1.
Cuando entré en contacto con el manuscrito de Alejando me acordé de un episodio
en la vida de Jorge Semprún. Me refiero al encuentro que tuvo con otro deportado,
Elie Wiesel, luego recogido en un librito, Se
taire est impossible. Hablaban de sus experiencias en el Lager tan distintas entre sí pues no era
lo mismo ser deportado en un campo de exterminio, que era una fábrica de muerte
(a donde iban destinados los judíos) que a un campo de concentración, que era
un lugar de trabajos forzados (que acogía a opositores políticos, presos de
guerra o maleantes). Experiencias diferentes pero lo que me llamó la atención
es que ambos coincidían en un punto: nadie quería ser el último en morir porque
tendría que asumir la responsabilidad de salvar el mensaje que hasta ese
momento había sido desoído.
2.
Algo de esto corre por las venas de este libro. Lo escribe su autor porque, dice, “me corresponde en solitario
(tomar la palabra) después de que fallecieran mis compañeros que se mantuvieron
con vida en 1977”. Se refiere al atentado de Atocha. El, el último sobreviviente,
toma la palabra porque siente que tiene algo
que decirnos que hasta ahora no ha sido percibido con suficiente claridad. Alejandro
ahora, como Semprún y Wiesel antes, hacen un gesto supremo para comunicar el
sentido de su experiencia porque algo no se ha entendido.
Ese
mensaje que no ha sido captado está simbolizado en el cuadro El Abrazo de Juan Genovés que se exhibe
en el Congreso y que Alejandro considera “el
símbolo más potente de lo que defiendo en este libro”, un símbolo que, como
todos los símbolos, admite muchas interpretaciones, pero que aquí tiene una,
muy específica, que conviene descifrar
3.
¿Qué quiere decir el autor con este símbolo, El Abrazo? Para empezar que no es un libro de historia (de eso ya
habló en otro, La memoria incómoda. Los
abogados de Atocha), sino de memoria, si por ella entendemos una lectura
moral del pasado. No es lo mismo un enfoque desde la historia que otro de la
memoria: la historia persigue la verdad de los hechos pasados, mientras la
memoria es una lectura moral del pasado; la historia pone el acento en la
reconstrucción del pasado, mientras la memoria en la construcción del futuro. Bueno,
este es un libro de memoria porque el objetivo no es reconstruir lo que pasó el
24 de enero del 1977 sino construir un futuro, un nuevo tiempo, simbolizado en
el abrazo.
4.
Entremos en el libro, construido sobre tres conceptos: violencia, memoria y
compasión.
La
violencia es el punto de partida. En su arranque está la experiencia de aquella
noche, pero esa experiencia no es evocada ni para reconstruir los hechos, ni para
recordar lo ardua que fue la transición (idealizada, unas veces, demonizada,
otras), ni para reivindicar el ideario de las víctimas, ni quiera para pedir
más justicia, Esas serían formas de la razón histórica que él subordina, en
este caso, a una lectura moral del pasado, cifrada en el término “paz”; en el símbolo “El Abrazo”
y en el concepto “nuevo tiempo” o futuro.
Podemos
decir que el libro dibuja una elipse uno de cuyos centros es la violencia
vivida, y, otro, una política sin violencia (el antónimo de “violencia” no es
democracia o república, sino “política-sin-violencia”, por la sencilla razón de
que en democracia o en república puede haber mucha violencia). Huelga decir que
es un objetivo o una pretensión harto difícil de conseguir porque la violencia
está inscrita en los genes de la política: recordemos que pólemos y política,
comparten raíz; que para Heráclito “la guerra era el padre de todo”; que Marx
decía que “la violencia era la partera de la historia” (Marx); que Hegel
establecía una relación entre Ilustración y Terror. No olvidemos que los
abogados de Atocha pertenecían a una generación de izquierdas (lectores de
Franz Fanon y de Sartre) que no hacía ascos en absoluto a la “violencia
revolucionaria”.
Está
tan arraigada en nuestra cultura la inevitabilidad del sufrimiento, de la
violencia, de la injusticia que Walter Benjamin decía que habría que imaginarse
la revolución no como la construcción de una utopía sino como protesta contra
el imperio de la violencia en cualquiera de sus manifestaciones. Venimos de un
cultura de la violencia y una prueba de lo arraigado que está la ofrece Norma Morandini,
autora del libro De la culpa al perdón,
madre de un joven montonero asesinado por los propios Montoneros, cuenta que
fue testigo de cómo en un juicio donde las propias víctimas reconocían que no
había ya odio en sus reacciones, había espectadores exaltados dispuestos a
salir y matar verdugos. Había más violencia en el espectador que no había
sufrido que en la víctima.
5.
Si el autor osa, pese al peso de la cultura de la violencia, dar ese salto
mortal, y apostar por una política en paz, es porque ha repensado su
experiencia de la violencia en clave memoria, que es el segundo término de su
discurso, del título del libro. Hoy la memoria cotiza al alza. Es un avance
respecto a la cultura del olvido que es la que ha mandado en España durante
siglos. Ilustrativo es el caso de la ermita Santa María de la Cabeza, en Ávila,
antigua mezquita, pero que tras la expulsión de los moriscos se la trabajó para
que no quedara rastro de su pasado: se enyesaron las paredes, se serraron los
arcos de ojiva para hacerles góticos; se derribó el minarete, sustituido por
una espadaña, es decir, se ocultó tan bien su pasado que hemos necesitado
siglos para descubrir lo que realmente fue. Podríamos seguir con el caso de
Santa Teresa, celebrada durante siglos como la santa de la raza (por eso Franco
se llevada un hueso de ella en su singular conquista). ¡Cinco siglos para
descubrir que era judía¡ Esa es nuestra particular forme de olvido: afán por
reescribir el pasado para hacerle desaparecer.
Hoy
ciertamente recordamos más, pero tenemos un problema con la memoria y es que la
hemos reducido a “justicia”. Las leyes de Memoria Histórica son leyes de Justicia
Histórica que está bien porque la memoria es justicia, pero es mucho más. Es
más que reparar injusticias pasadas, más que castigar a los culpables; más que
reparar lo reparable y hacer memoria de lo irreparable. Es, sobre todo, “nunca
más”, compromiso para crear las condiciones que superen el pasado e inauguren
un nuevo tiempo
Por
eso digo que el acento no se pone en lo épico (como ha sido el caso de la serie
“Las Abogadas”), ni en lo justiciero
(tan legítimo, como las leyes de Memoria Histórica), ni en la realización de
los ideales de las víctimas, ni en idealización de La República etc., sino en
la novedad, en el futuro, esto es, en un futuro-sin- violencia. Esto es lo que
tienen que tener en cuenta los que invoquen la memoria.
6.Y
esto ¿cómo se concreta? A esa pregunta responde el concepto de compasión: el
antídoto contra una sociedad dividida, enferma y empobrecida por la violencia
es la compasión. Así que hablemos de la compasión. Es un término equívoco y en
filósofos, como Spinoza, mal visto. Dice de ella que es una emoción inútil y paralizante. Digamos que
tiene muchos significados pero destaco dos, para aclarar en qué sentido lo usa
el autor. Puede ser vista, en primer lugar, como un gesto de superioridad, de
arriba abajo, de echar una mano sin despeinarse. Compasión como misericordia.
Pero también como un gesto constituyente, de abajo arriba, del Tu al Yo. Digo
constituyente porque gracias a la compasión nos constituimos en sujetos morales.
Compasión, en este sentido, no es dar de lo que nos sobra sino acceder a la
dignidad de ser humano al hacernos cargo del otro. Es aproximarnos al
necesitado y convertirnos así en
próximo, en prójimo (saber qué y quien es el prójimo es la pregunta más
decisiva, que se hizo hace dos mil años en tierras de Judea y no en la academia
de Platón. Pues bien, el prójimo no es el que está abajo sino el que se
aproxima y se hace cargo de él). Lo podemos explicar refiriéndonos a Primo Levi
cuyo libro de memoria se titula Si esto
es un hombre. La compasión significa responder a esa pregunta: si “esto”, es decir, ese ser humillado,
despreciado, animalizado…es o no es un ser humano. En la respuesta nos la
jugamos nosotros mismos. Contra lo que pueda parecer no es una respuesta fácil.
La mayoría respondió a la pregunta de Levi diciendo que esos seres, tal y como
habían quedado reducidos por obra de los nazis, no eran seres humanos sino que
habían quedado animalizados. Los testimonios, poco conocidos, son desoladores.
Lo
que llama la atención en el libro de Alejandro es que su autor entiende que la
compasión alcanza a la víctima, es decir, que hasta para la víctima el camino
para devenir un sujeto moral es hacerse cargo del otro. No hay que divinizar a
la víctima sino reconocer en ella la dignidad humana ultrajada. Pero también
ella tiene que ser habitada por la compasión, pero compasión hacia el otro, ese
otro que es su verdugo. Por eso dice Alejandro algo tan desconcertante como
esto: “es imprescindible que la compasión
llegue a los victimarios” o “en mi
quedó la voluntad de compasión, de tratar todas las personas incluidos los
asesinos de Atocha como personas, como seres humanos que son”.
Aquí
hay que pararse. Está diciendo algo que no forma parte de la cultura moral
ambiente, sino todo lo contrario. Dice que la víctima se haga cargo del
victimario. Sólo conozco un filósofo moral que vaya en esa dirección, Emanuel
Levinas, que construye una ética teniendo en cuenta Auschwitz. Convencido de
que sólo haciéndonos cargo del otro nos constituimos en sujetos morales, llega
a escribir: “en realidad soy responsable del otro incluso cuando comete
crímenes. Incluso cuando otros hombres cometen crímenes. Eso es para mi lo
esencial de la conciencia judía. Pero creo también que es lo esencial de la
conciencia humana: todos los hombres son responsables unos de otros y yo más
que todos los demás”.
7. ¿Qué
decir? A las éticas extremas o muy exigentes las llamamos supererogatorias,
(que van más allá de lo obligatorio), heroicas, que no obligan. Pero, aunque no
obliguen, son las que permiten saltos cualitativos en humanidad, saltos
civilizatorios. Alejandro Ruiz-Huerta nos lleva mansamente, como quien no
quiere la cosa, a este abismo o a esta cima. Un planteamiento que no se lleva,
que a todos choca, que incluso puede molestar, que se presta a muchos
malentendidos, pero que alguien con la autoridad de la víctima puede decir. Es
un libro que vale la pena.
Reyes
Mate (Presentación del libro de Alejandro Ruiz-Huerta, Violencia, compasión, memoria, Editorial Utopía, Córdoba, en la
Sala de las Trece Rosas, CCOO, Lope de Vega 38, Madrid, 8 de enero 2026)