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22/2/26

Alejandro Ruiz- Huerta, "Violencia, compasión, memoria", Editorial Utopía, 2025, Córdoba

1. Cuando entré en contacto con el manuscrito de Alejando me acordé de un episodio en la vida de Jorge Semprún. Me refiero al encuentro que tuvo con otro deportado, Elie Wiesel, luego recogido en un librito, Se taire est impossible. Hablaban de sus experiencias en el Lager tan distintas entre sí pues no era lo mismo ser deportado en un campo de exterminio, que era una fábrica de muerte (a donde iban destinados los judíos) que a un campo de concentración, que era un lugar de trabajos forzados (que acogía a opositores políticos, presos de guerra o maleantes). Experiencias diferentes pero lo que me llamó la atención es que ambos coincidían en un punto: nadie quería ser el último en morir porque tendría que asumir la responsabilidad de salvar el mensaje que hasta ese momento había sido desoído.

2. Algo de esto corre por las venas de este libro. Lo escribe su autor  porque, dice, “me corresponde en solitario (tomar la palabra) después de que fallecieran mis compañeros que se mantuvieron con vida en 1977”. Se refiere al atentado de Atocha. El, el último sobreviviente, toma la palabra porque siente que tiene algo que decirnos que hasta ahora no ha sido percibido con suficiente claridad. Alejandro ahora, como Semprún y Wiesel antes, hacen un gesto supremo para comunicar el sentido de su experiencia porque algo no se ha entendido.

Ese mensaje que no ha sido captado está simbolizado en el cuadro El Abrazo de Juan Genovés que se exhibe en el Congreso y que Alejandro considera “el símbolo más potente de lo que defiendo en este libro”, un símbolo que, como todos los símbolos, admite muchas interpretaciones, pero que aquí tiene una, muy específica, que conviene descifrar

3. ¿Qué quiere decir el autor con este símbolo, El Abrazo? Para empezar que no es un libro de historia (de eso ya habló en otro, La memoria incómoda. Los abogados de Atocha), sino de memoria, si por ella entendemos una lectura moral del pasado. No es lo mismo un enfoque desde la historia que otro de la memoria: la historia persigue la verdad de los hechos pasados, mientras la memoria es una lectura moral del pasado; la historia pone el acento en la reconstrucción del pasado, mientras la memoria en la construcción del futuro. Bueno, este es un libro de memoria porque el objetivo no es reconstruir lo que pasó el 24 de enero del 1977 sino construir un futuro, un nuevo tiempo, simbolizado en el abrazo.

4. Entremos en el libro, construido sobre tres conceptos: violencia, memoria y compasión.

La violencia es el punto de partida. En su arranque está la experiencia de aquella noche, pero esa experiencia no es evocada ni para reconstruir los hechos, ni para recordar lo ardua que fue la transición (idealizada, unas veces, demonizada, otras), ni para reivindicar el ideario de las víctimas, ni quiera para pedir más justicia, Esas serían formas de la razón histórica que él subordina, en este caso, a una lectura moral del pasado, cifrada en el término “paz”;  en el símbolo  El Abrazo y  en el concepto “nuevo tiempo” o futuro.

Podemos decir que el libro dibuja una elipse uno de cuyos centros es la violencia vivida, y, otro, una política sin violencia (el antónimo de “violencia” no es democracia o república, sino “política-sin-violencia”, por la sencilla razón de que en democracia o en república puede haber mucha violencia). Huelga decir que es un objetivo o una pretensión harto difícil de conseguir porque la violencia está inscrita en los genes de la política: recordemos que pólemos y política, comparten raíz; que para Heráclito “la guerra era el padre de todo”; que Marx decía que “la violencia era la partera de la historia” (Marx); que Hegel establecía una relación entre Ilustración y Terror. No olvidemos que los abogados de Atocha pertenecían a una generación de izquierdas (lectores de Franz Fanon y de Sartre) que no hacía ascos en absoluto a la “violencia revolucionaria”.

Está tan arraigada en nuestra cultura la inevitabilidad del sufrimiento, de la violencia, de la injusticia que Walter Benjamin decía que habría que imaginarse la revolución no como la construcción de una utopía sino como protesta contra el imperio de la violencia en cualquiera de sus manifestaciones. Venimos de un cultura de la violencia y una prueba de lo arraigado que está la ofrece Norma Morandini, autora del libro De la culpa al perdón, madre de un joven montonero asesinado por los propios Montoneros, cuenta que fue testigo de cómo en un juicio donde las propias víctimas reconocían que no había ya odio en sus reacciones, había espectadores exaltados dispuestos a salir y matar verdugos. Había más violencia en el espectador que no había sufrido que en la víctima.

5. Si el autor osa, pese al peso de la cultura de la violencia, dar ese salto mortal, y apostar por una política en paz, es porque ha repensado su experiencia de la violencia en clave memoria, que es el segundo término de su discurso, del título del libro. Hoy la memoria cotiza al alza. Es un avance respecto a la cultura del olvido que es la que ha mandado en España durante siglos. Ilustrativo es el caso de la ermita Santa María de la Cabeza, en Ávila, antigua mezquita, pero que tras la expulsión de los moriscos se la trabajó para que no quedara rastro de su pasado: se enyesaron las paredes, se serraron los arcos de ojiva para hacerles góticos; se derribó el minarete, sustituido por una espadaña, es decir, se ocultó tan bien su pasado que hemos necesitado siglos para descubrir lo que realmente fue. Podríamos seguir con el caso de Santa Teresa, celebrada durante siglos como la santa de la raza (por eso Franco se llevada un hueso de ella en su singular conquista). ¡Cinco siglos para descubrir que era judía¡ Esa es nuestra particular forme de olvido: afán por reescribir el pasado para hacerle desaparecer.

Hoy ciertamente recordamos más, pero tenemos un problema con la memoria y es que la hemos reducido a “justicia”. Las leyes de Memoria Histórica son leyes de Justicia Histórica que está bien porque la memoria es justicia, pero es mucho más. Es más que reparar injusticias pasadas, más que castigar a los culpables; más que reparar lo reparable y hacer memoria de lo irreparable. Es, sobre todo, “nunca más”, compromiso para crear las condiciones que superen el pasado e inauguren un nuevo tiempo

Por eso digo que el acento no se pone en lo épico (como ha sido el caso de la serie “Las Abogadas”), ni en lo justiciero (tan legítimo, como las leyes de Memoria Histórica), ni en la realización de los ideales de las víctimas, ni en idealización de La República etc., sino en la novedad, en el futuro, esto es, en un futuro-sin- violencia. Esto es lo que tienen que tener en cuenta los que invoquen la memoria.

6.Y esto ¿cómo se concreta? A esa pregunta responde el concepto de compasión: el antídoto contra una sociedad dividida, enferma y empobrecida por la violencia es la compasión. Así que hablemos de la compasión. Es un término equívoco y en filósofos, como Spinoza, mal visto. Dice de ella que es  una emoción inútil y paralizante. Digamos que tiene muchos significados pero destaco dos, para aclarar en qué sentido lo usa el autor. Puede ser vista, en primer lugar, como un gesto de superioridad, de arriba abajo, de echar una mano sin despeinarse. Compasión como misericordia. Pero también como un gesto constituyente, de abajo arriba, del Tu al Yo. Digo constituyente porque gracias a la compasión nos constituimos en sujetos morales. Compasión, en este sentido, no es dar de lo que nos sobra sino acceder a la dignidad de ser humano al hacernos cargo del otro. Es aproximarnos al necesitado y convertirnos así en  próximo, en prójimo (saber qué y quien es el prójimo es la pregunta más decisiva, que se hizo hace dos mil años en tierras de Judea y no en la academia de Platón. Pues bien, el prójimo no es el que está abajo sino el que se aproxima y se hace cargo de él). Lo podemos explicar refiriéndonos a Primo Levi cuyo libro de memoria se titula Si esto es un hombre. La compasión significa responder a esa pregunta: si “esto”, es decir, ese ser humillado, despreciado, animalizado…es o no es un ser humano. En la respuesta nos la jugamos nosotros mismos. Contra lo que pueda parecer no es una respuesta fácil. La mayoría respondió a la pregunta de Levi diciendo que esos seres, tal y como habían quedado reducidos por obra de los nazis, no eran seres humanos sino que habían quedado animalizados. Los testimonios, poco conocidos, son desoladores.

Lo que llama la atención en el libro de Alejandro es que su autor entiende que la compasión alcanza a la víctima, es decir, que hasta para la víctima el camino para devenir un sujeto moral es hacerse cargo del otro. No hay que divinizar a la víctima sino reconocer en ella la dignidad humana ultrajada. Pero también ella tiene que ser habitada por la compasión, pero compasión hacia el otro, ese otro que es su verdugo. Por eso dice Alejandro algo tan desconcertante como esto: “es imprescindible que la compasión llegue a los victimarios” o “en mi quedó la voluntad de compasión, de tratar todas las personas incluidos los asesinos de Atocha como personas, como seres humanos que son”.

Aquí hay que pararse. Está diciendo algo que no forma parte de la cultura moral ambiente, sino todo lo contrario. Dice que la víctima se haga cargo del victimario. Sólo conozco un filósofo moral que vaya en esa dirección, Emanuel Levinas, que construye una ética teniendo en cuenta Auschwitz. Convencido de que sólo haciéndonos cargo del otro nos constituimos en sujetos morales, llega a escribir: “en realidad soy responsable del otro incluso cuando comete crímenes. Incluso cuando otros hombres cometen crímenes. Eso es para mi lo esencial de la conciencia judía. Pero creo también que es lo esencial de la conciencia humana: todos los hombres son responsables unos de otros y yo más que todos los demás”.

7. ¿Qué decir? A las éticas extremas o muy exigentes las llamamos supererogatorias, (que van más allá de lo obligatorio), heroicas, que no obligan. Pero, aunque no obliguen, son las que permiten saltos cualitativos en humanidad, saltos civilizatorios. Alejandro Ruiz-Huerta nos lleva mansamente, como quien no quiere la cosa, a este abismo o a esta cima. Un planteamiento que no se lleva, que a todos choca, que incluso puede molestar, que se presta a muchos malentendidos, pero que alguien con la autoridad de la víctima puede decir. Es un libro que vale la pena.

Reyes Mate (Presentación del libro de Alejandro Ruiz-Huerta, Violencia, compasión, memoria, Editorial Utopía, Córdoba, en la Sala de las Trece Rosas, CCOO, Lope de Vega 38, Madrid, 8 de enero 2026)

17/5/25

La ausencia de Dios

             De la inundación informativa que ha desatado la muerte del Papa Francisco, rescato el comentario de un periodista que se decía agnóstico: “¡se echa de menos a Dios¡”. Extraña la ausencia de Dios en el funeral de su representante en la tierra, sobre todo si quien lo advierte es alguien que, de entrada, dice no saber quién es Dios.

             La denuncia puede ser catalogada como un brillante apunte o un ingenioso estrambote, pero quizá como algo más. Si tenemos en cuenta cómo llegó Francisco al Vaticano, con su olor a rebaño, y cómo salió, a hombros entre aplausos de los grandes de este mundo, surge la pregunta de si logró o no imponer lo que quería. Habló alto y claro contra la guerra, contra el capitalismo, contra la emigración, tres graves asuntos sobre los que discrepaba con la mayoría de los que le despedían con un aplauso. Si el Dios al que se refería el periodista tenía algo que ver con el espíritu que inspiró las palabras de Francisco contra la guerra, a favor de los emigrantes y contra el capitalismo, la pregunta sobre Dios, tenía su aquél.

3/9/24

El Abrazo

             El Abrazo es el título de un cuadro del pintor Juan Genovés que figura en el Congreso de los Diputados en un lugar de honor porque representa bien el espíritu del consenso que presidió la transición. Ese consenso, por el que algunos suspiran hoy, suele asociarse a un tiempo bonacible y presto al entendimiento. Nada más lejos de la realidad. El Abrazo costó sangre y aquel consenso fue el resultado de un doloroso proceso crítico. No podemos pues hoy suspirar por la convivencia, ahorrándonos ese trabajo de revisión de las propias certezas. No se sale de la polarización reinante con un suspiro nostálgico sino con un talante autocrítico.

             Como quiera que lo que hace cuarenta años parecía evidente resulta hoy inconcebible, es de agradecer que una de esas voces del consenso de antaño se haga oír hogaño. Es una voz autorizada, a punto de extinguirse, que nos manda un mensaje en una botella para que nosotros, náufragos a la deriva, no perdamos el norte.

26/6/23

Del cálculo interesado a la mirada compasiva

             En política los opuestos, lejos de repelerse, se retroalimentan. Le ocurrió al independentismo catalán con Mariano Rajoy de Presidente, hace una década, y le ha pasado al Partido Popular con Bildu en las últimas elecciones. Los dos han salido ganando. Si Bildu da tanto juego, dentro y fuera del País Vasco, es porque simboliza algo capaz de movilizar energías muy poderosas entre los votantes. Lo peligroso del asunto es que el recurso de unos y otros al pasado violento se haga en función del respectivo provecho político y no de la superación de ese pasado luctuoso.

             Para empezar, el problema de Bildu no es político sino moral. No es político porque es una organización perfectamente legalizada que cumple los requisitos para el juego democrático. Tiene pues todo el derecho a hablar, intervenir, pactar, aprobar o disentir. Siempre serán mejor los votos que las bombas.

19/12/21

TIEMPOS DE COMPASIÓN

             El último tercio de los ochenta ha supuesto la invasión del pensamiento postmoderno. Que sea il pensiero debole italiano, o la postmodernité francesa o el neopragmatismo americano, por no citar a las corrientes antimetafisicas del Viejo Mundo o al pensamiento neoconservador del Nuevo, todos coinciden en señalar el fracaso del sueño ilustrado entendido como la organización racional -y por tanto universal- de la sociedad en todos sus ámbitos, fundamentalmente el científico, el ético y el político.

             Ahora parece estar definitivamente claro que no hay "razón unificadora" que valga sino "discursos fragmentarios"; no hay ética solidaria sino por el contrario morales del egoísmo o del amor propio y la política es definitivamente una estrategia de poder.

10/11/21

Apuntes para una ética compasiva

             1. Es un tema que no se lleva o que tiene mala prensa entre los filósofos pero que a mí siempre me ha acompañado. Intenté una aproximación en el año 1988, en la revista Razón y Fe, titulado "Por una ética compasiva" y ahora aprovecho la ocasión que me brinda este curso del Centro de Estudios Judeo-Cristianos para seguir reflexionando sobre este particular.

            Dos de los filósofos que más simpatizan con el tema, Horkheimer y Adorno,  resumen así lo que se dice en filosofía: "La compasión es menos que una virtud: es una debilidad nacida del miedo y de la infelicidad". Spinoza, Kant, Sade o Nietzsche rivalizan en el descrédito de un sentimiento "que no se tiene en pie ante la filosofía" y que "no puede reclamar para sí la dignidad de la virtud" (Kant). No tiene ni entidad ni virtud.

25/10/20

La fraternidad, de Robespierre a Francisco

            Acaba de aparecer la última encíclica del Papa Francisco, Fratelli Tutti, un alegato a favor de la fraternidad como virtud política. La encíclica es un género literario de difícil ubicación: es un discurso cristiano, sí, pero dirigido a toda “persona de buena voluntad”. Puede conseguir, como en este caso, que irrite a creyentes conservadores y la aplaudan agnósticos aperturistas.

             No se puede decir que las encíclicas hayan cambiado el rumbo de la historia, entre otras razones porque los católicos no se sienten obligados a cambiar sus prácticas políticas o económicas por lo que diga el Papa, pero no han sido inútiles porque venían a reforzar determinados valores humanistas, también defendidos por otros líderes mundiales, religiosos o laicos, que han hecho camino. Pensemos en causas como la de los emigrantes, el hambre en el mundo, la pena de muerte o el recurso a la guerra. En estos temas la voz del Papa ha estado del lado bueno.

12/2/17

Decidle que lo sentís

            Moisés es un mecánico sirio que trabaja en un taller a pie de calle de una gran ciudad. En la acera se dan citas coches averiados y muchos paseantes o vecinos atraídos por el carisma de este sirio que ha sabido compartir desde las esperanzas por la primavera árabe hasta los lamentos provocados por una  guerra que dicen está acabando. Le pregunto por Alepo y me muestra en la pantalla de un móvil grasiento un vídeo que lo resume todo. Aparece la cabeza agonizante de un cuerpo enterrado a quien unos soldados sirios le gritan en árabe mientras le siguen echando paletadas de arena hasta cubrirle completamente. "Le están diciendo, me traduce Moisés, que reconozca que al-Assad es Dios", una blasfemia que al desgraciado, un yihadista fanático, le tortura tanto como la asfixia del enterramiento.

12/10/16

Apuntes sobre la ética compasiva*

            Quiero agradecer a Sebastián de la Obra y Tomás Valladolid la oportunidad que me han dado de detenerme en un tema que siempre me ha acompañado pero en el que no me había detenido expresamente, a excepción de un breve artículo publicado en el año 1988, en la revista Razón y Fe, titulado "Por una ética compasiva".

            1. Es un tema que no se lleva o que tiene mala prensa entre los filósofos. Dos de los filósofos que más simpatizan con el tema, Horkheimer y Adorno, resumen así lo que se dice en filosofía: "La compasión es menos que una virtud: es una debilidad nacida del miedo y de la infelicidad". Spinoza, Kant, Sade o Nietzsche rivalizan en el descrédito de un sentimiento "que no se tiene en pie ante la filosofía" (Sade o Nietzsche), que "no puede reclamar para sí la dignidad de la virtud" (Kant).  No tiene ni entidad ni virtud. Para toda la Modernidad la compasión es sospechosa de flojera: frente a la justicia se pueden poner algunos parches pero no acabar con ella.
            Pero a lo mejor hay otra consideración, harto diferente, tras ese desprecio por la compasión. Compasión rima con infelicidad. Y como toman la infelicidad como una vergüenza, no pueden aceptar la compasión, que el hombre sea compadecido. Lo que hay tras el desprecio de la compasión es una apología del poder. Recordemos el film Exodus. La valoración de los personajes está hecha sub specie progressus. Por si faltaba algo para desacreditar el término compasión, ahí está el que fuera presidente de EEUU, Bush hijo, presentando su estrambótica política como resultado de un "proyecto compasivo"...

20/6/16

Los jueces son de este mundo

            Este diario daba hace poco la noticia de un juez británico que pagó la multa de una joven condenada por apuñalar a su violador. El mismo juez que la condenó, teniendo en cuenta todas las circunstancias atenuantes del caso, entendió que debía salvarla de la prisión pagando de su bolsillo la sanción impuesta.

            El caso, tratado informativamente como una compasiva anécdota, es, sin embargo, bastante más pues se suma a otros que replantean el papel casi divinal del juez en una sociedad humana.

1/2/16

Un tal Jesús

            Vuelvo de Jerusalén en vísperas de Navidad. Nos han convocado para dialogar sobre la convivencia  en una tierra como Palestina donde las grandes religiones monoteístas -el judaísmo, el cristianismo y el islam- no han sabido vivir en paz. Un palestino explicaba que cualquier arreglo político pasaba por recuperar su casa, una casa que hace mucho tiempo fue destruida. Para ellos no hay más patria que el hogar, de ahí que siempre se sentirán refugiados mientras no recuperen lo que ya es irrecuperable. De nada valdrían unas conversaciones sobre la paz si no se pone como premisa del diálogo la casa... que ya no existe. Despojados pues de toda esperanza, sólo les cabe enfrentarse a la desesperada contra quienes consideran sus enemigos irreconciliables.

             Los representantes judíos exponían con dolor el proceso de radicalización imparable de sus propios correligionarios. Los gobiernos israelíes dependen del apoyo de los grupos ultraortodoxos y éstos cada vez son más intransigentes con propios y extraños. La causa de esa carrera hacia el abismo la veían estos analistas políticos  en algo tan espiritual como la ley que, para un judío, es algo muy serio. Decía el gran pensador judío ilustrado, Moses Mendelssohn que lo único revelado de la Biblia es la ley mosaica, esto es, las normas que regulan la vida personal y colectiva de los judíos. Cualquier otra afirmación bíblica sobre el origen del mundo o sobre la historia de la humanidad sólo vale, decía, en tanto en cuanto sea compatible con la razón. Por eso en todas las sinagogas se guarda con veneración el rollo de la ley dentro de una urna depositada en el lugar más noble.

7/7/14

Francisco y Ratzinger

           Francisco marca al teléfono un número de la ciudad argentina de San Lorenzo. Al otro lado Julio Baletta, marido de una divorciada que ha escrito al Papa de Roma lamentando que en su parroquia no la dejen comulgar, recibe la repuesta papal: "puede comulgar porque no hace daño a nadie".

                La cosa podría quedar en una anécdota propia de un buen párroco que pone la compasión evangélica por delante del dictado del derecho canónico. Pero la anécdota es algo más que eso porque resulta que sobre el mismo problema su antecesor, siendo cardenal, se puso muy digno para decir todo lo contrario. Fue en el año 1998, según cuenta el libro La provocación del discurso sobre Dios (Trotta, 2001, pp. 96-99). Tras una conferencia de Joseph Ratinzger, a la sazón responsable de velar por la pureza de la fe cristiana, alguien del público, un párroco del Ruhr, le pregunta si no podría Roma cambiar el rigor con el que trata a los divorciados, permitiéndoles, por ejemplo, acercarse a la comunión. Ratzinger le respondió que no había nada que hacer, que romper un compromiso como el matrimonio supone un daño irreparable, y que nadie, ni siquiera el Papa, puede cambiar la norma. La única forma de compasión que puede ofrecer la Iglesia a los homosexuales o a los divorciados es "ayudar a aprender a sufrir y a identificar lo positivo que hay en el sufrimiento".