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9/3/26

Pensar en Español, un gesto de resistencia

1. Quiero agradecer a la revista Ábaco que haya dedicado un número al tema Pensar en español en el siglo XXI y, a Antolín Sánchez Cuervo, que lo haya materializado.

No lo digo por cortesía sino porque entiendo, como enseguida explicitaré, que es un acto de resistencia.

Pensar en español se dice de muchas maneras porque ha habido muchas aproximaciones al tema desde perspectivas muy diferentes. Por mi parte está muy vinculado a un modo de hacer filosofía, al modo de hacer filosofía que queríamos quienes a mediados de los ochenta nos planteamos crear un nuevo Instituto de Filosofía en el CSIC. Simplificando mucho diría que durante la larga noche del franquismo se agostó la filosofía que contra viento y marea había dado señales de gran vitalidad en el primer tercio del siglo XX (recordemos la Escuela de Madrid, la Escuela de Barcelona). Se impuso manu militari un tomismo-leninismo que afectó al pensar filosófico, incluso cuando se rebelaba contra esa corriente. En los últimos años del franquismo, en efecto, se importaban corrientes y escuelas europeas pero que había que des-contextualizarlas, es decir, despolitizarlas para que pudieran circular. Pondré un ejemplo de lo que quiero decir: en los años noventa tuvo lugar en Europa el debate sobre Heidegger y el nazismo. El debate llegó a España pero aquí pilló a los heideggerianos con el pie cambiado porque Heidegger llegó a España de manos del falangismo y del tomismo. Con el paso del tiempo, sus seguidores tenían que borrar ese pasado proponiendo una interpretación abstracta, desideologizada, del pensador alemán. Cuando llegó el debate referido optaron por desaparecer. Ya entonces apuntaban teorías, muy socorridas ahora, que trataban de desprestigiar el debate ideológico de las filosofías, con los más peregrinos argumentos no siendo el menor lo de que “la dictadura de Franco fue tan larga que acabó disolviendo todas las querellas antiguas”, así que “borrón y cuenta nueva que esto a los jóvenes no interesa”.

29/9/23

El perdón, virtud política

             A los españoles nos va el enfrentamiento. Nos dividió un volcán, antes la pandemia y, ahora, la amnistía a ciudadanos catalanes implicados en la declaración de independencia. Los hay que, desde una orilla, dicen que eso supondría el “final de la democracia”; otros, como los de Junts, que sólo sería el aperitivo de mayores exigencias. Luego vienen los juristas, divididos entre quienes que creen que es perfectamente constitucional y los que predican todo lo contrario.

             Me voy a permitir unas reflexiones que no son ni jurídicas ni políticas sino morales. La moral consiste en responder a la pregunta de si la amnistía es buena o mala, es decir, si contribuye a alcanzar el fin de la política o no. Como, desde Aristóteles, el ser humano inventó la política para convivir, la pregunta es si la amnistía contribuye a la convivencia o no.

29/10/16

Un futuro sin política

            "El carácter democrático de la polis", decía Aristóteles, "se expresa mediante la selección aleatoria de sus dirigentes". Resulta chocante que alguien tan exigente con los políticos como Aristóteles nos suelte a bocajarro que la democracia funciona mejor con políticos salidos por sorteo, como en una comunidad de vecinos. Sorprende la afirmación porque antes había dicho que para presentarse voluntariamente a la gestión de la cosa pública había que ser virtuoso, es decir, tenía que ser alguien técnica y humanamente ya formado.

            Si el ilustre filósofo cambia de parecer es porque entretanto ha visto cómo la política era acaparada por unos profesionales que iban a lo suyo. Habían olvidado la respuesta de Sócrates a quienes le acusaban de politizar a los jóvenes: "a mí la política no me ha interesado nunca porque lo que me preocupa es la vida de los ciudadanos y no los asuntos de Estado". Lo que se está diciendo en un caso y en otro es que la substancia de la política es la vida de los ciudadanos y que un político demócrata es un actor secundario, perfectamente prescindible y que si se pone por delante de la política que representa, se convierte en un peligro público.