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2/5/26

La Resurrección, un tema de conversación

            La Semana Santa es una buena ocasión para volver sobre la leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski. La sitúa en Sevilla hace cinco siglos pero podía haber sido en Valladolid. Como de costumbre van a celebrar estos días con un Auto de Fe en el que serán quemados cien herejes. Entre la multitud se mezcla el mismísimo Jesús que no viene precisamente para festejar la masacre. El Inquisidor se percata de su presencia, le manda prender, le reprocha que vuelva para desautorizar lo que hace la Iglesia, y corona su perorata con una espeluznante sentencia: “mañana, a una orden mía, arderás en la hoguera”. Se podría hacer una enciclopedia con las reacciones que han hecho lectores de todas las latitudes a esta historia que es, en el fondo, la de la tensión insuperable entre el pan y la libertad, entre la ética y la política. Lo sorprendente es la indiferencia ante lo que es central en el relato y que provoca la reacción del Inquisidor. Me refiero a la resurrección de una niña de siete años que Jesús devuelve a la vida con las mismas palabras que en su paso por Judea empleara para librar de la muerte a la hija de Jairo: thalita kumi (levántate, niña). Ese hecho es el que conmueve a la multitud, hace que reconozcan a Jesús como único autor posible, y, consecuentemente, ponga en guardia al Gran Inquisidor de Sevilla.

8/8/21

La muerte de los españoles o las sinrazones de su malvivencia

            La muerte es la hora de la verdad. Este dicho taurino no es más que la expresión de una tradición hispana que ha considerado el momento de la muerte como el tribunal que dictaba sentencia definitiva sobre el cara o cruz de la vida. Pero no es el Padre Eterno de la creencia religiosa quien pronuncia el veredicto. Son los caciques de cada casta los encargados de velar para que cada guerrero ocupe su definitiva morada. Y así, en torno a la tumba de cada español, se ha representado, con la hondura trágica que da la autoridad de la muerte, el drama de la malvivencia entre españoles.

          José Jiménez Lozano ha rehecho la historia de España recogiendo los gritos y clamores de las tumbas. Ha hecho un libro extraordinario, logrando una profunda interpretación de los aspectos más misteriosos de nuestro destino. No es un libro histórico, aunque cada juicio esté avalado por una científica investigación histórica. Ni es un libro político, si bien en pocos estudios aparecen señalados tan bien como aquí los claroscuros de nuestra sociedad. Es una reflexión filosófica sobre la verdadera historia del pueblo español.

23/4/20

“Apocalipsis de lo humano. Tiempo de salvación”


1. Para poder hablar “del hombre que viene” conviene no perder de vista el hombre que hemos querido ser. Ese ser humano viene de lejos y se ha ido construyendo al hilo de la pregunta “Si esto es un hombre”, es decir, al hilo de la pregunta que surgía una y otra vez de la situación real del hombre. Esa pregunta da, ciertamente, título al libro de memorias de Primo Levi, pero coincide también con la que un fraile dominico, Antón Montesinos, se hizo en La Española al denunciar proféticamente, un cuarto domingo de Adviento de 1511, los atropellos de los conquistadores para con los indígenas –“¿Éstos, acaso no son hombres?”. Y es la también la del “servidor doliente” del Segundo Isaías. Hubo una respuesta a esta pregunta, la que dio Pilatos, cuando, mostrando a ese ser de dolores que era un Jesús martirizado, sentenció “Éste es el hombre”. Un filósofo francés, Jean Luc Nancy, ha denominado esta singular investigación sobre el hombre de ecceitas. Digo que es una antropología singular porque se hace en torno al sufrimiento real del hombre que si, por un lado, cuestiona la humanidad de los que causan sufrimiento, apunta como respuesta a la inhumanidad de los ofensores, el sufrimiento del ofendido.

            Lo que me interesa señalar desde el principio es que este hilo parece haberse roto. La violencia del ofensor no plantea preguntas así como tampoco el sufrimiento del inocente. Consecuentemente se ha decretado la muerte del hombre.

31/12/17

Vida antes de la muerte

            El calendario litúrgico es el último refugio de asuntos transcendentales, barridos de la agenda cultural que domina nuestras vidas sea porque no son rentables o porque desasosiegan o porque no tienen clara respuesta. Por ejemplo, la muerte que vuelve a nuestras vidas cada año en el Día de Difuntos.

            La muerte es un tema favorito de las religiones a juzgar por el colorido de sus respuestas, todas ellas consoladoras. La tradición judeocristiana, que es la que ha dominado en Occidente, también habla de la muerte pero para afirmar la vida. Pone el acento en el derecho a vivir la vida; esta vida antes de la muerte, se entiende. Y esa es una gran novedad porque no la degrada a valle de lágrimas ni a mero tránsito hacia otra vida mejor. Cuando los evangelios hablan de la muerte de Lázaro, por ejemplo, lo que se pone de manifiesto es la importancia de la vida. Es verdad que en los funerales nos presentan ese episodio como un aval de la resurrección pero, si bien se mira, sería una resurrección de cortos vuelos porque Lázaro volvió a morir con lo que su resurrección sería de poca monta. Lo que se quiere dar a entender, más bien, es la alegría de vivir.

11/12/16

La política no lo es todo

            El gesto de Pablo Iglesias, saliéndose con los suyos del Congreso de los Diputados para  no sumarse al minuto de silencio por Rita Barberá alegando que no quería participar en “un homenaje político de alguien cuya trayectoria está marcada por la corrupción”, ha sido recibido con sonoros pitos (y algunos aplausos). El peligro de tanto ruido, sin embargo, es que pase desapercibido lo esencial, esto es, el alcance de la distinción entre lo público y lo privado.

            Quien hoy visite el campo de exterminio de Auschwitz podrá divisar, entre los pabellones de mujeres, hileras de tazas de váteres expuestas a la luz del día y a la mirada de todos. Era así entonces y estaba hecho con la idea de enseñar a los deportados que no había lugar para la privacidad porque lo privado era público. Nada debía escapar al panóptico del campo porque toda la existencia pertenecía a los carceleros. Se moría cuando ellos lo decretaban y casos hay de enfermos que fueron curados para que no se murieran y, ya sanos, pasaron sin más a las cámaras de gas. Lo que caracteriza al totalitarismo es precisamente que todo lo privado es público.

22/3/16

La muerte de Sócrates o cuando la virtud es delito

            El teatro de Mérida ha invitado a Sócrates a subir al escenario para someter al público de este siglo XXI las razones de su condena. Platón ha recogido en un trepidante diálogo, titulado Apología, la autodefensa de ese gran ciudadano ateniense, condenado hace veinticinco siglo por los notables de la ciudad.

            La razón por la que, a lo largo de los siglos, hacemos hablar a Sócrates es porque estamos convencidos de que hay en todo este proceso una lección política que merece ser conocida y transmitida. Pero no es de política de lo que aquí se trata sino de algo más serio.