En la temporada pasada brilló en la
cartelera madrileña El Inspector, la
pieza teatral de Nikolai Gogol. Lo original de esta obra escrita hace dos
siglos sobre un tema tan viejo como la corrupción, es la complicidad del
espectador. El público no deja de reírse. La risa es aristocrática ya que quien
ríe piensa estar un codo por encima del objeto o del sujeto risible. El
espectador se ríe porque el alcalde desvergonzado que engorda su cartera con
los consabidos sobornos, no se entera de que, a su vez, está siendo estafado
por un perillán de su misma escuela. Hasta que harto de las risitas que le
llegan del patio de butacas se vuelve al público y le espeta sin miramientos:
"¿de qué os reís? ¡si os estáis riendo de vosotros mismos". Son
ellos, los que ríen, quienes les han elegido por como son. Deberían sentirse
orgullosos por lo bien que les representan.