(Theodor
W. Adorno y Gershom Sholem, 2016, Correspondencia
1939-1969, Eterna Cadencia, Buenos Aires)*
Nada decía que pudieran ser amigos.
Gershom Scholem se había volcado en la mística judía para acabar con la
resignación del judaísmo alemán que teniendo que elegir entre ser judío o ser
moderno había optado por lo segundo. Adorno era un exquisito intelectual
interesado por la Ilustración a la que quería insuflar el aliento crítico que
pudiera venir del mesianismo judío. La arrogancia académica de este último y su
afán por transformar cada idea en una frase lapidaria, no siempre comprensible,
casaba mal con la socarronería del primero que aunque viviera en Jerusalem,
adonde había llegado impulsado por su ideal sionista, conservaba intacta la
sorna berlinesa. Cuando Adorno le escribe que "sólo son verdaderos los
pensamiento que no se entienden a sí mismos", Sholem le responde burlonamente que estaría de acuerdo "si
entendiera lo que me dice". Pero llegaron a ser amigos y este carteo es
prueba de una gran amistad y al tiempo documento de la riqueza intelectual de
una generación excepcional. Lo que les unía
era la aguda conciencia de la pobreza moral e intelectual de su tiempo, incapaz de hacer frente a los
desafíos totalitarios que ponían en peligro la herencia civilizatoria. Sholem
buscaba respuestas revitalizando la riqueza mística del judaísmo; Adorno,
cargando lo profano con lo filosóficamente asumible de esa tradición mesiánica.