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4/10/21

“El cielo estrellado, sobre mí, y, la ley moral, en mí”

             El reciente incendio de Sierra Bermejo, en la serranía de Málaga, y la erupción volcánica en la isla de Palma, que está teniendo lugar, son dos buenas expresiones de la condición humana. Dos grandes calamidades que tienen características diferentes: el incendio, que causó notable desconcierto porque poseía una violencia desconocida, fue, al parecer, provocado, las lenguas de fuego que serpentean en la isla canaria, son, por el contrario, naturales.

             El que un desastre haya sido provocado por el ser humano y el otro, no, no afecta desde luego a su capacidad de daño. La naturaleza con sus temblores, erupciones o devastaciones puede ser igual de dañina que la mano del hombre, pero el hecho de que el daño sea en un caso provocado y, en el otro, natural, no puede ocultar su extraña complicidad.

             El fuego provocado pone de manifiesto el poder del ser humano, poderío que puede manifestarse inventando una vacuna en nueve meses o, también, haciendo gala de una descomunal capacidad destructora, incendiando el bosque. El hombre, en efecto,  ha producido con toda naturalidad armas atómicas con las que reducir varias veces a cenizas la tierra que habita. El fuego de Sierra Bermejo es un ejemplo del poderío del hombre; la erupción volcánica es, por el contrario, expresión de su impotencia. Frente al poder prometeico del fuego en manos del hombre, la erupción volcánica se encarga de recordarnos la insignificancia del hombre en el mundo.