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18/4/16

El lugar del intelectual

            La muerte de Umberto Eco ha puesto sobre la mesa el papel del intelectual. Esta venerable figura que tan bien representó en Francia Emile Zola cuando se enfrentó con su pluma, en el caso Dreyfus, a todos los prejuicios antisemitas franceses al grito de "Yo acuso", ha ido consumiéndose, devorada por otros voceros a los que se les oye más porque se adaptan mejor a los gustos del respetable. Eco ha sido una excepción. El profesor universitario se vistió de novelista y consiguió hacernos ver que el rey iba desnudo. En El nombre de la rosa, en efecto, desmonta el tabú más preciado por el ser humano del siglo XX, a saber, el progreso. Aquel bibliotecario, fray Jorge, que envenena a los monjes deseosos de leer un libro nuevo que ha llegado a la abadía, no es el representante de una cultura medieval periclitada que se prohibía a sí misma toda novedad "porque la humanidad ya sabe lo necesario para salvarse" y no necesitaba más, sino que nos representa a nosotros. Nuestro progreso, en efecto, es más de lo mismo; no aporta ninguna novedad por muchos inventos que incorporemos porque seguimos igual de pasivos que los monjes medievales.