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8/8/21

El José Jiménez Lozano que he conocido

1. El primer Jiménez Lozano que conocí fue “el intelectual”, a mediados de los años sesenta. Ya sé que esta referencia no le hubiera gustado mucho, que por algo él distinguía entre “intelectuales” e “inteligentes”. Sin embargo, he encontrado entre mis papeles una copia del texto “El oficio y la tierra”, de 1989, que escribió con motivo del premio “Castilla León” que se le había concedido. De la mano de Julien Benda, el autor de La trahison des clercs, no ahorra crítica a esta familia, los intelectuales, “por haber traicionado su específico deber de preservar los valores del conocimiento y de la expresión artística en el ámbito de lo no útil ni instrumentalizable”. Ahí se despacha a gusto. Ahora bien, si denuncia una traición es porque hay nobles tareas que son memorables aunque hayan sido traicionadas. Lozano habla de un espacio - el de la cultura- que debería entregarse “a la búsqueda del sentido del mundo, la simbolización de lo real, el intento de penetración y conocimiento de los seres y las cosas y su relación existencial con el yo del hombre”. Eso sería un ejercicio noble del intelectual, que debería hacerlo de una manera callada, al margen de las doxas y modas, como hacía el pulidor de lentes de Amsterdam, al que Jiménez Lozano tenía tanta fe.

             Por cierto, este encuentro con Baruch Spinoza, que Jiménez Lozano tanto privilegia, merece una reflexión. Nada a primera vista más alejado del mundo espiritual de Lozano que este “frío sefardita”, como decía de él sin complacencias otro judío, esta vez askenazi, Hermann Cohen. El racionalismo filosófico de Spinoza, que le empuja a escribir una Ethica more mathematico, casa mal con una escritura tan compasiva como la de Jiménez Lozano. ¿De dónde le venía la simpatía? Quizá de su discreta vida, pero hay algo más. Este filósofo, con aires tan racionalistas, es al tiempo un “marrano de la razón”. En su marranismo está inscrita una sensibilidad, forjada en muchos sufrimientos vitales, que le hacían ver el mundo con una luz que iluminaba el mundo de Jiménez Lozano. En su galería de “auctoritates” estaban no sólo los que desprendían gran luz sino los que eran vistos con su singular mirada.

             Volviendo al tema de los intelectuales hay que decir que Jiménez Lozano salva  un tipo de intelectual, que ahora podemos rescatar, porque se le parece. Se parece al menos a aquel Pepe de los sesenta que se había hecho un nombre gracias a sus crónicas del Concilio Vaticano II. En aquellas Cartas de un cristiano impaciente”, lo que brillaba no era tanto el sabueso periodista que aporta información secreta sobre los debates teológicos, cuanto la significación histórica, para España, de lo que en Roma se iba decidiendo.

10/5/17

Presentación del libro de David Galcerà "La pregunta por el hombre: Primo Levi y la zona gris"

1. ¿Por qué de nuevo Auschwitz, el campo? Hubo un tiempo en el que esta pregunta hubiera sido innecesaria: no había Levi, por tanto no tenía sentido preguntar por qué  más Levi. Cuando comenzamos en 1991 a trabajar sobre La Filosofía después del Holocausto, decíamos “en España no hay cultura del holocausto”. No había nada: ni libros, ni sensibilidad, ni conocimientos. Hoy, sí: ya no está en peligro la memoria de Auschwitz. Algunos piensan incluso que hasta puede haber un empacho… Porque, según ellos, estaríamos en la era post-Auschwitz o en la post-memoria (tiempos pues de la historia y no de la memoria).

            Mi pregunta es ¿estamos en la post-memoria o en el post-Auschwitz como piensan los que dicen que ya está bien de Auschwitz o de las víctimas? ¿Qué significa hablar de post-Auschwitz? Fijémonos que significa “post”: dejar atrás, haber superado un momento; post-modernidad: dejar atrás o de lado el proyecto ilustrado sea porque está realizado sea porque no hay que realizarle. ¿Hemos superado Auschwitz? No me refiero sólo a si están o no vigentes las lógicas que llevaron a la barbarie (la lógica del progreso), sino a esto otro: si ya hemos superado el deber de memoria porque el post-Auschwitz es la negación del deber de memoria.