El mes de agosto nos ha regalado la
noticia de la aparición de Guido Carlotto, el nieto de la abuela argentina que
se ha pasado la vida buscando al niño desaparecido. "Guido", nombre
que le había dado la madre asesinada por la dictadura militar, era en realidad
"Ignacio", como le llamaba la familia adoptiva.
En el momento del encuentro
contrastaba el rostro de la abuela, iluminado con la alegría de quien había
logrado por fin ganar la batalla al olvido, con la de Ignacio-Guido, un hombre
de 37 años, que había tenido hasta ese momento "una vida extraordinariamente
feliz", según sus palabras, ignorando, eso sí, su destino.
La sociedad argentina ha celebrado
la aparición del niño desaparecido que hace en número 114. Quedan muchos más y
seguirá la lucha, ahora con el refuerzo del nieto de Laura Carlotto.
A los españoles les puede sorprender
que la sociedad argentina viva pendiente de sus desaparecidos, cuando aquí son
legión y sólo les acompaña la indiferencia de los contemporáneos. Pero se
sorprendería todavía más si tomara nota de la valentía con la que se abordan
los aspectos más turbios de todo ese pasado. No me refiero a lo que hicieron
los militares y sus secuaces, que de eso ya se han encargado los tribunales,
sino a lo que hicieron las víctimas. Y esto sí que es un asunto extremadamente
delicado.