No lo digo por cortesía sino porque entiendo, como enseguida explicitaré, que es un acto de resistencia.
Pensar en español se dice de muchas maneras porque ha habido muchas aproximaciones al tema desde perspectivas muy diferentes. Por mi parte está muy vinculado a un modo de hacer filosofía, al modo de hacer filosofía que queríamos quienes a mediados de los ochenta nos planteamos crear un nuevo Instituto de Filosofía en el CSIC. Simplificando mucho diría que durante la larga noche del franquismo se agostó la filosofía que contra viento y marea había dado señales de gran vitalidad en el primer tercio del siglo XX (recordemos la Escuela de Madrid, la Escuela de Barcelona). Se impuso manu militari un tomismo-leninismo que afectó al pensar filosófico, incluso cuando se rebelaba contra esa corriente. En los últimos años del franquismo, en efecto, se importaban corrientes y escuelas europeas pero que había que des-contextualizarlas, es decir, despolitizarlas para que pudieran circular. Pondré un ejemplo de lo que quiero decir: en los años noventa tuvo lugar en Europa el debate sobre Heidegger y el nazismo. El debate llegó a España pero aquí pilló a los heideggerianos con el pie cambiado porque Heidegger llegó a España de manos del falangismo y del tomismo. Con el paso del tiempo, sus seguidores tenían que borrar ese pasado proponiendo una interpretación abstracta, desideologizada, del pensador alemán. Cuando llegó el debate referido optaron por desaparecer. Ya entonces apuntaban teorías, muy socorridas ahora, que trataban de desprestigiar el debate ideológico de las filosofías, con los más peregrinos argumentos no siendo el menor lo de que “la dictadura de Franco fue tan larga que acabó disolviendo todas las querellas antiguas”, así que “borrón y cuenta nueva que esto a los jóvenes no interesa”.