15/5/26

La prioridad nacional, una tentación general

            Que prime el ser nacional sobre la necesidad a la hora de acceder a determinados servicios sociales básicos, ha suscitado un malestar general que va más allá de la indignación moral. La referencia a una “prioridad nacional”, en los pactos de gobierno entre el Partido Popular y Vox, avergüenza tanto que algunos firmantes buscan ahogarla en sinónimos como “arraigo” o “vecindad”.

            La expresión, que no es nueva, produce salpullido porque nos retrotrae a una idea-fuerza del hitlerismo (Volksgemeinschaft) que empezó sirviendo a la exclusión étnica y acabó legitimando las cámaras de gas, es decir, sirvió tanto para discriminar a los otros (ya fueran extranjeros o alemanes de otra sangre) como para desnaturalizarlos o exterminarlos.

            Esta ola de indignación es uno de esos sentimientos que expresan la buena salud moral de una sociedad. Puesto que es tan compartida, me pregunto si no ha llegado el momento de avanzar en humanidad, revisando el lugar de privilegio que ocupa “la prioridad nacional”, pero entre los indignados. Sería grave ingenuidad pensar que esa prioridad de lo nacional es un asunto de la extrema derecha o de nacionalistas irredentos. Es, también, una piedra en el zapato de todo el pensamiento moderno o progresista o ilustrado o como queramos llamarlo.

2/5/26

La Resurrección, un tema de conversación

            La Semana Santa es una buena ocasión para volver sobre la leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski. La sitúa en Sevilla hace cinco siglos pero podía haber sido en Valladolid. Como de costumbre van a celebrar estos días con un Auto de Fe en el que serán quemados cien herejes. Entre la multitud se mezcla el mismísimo Jesús que no viene precisamente para festejar la masacre. El Inquisidor se percata de su presencia, le manda prender, le reprocha que vuelva para desautorizar lo que hace la Iglesia, y corona su perorata con una espeluznante sentencia: “mañana, a una orden mía, arderás en la hoguera”. Se podría hacer una enciclopedia con las reacciones que han hecho lectores de todas las latitudes a esta historia que es, en el fondo, la de la tensión insuperable entre el pan y la libertad, entre la ética y la política. Lo sorprendente es la indiferencia ante lo que es central en el relato y que provoca la reacción del Inquisidor. Me refiero a la resurrección de una niña de siete años que Jesús devuelve a la vida con las mismas palabras que en su paso por Judea empleara para librar de la muerte a la hija de Jairo: thalita kumi (levántate, niña). Ese hecho es el que conmueve a la multitud, hace que reconozcan a Jesús como único autor posible, y, consecuentemente, ponga en guardia al Gran Inquisidor de Sevilla.