La muerte de Umberto Eco ha puesto
sobre la mesa el papel del intelectual. Esta venerable figura que tan bien
representó en Francia Emile Zola cuando se enfrentó con su pluma, en el caso
Dreyfus, a todos los prejuicios antisemitas franceses al grito de "Yo
acuso", ha ido consumiéndose, devorada por otros voceros a los que se les
oye más porque se adaptan mejor a los gustos del respetable. Eco ha sido una
excepción. El profesor universitario se vistió de novelista y consiguió
hacernos ver que el rey iba desnudo. En El
nombre de la rosa, en efecto, desmonta el tabú más preciado por el ser
humano del siglo XX, a saber, el progreso. Aquel bibliotecario, fray Jorge, que
envenena a los monjes deseosos de leer un libro nuevo que ha llegado a la
abadía, no es el representante de una cultura medieval periclitada que se
prohibía a sí misma toda novedad "porque la humanidad ya sabe lo necesario
para salvarse" y no necesitaba más, sino que nos representa a nosotros.
Nuestro progreso, en efecto, es más de lo mismo; no aporta ninguna novedad por
muchos inventos que incorporemos porque seguimos igual de pasivos que los
monjes medievales.