Mostrando entradas con la etiqueta memoria passionis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta memoria passionis. Mostrar todas las entradas

12/9/20

La memoria peligrosa, en peligro*

            Después de que Todorov hablara de los “abusos de la memoria” se habló en Francia de “la memoria saturada” (Régine Robin) y luego, en USA,  de “adicción a la memoria”  (Ch Maier) y ahora, en Italia (D. Giglioli) y un poco por doquier, de la religiosización o incluso cristianización del deber de memoria, convertido en religión civil.  No son negacionistas ni autores alérgicos a la memoria de Auschwitz. Al contrario. Su crítica dirige los dardos contra la “cultura de la memoria” (C. Coquio), es decir, va contra el modo como hoy se expresan las víctimas, los expertos, las instituciones y hasta la opinión pública cuando hablan de la memoria de Auschwitz.

             Lo que critican, en primer lugar, es su reducción cultual. Hemos reducido la memoria a peregrinaciones, monumentos, museos o representaciones artísticas que no están mal. El problema de esta inflación o consumo memorialístico es dar al hecho de recordar un valor sacramental o performativo: como si bastara recordar sentimentalmente para que se produjeran los efectos transformadores de la memoria. Otra línea crítica se refiere a la desproporción entre las posibilidades de la memoria y lo que se espera de ella. No olvidemos que de la memoria de Auschwitz se espera que la barbarie no se repita, pero ¿puede acaso la frágil memoria hacer frente a las fuerzas telúricas que mueven la historia? No se puede decir que Auschwitz haya caído en el olvido y sin embargo los genocidios se han seguido produciendo en la ex-Yugoslavia, en África Central, en Camboya. Para que la historia no se repita habría que recurrir a estrategias políticas, militares, económicas, jurídicas y educativas mucho más contundentes. Otra línea crítica dispara contra lo que podríamos llamar sublimación o ideologización de todo lo que rodea a la memoria: convertimos a las víctimas en héroes; elevamos la autoridad del sufrimiento a negación de toda crítica; fomentamos la competencia entre víctimas; extendemos el manto de la culpa a todo aquel que no empatice con la víctima con lo que conseguimos no que las cosas cambien sino que seamos más los que suframos. Por no hablar de la utilización comunitarista o nacionalista de la memoria que abona el terreno al odio o al resentimiento.