Se me pregunta por la dimensión pública de la memoria (configura identidades) y su dimensión moral (mantiene vivas las injusticias no saldadas). Todo ello sin olvidar su dimensión histórica (la memoria ¿mira al pasado o al futuro?) o, incluso, jurídica (nombra lo impensable desde que la memoria de Auschwitz generó nuevas figuras delictivas, como “genocidio” o “crimen contra la humanidad”). Porque sin memoria, el pasado queda incompleto; sin su impulso, el futuro corre el riesgo de repetir lo peor.
DOS LENGUAJES DEL PASADO: HISTORIA Y MEMORIA EN
CONFLICTO
Todas
son cuestiones de un grosor filosófico indiscutible que invitan a entrar en
ellas sin más dilación. Pesa en cualquier caso la experiencia repetida de una
profunda incomunicación entre la historia y la memoria, entre el discurso del
historiador y el del filósofo de la memoria. El lugar que reserva la historia a
la memoria (lo privado y subjetivo) le resulta a esta inhóspita, igual que son
inaceptables para la historia algunas tesis de la memoria (tener que oír, por
ejemplo, que “el mayor narcótico del siglo XIX ha sido la pretensión de conocer
las cosas tal y como han sido” o que “la pretensión de la historia de ser
ciencia se paga con el olvido de lo memorable”).
Es innegable que desde hace un tiempo la memoria cotiza al alza. Se habla mucho de memoria y eso ha provocado un evidente malestar entre los historiadores, que durante mucho tiempo –pero sobre todo desde el siglo XIX- pastoreaban el pasado con absoluta autoridad pues habían establecido la tesis de que su conocimiento riguroso era cosa de la historia, relegando la memoria al ámbito de la vivencia subjetiva (privada, pues, de cualquier alcance objetivo). Eso es lo que ha cambiado: la memoria se presenta como conocimiento y no solo como vivencia, al tiempo que ha desbordado la subjetividad del sentimiento para hacerse presente como un condicionante material de la política (no hay más que ver las leyes de memoria histórica que han clausurado el “echar al olvido” el pasado que pedían los historiadores en tiempo de la transición política española).
Ante una situación así caben dos estrategias: tratar de conciliar historia y memoria, reconociendo sus diferencias, pero aceptando su complementariedad (que es lo que se suele hacer) o bien ahondar en la diferencia partiendo del hecho de que lo que les distingue no son distintas funciones sociales, ni siquiera distintas aproximaciones a la realidad (científica, la de la historia; sentimental, la de la memoria), sino distintas ontologías y epistemologías. Al concepto de historia subyace una concepción del mundo totalmente distinta de la que sustenta la memoria. Y esa diferencia en la concepción de la realidad afecta al modo de conocimiento atribuible a una y otra.