que
merece ser traída al presente para que forme parte de nuestra vida. Se entiende
la frustración de Jiménez Lozano cuando este ingente esfuerzo por enriquecer la
literatura española con la savia nutricional del relato, se veía correspondido
con el descrédito de ser un “escritor religioso”. Stuart Park recoge una amarga
confesión que expresa bien su decepción: “lo que yo pienso es que esa presencia
bíblica en mi escritura es de las cosas que más me ha perjudicado como
escritor, porque de este modo me he marginado o he sido marginado por mi
temática y mi lenguaje y ciertos prejuicios ideológicos muy hispánicos” (Park,
2021,118). El se salía del carril por donde transitan los que buscan el
reconocimiento que da prestigio, y los demás, en revancha, le invisibilizaban.
Ahora bien, lo que sus críticos están desechando no es el manejo de historias
bíblicas –que ya sería de por sí empobrecedor- sino el poder revelador de la
palabra. No se trata de reivindicar la
palabra revelada, sino de reconocer el poder de revelar de que dispone la
palabra. Se podría aplicar a sus
críticos la dura diatriba de Theodor Adorno a sus contemporáneos alemanes
cuando les decía que “el pensamiento que
no se decapita a sí mismo, termina en la trascendencia” (Adorno, 2008, 368). Se
lo decía en la posguerra a filósofos que se habían aclimatado al
nacionalsocialismo para evitar el vértigo de la trascendencia.
Walter
Benjamin –un autor muy presente en la obra de Jiménez Lozano- añade, en su
texto El Narrador, una tercera
característica: la importancia del tiempo en la narración para que el relato
esté cargado de experiencia. La diferencia entre narrar con tiempo y sin tiempo
es que en el primer caso el relato recoge experiencia y en el segundo, sólo
vivencias. La experiencia necesita tiempo para metabolizar el acontecimiento en
parte de uno mismo. Ese tiempo es duración, no instantaneidad, y por tanto
caducidad y muerte. La muerte forma parte de la narración. Benjamin habla de la
autoridad de la muerte en el sentido de que la muerte es el desafío al que se
enfrenta el narrador (Benjamin, 1970, 199). Este busca, en efecto, salvar de la
muerte lo memorable al convertir al lector en testigo o narrador que prolongue
la obra. El arma del narrador frente al desafío o la autoridad de la muerte, es
la memoria que permite rescatar lo memorable. Benjamin lo explica recurriendo a
la imagen de un desgraciado ladrón que al ser pobre concita la peor de las
condena. En ese momento descubre que su único capital, para escapar de la
muerte, es contar sus hazañas. Ante la autoridad de la muerte no vale el poder
ni el dinero. Lo único que puede escapar de ella es lo memorable. Jiménez
Lozano no cae, como suele ocurrir, en la trampa de la falsa eternidad que
propicia el tempo instantáneo que nos invade (y que sólo genera vivencias
puntuales), por eso la muerte está tan presente en su obra.
3.2. Pero también ha afectado a la temática. La ausencia de esa cultura
explica “la incapacidad para la radicalidad y la detección del grosor de las
cuestiones, el desasosiego o la celebración de las cuales siempre constituyó la
grandeza y profundidad del arte” (Park, 2021, 77). Esto nos llevaría muy lejos,
a preguntarnos, por ejemplo, ¿por qué ha habido tan poco pensamiento original
entre nosotros?, ¿por qué nuestros ensayos citan tanto y dicen tan poco?, ¿por
qué, como decía Unamuno, no ha habido heresiarcas?, ¿por qué tantos comentarios
escolásticos? Es verdad que aquí el pensar no lo ha tenido fácil por el peso de
la Inquisición que, como decía Luis Vives, hace sospechosa “la palabra, el
silencio y el pensar”. Por algo es el marranismo, un modo de ser en el que la
doblez es un recurso necesario, algo muy de estas tierras. Jiménez Lozano ha
hecho compuesto con esta actitud vigilante un relato memorable en La ronquera de Fray Luis. Sabedor el fraile agustino de que no
faltaba en sus clases algún sabueso inquisitorial, bajaba la voz alegando
ronquera “porque es mejor decirlo así de paso no nos oigan lo señores
inquisidores” (Jiménez Lozano, 2001, 134). En fin que acertó Umberto Eco, en El nombre de la rosa, cuando ubicó en la
muy castellana ciudad de Palencia a fray Jorge, el monje que asesinaba a los
frailes deseosos de novedades porque, según él, la humanidad ya poseía todo lo
que tenía que saber para su salvación. En un gesto muy de cristiano viejo, el
monje bibliotecario cuidaba de que la cultura se atuviera a repetir lo sabido, olvidándose
de innovar o descubrir lo desconocido.
En
asuntos de esta monta no hay una única causa pero una de ellas, amén de la
falta de libertad, es un modo de pensar que “se decapitaba a sí mismo” porque
se privaba de una abertura al infinito que era, como bien reconoce Hegel, una
herencia de la tradición judeocristiana. Jiménez Lozano relaciona ese déficit
cultural con “la incapacidad para la radicalidad y la detección del grosor de las
cuestiones”. Esta denuncia supone un gran desafío para el denunciante porque le
pone en la tesitura de demostrar que quien, como él, se siente deudor y
seguidor de la narrativa bíblica, tiene que mostrar espíritu narrativo, en la
forma, y grosor y radicalidad en las cuestiones que trate. No parece
descabellado afirmar que hay una diferencia entre sus potentes relatos cortos y
muchas de sus novelas; y que en sus ensayos y diarios encontramos, junto a
juicios convencionales, auténticos descubrimientos. Pondré algunos ejemplos
sobre la radicalidad de sus enfoques. Durante el concilio Vaticano II, el
debate teológico sobre la libertad religiosa era, en España, munición de
combate entre franquistas y antifranquistas. Sólo Jiménez Lozano puso las luces
largas para hacer ver que el problema no era de unos contra otros, sino de unos
y otros. El enfrentamiento político del momento impedía ver la deuda histórica
que tenía cada una de las dos Españas con la libertad, en general, y la
convivencia, en particular.
En
el año 1985 publicaba Jiménez Lozano su Parábolas
y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda, un libro en el que el autor sigue
los pasos de su protagonista, “con setecientos años de dolor a sus espaldas”,
en compañía de “Yahvé y los otros personajes de la historia”, para lanzar
preguntas que son “gritos de cólera y angustia”, según cuenta en su diario (Jiménez
Lozano, 2022, 231). Al acabar su redacción se preguntaba el autor si habría
para él un espacio de acogida. Daba por descontado el silencio de la crítica,
pero, se preguntaba en sus Diarios,
si por ventura encontraría “un silencio interior y profundo en un puñado de
lectores”. Tenía razones para desconfiar pues sus preguntas rompen todos los
tópicos. El perfil que el Rabí hace de Judas, en el relato El Beso, es abisal. Judas aparee como el actor necesario en el plan
divino de salvación. Jesús lo sabe y Judas también, por eso Jesús tiene
debilidad por el discípulo a quien le va a pedir que por amor le traicione: “a
nadie se le ha pedido nunca un tan terrible amor, decía Rabí Isaac Ben Yehuda” (Jiménez Lozano, 1985, 93). Tras ese
sobrecogedor relato nosotros tenemos que tomar una decisión: o revisamos la
imagen milenaria de Judas que le ha convertido en el peor de todos los seres
humanos, o nos preguntamos qué sería del cristianismo si Jesús hubiera muerto
de viejo en la cama. Al Sábado de Gloria va unido el Viernes de Pasión, el
momento de Judas.
Hay
otro momento de este viaje por la vida del Rabí errante. Hemos vivido en los
últimos meses la guerra de Gaza. La guerra, con su secuela de muerte y
destrucción, ha provocado una honda indignación que se ha traducido, en
general, en condenas sin paliativos del Estado de Israel por su reacción desproporcionada.
Me pregunto qué diría el que así condena si hubiera leído este libro que lleva
consigo el dolor que nuestros antepasados causaron a los antepasados del rabino.
Cuando uno escucha los lamentos del Rabi Isaac, recordando los pogromos que
nuestros abuelos perpetraron en Zamora, Salamanca, Ávila, León, Astorga,
Palencia, Valencia donde aljamas enteras fueron pasadas a cuchillos, sin mediar
provocación alguna (Jiménez Lozano, 1985, 78), ¿se atrevería a erigirse en juez
de lo que ha ocurrido en Gaza o se tentaría la ropa preguntándose por su
responsabilidad? Si nosotros, los europeos, hemos sido causa del problema
palestino, oponiéndonos sistemáticamente a permitir al pueblo judío vivir
pacíficamente entre nosotros, no podemos erigirnos ahora en jueces superiores
con derecho a condenar o absolver. Si somos parte del problema, empecemos por
asumir nuestras responsabilidades. Lo que ha ocurrido es horrible pero de lo
que se trata es de saber si nosotros nos erigimos en jueces o entendemos de com-pasión.
4.
La huella bíblica, dice Stuart Park, afecta al estilo y a los asuntos de la
escritura. Esto debería pesar en la valoración de la obra de José Jiménez
Lozano. Al ser un escritor tan polifacético y prolífico es difícil encontrar un
hilo conductor que aúne las diferencias y hasta contradicciones, políticas e
ideológicas, que ciertamente aparecen en sus escritos. Poco bien le hacemos
cuando se resume su valía y singularidad diciendo que forma parte de una saga
de notables o clásicos y, menos aún, cuando se le considera, tras melosos
contorneos, una especie de epígono del noventayochismo, con sus lamentos por la
decadencia (moral) de España y nostalgias por un pasado que pasó. Son juicios
epidérmicos que nada dicen sobre el nervio de su escritura. En algún lugar y
momento he creído encontrarle en una especie de teología política, es decir, en
el reconocimiento del peso específico que, según él, tiene la religión en la
vida política y cultural de los españoles (Mate, 2024, 6-10). Su gran
aportación sería haber descubierto el modo patológico de su presencia (la theobiosis que decía Américo Castro) y
haber detectado el que pudiera sanarla (inspirándose en el Monasterio de Port
Royal donde la sed de libertad mana de su propia espiritualidad). Pero creo que
Stuart Park va más al fondo de las cosas cuando sitúa ese nervio o espíritu de
la narración en la impronta bíblica. Jiménez Lozano quería, por un lado, dar
vida a la palabra y extraer de ella su genio revelador. Que la palabra fuera la
candela con la que iluminar nuestro tiempo, haciendo de los Rabí Isaac, Sara de Ur, El Mudejarillo o de los enterrados en los corralillos, nuestros
contemporáneos, igual que Rembrandt hizo con los personajes de sus cuadros. Y,
por otro, dar grosor a las preguntas, aunque lleven a los abismos de la
metafísica o de la teología. Coincidía en esto con el frankfurtiano Theodor
Adorno cuando decía que si se deja fluir el pensamiento, desembocará en el
territorio de la metafísica o de la teología. Hay buenos escritores en español
que, sin embargo, sienten vértigo ante esta radicalidad. El no estaba dispuesto
a tirar de hacha para segar el árbol de la vida, sino para podar sus ramas
secas. No sé si se podrá ya hablar de la escritura de José Jiménez Lozano sin
tener en cuenta la clave propuesta por Stuart Park a quien habrá que agradecer,
además de la belleza de su propia escritura, la agudeza de ingenio en la
lectura del autor castellano.
Reyes
Mate (texto de su intervención en la Presentación del libro en Valladolid el 5
de marzo 2025)
Bibliografía
citada:
Adorno,
Th., 2008, Dialéctica Negativa, Akal,
Madrid, 368.
Benjamin,
W., 1970, “El narrador” en Sobre el
programa de la filosofía futura, Monte Ávila, Caracas.
Jiménez
Lozano, J., 1985, Parábolas y
circunloquios del Rabí Isaac Ben Jehuda (1325-1402), Anthropos, Barcelona.
Jiménez
Lozano, J., 2001, Fray Luis de León, Ediciones
Omega, Barcelona.
Jiménez
Lozano, J., 2022, Obras Completas I (OC),
Fundación Jorge Guillén, Valladolid.
Mate,
R., “La teología política de José Jiménez Lozano”, revista Ínsula, nr 935 (noviembre del 2024), 6-10.
Park,
S., 2021, El viaje a Oxford que nunca
tuvo lugar, Confluencias Editorial.
Park,
S., 2024, Pájaros y Melancolía,
Fundación Jorge Guillén, Valladolid.