21/7/21

Francisco Portales, un maestro de la República “desparecido”. Homenaje y polémica*

            Quiero dar las gracias a la familia Portales y demás organizadores del acto por la invitación a expresar en voz alta los sentimientos  que seguramente compartimos.

            Este homenaje es un acto de justicia que debemos a la víctima de la violencia franquista y también es un acto cívico con su correspondiente significación política y moral.

            Es, en primer lugar, un acto de justicia que debemos a alguien que, siendo inocente, fue tratado como un delincuente, condenado a la edad de 69 años a 12 años de cárcel.

            Francisco Portales era un maestro de la República, condenado por ser leal, muerto por enseñar a leer (su muerte fue el resultado de una paliza en la cárcel por enseñar a leer a otros presos), y todavía desaparecido por incuria del Estado.

            Se suele decir que la Segunda República era una "república de maestros" por la importancia que se dio a la educación, de ahí la  extrema represión del cuerpo de maestros por el régimen franquista.

            Este acto de justicia se substancia en la  modesta expresión por nuestra parte que proclama que él era inocente y sus jueces, culpables. El alevoso juicio que le condenó  tiene su parangón con el que condenó a otro inocente, Sócrates, por educar moralmente a los jóvenes. Y aquí también vale lo que Sócrates dijo al oír la sentencia: "yo salgo de aquí, condenado a muerte; pero vosotros, jueces, condenados por la verdad".

            A Primo Levi le preguntaron los que les escuchaban dar testimonio de sus sufrimientos en un campo de exterminio que qué podían hacer. Y les respondió diciendo "los jueces sois vosotros". Esa respuesta vale para nosotros los que aquí acompañamos a los familiares de esta tragedia. Nosotros también podemos impartir justicia aunque sea bajo la modesta forma de mantener viva la memoria de la injusticia. Es una forma modesta de justicia porque se refiere a daños irreparables. Pero es la condición para exigir de la justicia que repare lo reparable, algo que seguimos esperando porque ni la práctica política, ni la actuación de los jueces, ni las leyes existentes, dan para ello.

            Pero es también un acto cívico con significación política. Decía José Jiménez Lozano que la calidad de la convivencia entre los vivos depende del respeto hacia los muertos. Si queremos, en efecto, que la historia no se repita, tenemos que asumir nuestras responsabilidades como herederos de los que entonces se combatieron.

          Esa responsabilidad que nos incumbe pasa por reconocer lo que significa el concepto de memoria de las víctimas. Esta memoria es muy singular pues no incita a la repetición, como suele hacer el recuerdo, sino al nunca más: que no se repita el pasado. La memoria no puede ser, por eso, un arma arrojadiza que prolongue el pasado. La memoria es mansa porque nos invita a deponer el espíritu de confrontación que nos llevó a la guerra. La memoria es justa pero no beligerante.

            No encuentro mejor manera de expresar el sentido de la memoria que recurriendo al discurso de Manuel Azaña del 18 de julio de 1938. Pensaba en nosotros, en los españoles que nacerían y vivirían después de la guerra. Nos pedía que, para no reproducir  el sinsentido de la guerra, escucháramos el mensaje que nos mandaban los muertos y que él resumía en tres palabras "paz, piedad, perdón". Nos desean la paz y no la guerra. Y, para lograrlo, el camino es, por un lado, la piedad que consiste, como se dijeron Rabin y Arafat cuando sellaron unos acuerdos de paz, "pensar primero en los sufrimientos del otro", y, por otro, el perdón. No se trata de eximir de responsabilidades ni de frivolizar el golpe de Estado, sino de reconocer que si no supimos resolver pacíficamente los problemas de convivencia, algo hicimos mal. No todo es culpa del otro.

            Hoy domina en España un clima de crispación excesivo: tomamos al rival por un enemigo; consideramos la disidencia ideológica como una injuria; hemos convertido el inevitable conflicto en un campo de batalla. Ojalá entendiéramos el mensaje que nos mandan los muertos quienes, precisaba Azaña, nos hablan desde sus tumbas "ya sin odio ni rencor": paz, piedad, perdón. Muchas gracias.


Reyes Mate (*Palabras pronunciada en el homenaje a Francisco Portales, maestro desde 1889 hasta su muerte, en 1941, en la Nueva Cárcel de Valladolid, donde cumplía condena por "auxilio a la rebelión militar", dictada por un tribunal golpista. El acto tuvo lugar en El Cementerio de El Carmen, de Valladolid, el día 3 de julio del 2021)

 

N.B.

            Estas palabras fueron inmediatamente criticadas por la representante de la CNT que habló después. Recordó que Francisco Portales "no era un maestro republicano" (yo había dicho que era un "maestro de la República", teniendo en cuenta el matiz) sino un "maestro anarquista". Quiso dejar bien claro que para la CNT la República no era su modelo sino un peaje para su revolución social. Tampoco se sentía expresada con las palabras de Manuel Azaña porque  la memoria es "justicia, verdad, reparación y no repetición". La invitación al  perdón o a la reconciliación sería pues ajena a su concepción de la memoria. Acabó su intervención diciendo que no había dicho nada de lo que tenía escrito porque entendió que era más importante distanciarse de las ideas que yo había expxuesto.

            Me preocupó la intervención pero no porque se recordaran ideales anarquistas o la postura de la CNT durante la II República y durante la guerra, sino por el mal uso del concepto de memoria. Las palabras tienen su significado que hay que respetar. Y la palabra memoria tiene unos contenidos, muy ligados a la elaboración del pasado que viene de Auschwitz, que hay que tener en cuenta. Esa elaboración ha contribuido, como nadie, a relacionar memoria con justicia. La memoria es justicia: es verdad. Pero es también mucho más que eso: la memoria es sobretodo "nunca más", superación del pasado. Y esa superación obliga a poner en funcionamientos mecanismos que no son estrictamente del orden de la justicia. Son mecanismos morales, críticos y autocríticos, así como psicológicos y sociales, que tienen que ver con lo que decía Azaña.

            Hay otro equívoco que habría que aclarar: la significación de la víctima, es decir, de Francisco Portales, no la encontramos en última instancia en los ideales que defendió Francisco (digamos, el anarquismo) ni en las ideologías de los jueces que le asesinaron (digamos, el fascismo), sino en el hecho de, siendo inocente, haber sino asesinado, es decir, siendo inocente haber sido objeto de una violencia inmerecida. Eso es lo que le convierte en víctima. Eso es lo que explica que haya víctimas en un campo y en otro. Eso es lo explica que tan víctima sea la monja de clausura asesinada por cualquier anarquista como el maestro anarquista asesinado por ser un buen maestro anarquista. Esto no significa que el anarquismo valga lo mismo que el fascismo. Lo que se quiere decir es que ese debate ideológico se dirime en otra ventanilla. Cuando hablamos de víctimas, el tema ideológico es secundario (no irrelevante): lo importante es la relación vida-violencia.

            Las víctimas políticas no deberían ser rehenes ni de los partidos a los que pertenecieron ni de los ideales de los que les recuerdan. Tienen significación en sí mismas y por sí mismas.