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27/7/17

El motín de la anécdota (Epílogo al texto Famélica de Juan Mayorga)

1. El fragmento no es el discurso. Tampoco es una parte del mismo porque, como decían los antiguos, "pars et totum quemadmodum sunt idem", y el fragmento está en guerra contra el todo. El fragmento se opone al discurso de la misma manera que los significantes se oponen  al conocimiento que de ellos se tiene, conscientes como son de que significan mucho más que lo que ese conocimiento alcanza. Fragmento y discurso o verdad y conocimiento son formas de expresar dos representaciones de la realidad que no son complementarias sino rivales.

            El discurso se mueve como un sultán en su harem (1) imponiendo el nombre a voluntad y nombrando a las mujeres que lo habitan como si fueran cosas. El discurso tiene la pretensión de dar sentido a lo que hay, de crear hermenéuticamente lo que narra, imitando a la palabra divina que con su poder creó el mundo.

26/9/16

Todo es tramoya

            La política como teatro no es un invento de los recién llegados sino que viene de antiguo. Los políticos han rivalizado con los eclesiásticos en liturgias, capisayos y símbolos. Lo nuevo es que ha desaparecido una delgada línea divisoria que, durante siglos, distinguía entre forma y fondo, entre apariencia y realidad, entre significante y significado. El que se mostraba debía tener medios para hacerse valer. Nadie pues se engañaba con las apariencias.

            Eso es lo que ha cambiado. Ahora, como decía irónicamente Walter Benjamin del teatro barroco, “hasta Dios es tramoya”. Lo que importa es el gesto y el atuendo, esto es, la imagen. No importa el alcance del gesto, ni si tendrá futuro o no. Lo decisivo es la aparición, la manifestación o el impacto. Son políticos del shock. El tiempo se ha acelerado tanto que el instante tiene valor de eternidad. Pensar en lo que sucederá después, eso es ya jugar a los dados, de ahí que mejor no pensar en el futuro aunque lleve a la catástrofe. Sería fácil ilustrar estas ideas con dichos y hechos de políticos catalanes o madrileños, españoles o alemanes, aunque también en esto somos los españoles más exagerados porque hemos llegado al frenesí de la posmodernidad sin el poso de la modernidad.