Desde que el Rey pidiera en su
mensaje navideño "rigor, seriedad y ejemplaridad ente quienes representan
las instituciones", se ha repetido por cabañas y palacios el deber de dar
ejemplo. Parece algo tan obvio que habría que preguntarse por qué suena tan
nuevo. Lo que ha pasado en los últimos decenios es que al político se le medía
por sus éxitos o, al menos, por su eficacia, sin preocuparse mucho de cómo
vivía o cómo lo hacía. Los políticos españoles
seguían la senda del francés Bernard Mandeville, el autor de un libro cuyo subtitulo
era ya una declaración de principios: "Los vicios privados hacen la
prosperidad pública".
No parece, sin embargo, que los
vicios privados y el saltarse a la torera la normas públicas hayan contribuido
a la prosperidad general a juzgar por la crisis que padecemos. Lo que sí han
traído consigo han sido muchos casos de corrupción que han generado fortunas
sospechosas al precio de vaciar las arcas públicas. El caso de Berlusconi es harto ilustrativo. Sus votantes celebraron
durante años sus vicios privados pensando que lo importante era la buena salud
de las cuentas públicas. Hasta que el famoso mercado le echó del poder porque
todo ese ajetreo orgiástico lo que estaba produciendo era la ruina del país.