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14/4/16

El dudoso poder del lenguaje

            La visita del Presidente Obama a Cuba cerraba el capítulo de la guerra fría y abría un nuevo tiempo en el que la lengua, la lengua española, está llamada a jugar un papel fundamental en la política del imperio. Algo de esto se decían los participantes del Congreso Internacional de la Lengua Española que se había celebrado unos días antes en Puerto Rico cuando debatían, además de sobre reglas gramaticales, del poder político de la lengua que hablamos.

            Nadie duda a estas alturas de que el español, hablado por más de 500 millones (50 de ellos en los propios EE.UU.), es un factor de presión y de poder político. Es la ley del número. Pero haríamos un flaco favor a Cervantes -y, por tanto, al genio de la lengua que hablamos- si todo lo cifráramos en poder y presión. El español tiene otras estancias que pueden enriquecer nuestro modo de ser y de vivir si hay hablantes dispuestos a habitarlas. En concreto, la que nos abre el capítulo VIII del Primer Libro del Quijote. Al final del mismo refiere la pelea de Don Quijote y el vizcaíno, privándonos del final de tan encendido episodio porque su autor “no halló más escrito de estas hazañas de Don Quijote”. De repente el lector descubre que el libro que tiene entre manos es traducción o transcripción de un texto al que le faltan hojas. Como el autor no quiere dejarnos en vilo se va en busca de la parte que falta. En un barrio de mala fama de Toledo donde se trafica con papeles un joven le ofrece en venta unos folios, escritos en arábigo, que el autor castellano no entiende y se los hace traducir por “dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo”, resultando ser la secuencia de la pelea pendiente entre el vasco y el manchego. Ahí nos enteramos de que el autor del texto originario es árabe, un tal Cide Hamete Benengeli.