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12/8/25

El estigma del moro

             Cada pueblo expresa la intolerancia a su modo. Los hay que ponen debajo de la escala social al negro o al judío. Para el español medio ese lugar de deshonor lo ocupa el moro, siempre que sea pobre. Los ultras se movilizan con la simple asociación de extranjero con delincuencia, pero lo que encuentra eco en la sociedad española es la vieja sospecha del moro como peligro para la integridad o identidad española.

             Esta animadversión viene de antiguo sin que nunca haya perdido actualidad. Hace un cuarto de siglo, cuando la estampida de El Ejido, se puso en evidencia la xenofobia latente en buena parte del imaginario español. Por supuesto que se necesitaba y empleaba al emigrante, con o sin papeles, pero no se le toleraba que saliera de su zona de trabajo y se pasearan por el pueblo como uno más. El entonces Ministro de Exteriores, Abel Matutes, dio la clave de la situación al decir sin inmutarse que “para el Estado, el emigrante sin papeles no existe”. Ese político, que era también un exitoso empresario, bien sabía que el emigrante sin papeles existía puesto que era el que trabajaba en los invernaderos del sur y levante español o servía en alguno de sus hoteles, pero sólo existía como mano de obra, no como cabeza y corazón de una persona, es decir, no como sujeto humano. Tenía derecho a trabajar y a recibir el jornal que se le diera, pero no a formar parte de la ciudad. Como los deportados en un campo de concentración, tenían que ser invisibles para los de fuera.

21/7/21

Francisco Portales, un maestro de la República “desparecido”. Homenaje y polémica*

            Quiero dar las gracias a la familia Portales y demás organizadores del acto por la invitación a expresar en voz alta los sentimientos  que seguramente compartimos.

            Este homenaje es un acto de justicia que debemos a la víctima de la violencia franquista y también es un acto cívico con su correspondiente significación política y moral.

            Es, en primer lugar, un acto de justicia que debemos a alguien que, siendo inocente, fue tratado como un delincuente, condenado a la edad de 69 años a 12 años de cárcel.

            Francisco Portales era un maestro de la República, condenado por ser leal, muerto por enseñar a leer (su muerte fue el resultado de una paliza en la cárcel por enseñar a leer a otros presos), y todavía desaparecido por incuria del Estado.

            Se suele decir que la Segunda República era una "república de maestros" por la importancia que se dio a la educación, de ahí la  extrema represión del cuerpo de maestros por el régimen franquista.