1. La transición política española se hizo bajo el signo del olvido o, mejor, de “echar al olvido” pues no se trataba de un olvido involuntario sino querido. Lo que se quería dar a entender con esa expresión es que se rechazaba dar significación política al pasado. Paz por olvido que es, según Slomo BenAmi, la fórmula más exitosa en casos de transición de sistemas dictatoriales a democráticos.
La reforma en cuestión suponía una convergencia de fuerzas franquistas con las de la oposición antifranquista. Lo que permitió soldar tanta diversidad de origen fue un “espíritu de consenso” que para unos supuso renunciar a la continuidad del franquismo y, para otros, el restablecimiento de la República. Aquella transición que, gracias al olvido, consiguió una Constitución que votaron franquistas y comunistas, socialistas y liberales, católicos y laicos, castellanos y vascos o catalanes, fue festejada durante un tiempo como modélica hasta que apareció la figura de la justicia transicional, en las transiciones del Cono Sur.
Pero, por lo que respecta a España sólo ETA, que siguió matando en democracia como lo hizo en la dictadura, estaba en contra, y, también, los militares, a juzgar por la asonada del 23 F del año 1981. También habría que tener en cuenta a ciertos sectores intelectuales que expresaron su malestar con el término “desencanto”. Para ellos lo que en realidad sucedió estaba lejos de lo que se esperaba, de ahí su disidencia.
2. Lo que me parece interesante del escrito de A. G. Santesmases es que fija el momento en el que se cuartea el famoso consenso de la transición. Lo sitúa en el primer Gobierno de Aznar. El Partido Popular había ganado las elecciones de 1996 y gobernaba con el apoyo de los nacionalistas vascos y catalanes. Todo iba como la seda hasta que el Gobierno pierde una votación en el Congreso relativa a una proposición no de ley sobre las humanidades y, más concretamente, sobre la enseñanza de la historia. A esas alturas ya había una cierta alarma social sobre cómo se estaba enseñando la historia. Artículos, por ejemplo de Mikel Azurmendi, Jon Juaristi o Juan Aranzadi, habían alertado sobre la carga mitológica de la historia que se enseñaba en las ikastolas vascas. En las historias que se contaban por doquier dominaba la tesis de Renan cuando decía “no hay pueblo que se precie que no se invente su pasado”. Eso inquietaba a los nacionalistas españoles que también querían su historia y querían imponerla. Mal asunto para el consenso que se había construido sobre el olvido del pasado. Ese había funcionado hasta cierto punto, es decir, como olvido moral del pasado, en el sentido de que se estaba de acuerdo en rechazar cualquier responsabilidad penal derivada del pasado. Pero lo que no se podía evitar es que el pasado se colara en las construcciones históricas, sobre todo, en las destinadas a ejercer en los centros educativos.
Habría que relacionar la alarma social que provocó la enseñanza de la historia con la salida del armario del intelectual conservador. El franquismo había fabricado un tipo de intelectual de derechas que quedó desacreditado con la llegada de la democracia. Nadie se tomaba en serio a Ricardo de la Cierva o a Fernández de la Mora. Lo que se impuso fue un tipo de intelectual moderno, progresista, entre socialdemócrata y europeísta, bien representado por quien firmara en el diario El País. Desde un punto de vista cultural El País fagocitó todo: acabó con las revistas culturales que tanto juego habían dado hasta entonces e impuso un modelo de intelectual.
El problema es que en El País no cabía todo el mundo. No se sentían a gusto liberales conservadores como Julián Marías, que acabó yéndose al ABC, pero tampoco marxistas críticos, como Manuel Sacristán. La ruptura del consenso y el amparo del Gobierno de Aznar sirvió o coincidió con la revisión del modelo del intelectual. Apareció entonces otro, más auténticamente español, que incorporaba sin complejos la tradición conservadora pero también la liberal. Recuerdo una conversación con el historiador Guillermo Cortázar, intelectual influyente y cercano a Aznar. Yo había propuesto a la Fundación Caja Madrid la creación de una colección de obras completas de clásicos del pensamiento español (soñando con una Pléiade a la española). Esa colección, editada por Anthropos, tenía entre sus primeros títulos obras de Fernando de los Ríos, Joaquín Xirau, pero también de García Morente (en lista de espera estaban las obras completas de Américo Castro o del propio Unamuno), es decir, obras de autores modernos. Cortázar me hizo saber que había que variar el rumbo y hacer un sitio al pensamiento conservador. Me propuso para empezar publicar las obras de un pensador para mi perfectamente desconocido, Nicomedes Díaz Pastor, conocido al parecer como sainetero, aunque había sido parlamentario. Se rescataba pues al pensamiento conservador pero también al liberal. No pasó desapercibida la reivindicación, por parte de Aznar en una visita a México, de Manuel Azaña o de Max Aub en la Residencia de Estudiantes. Si hasta ese momento el modelo de intelectual lo encarnaba Aranguren, Tierno o Pradera, el de ahora sería Eugenio Trías, Gustavo Bueno, Gabriel Albiac o José Luis Villacañas que pasó a formar parte del equipo de Eduardo Zaplana, en Valencia, empeñado, según Agustín Andreu que también le acompañó en la aventura, en convertirse “en el Ortega de la derecha” (caso aparte es el de Fernando Savater que pasó sin desenfado de un modelo al otro).
Al repasar ese momento caigo en la cuenta de que el Instituto de Filosofía se encontró sin quererlo en la encrucijada de aquellos acontecimientos. Cuando el PSOE llega al gobierno en 1982, el CSIC era un territorio problemático. Uno de esos problemas consistía en qué hacer con varios Institutos de Humanidades, creados para suministrar combustible ideológico al franquismo, que estaban sin pulso académico. Uno de ellos era el de filosofía, el Instituto Luis Vives, que como varios otros fue suprimido. Al cabo de un tiempo se decidió crear uno nuevo, sin conexión alguna con el anterior, que pudiera libremente abrir líneas modernas de investigación. Así nació el Instituto de Filosofía que en pocos años alcanzó un indiscutible reconocimiento en España y en Iberoamérica. De esto tomamos conciencian cuando llegó el Partido Popular al poder en 1996. Desde el Ministerio de Educación, dirigido por Esperanza Aguirre y desde el CSIC, dirigido por César Nombela, se nos hizo saber que el Instituto representaba un problema. Se pensó en un primer momento suprimirle, luego imponer un director de su confianza (que según pude saber era Fernando Savater), pero que al declinar éste se optó por crear una comisión científica que tutelara todas sus actividades. Esta comisión de control ideológico, presidida por Eugenio Trías, debió de importarles mucho porque vino a formalizarla al CSIC el mismísimo Ministro de Educación, a la sazón Mariano Rajoy, tan poco dado a salir de su confort. Tuvo poca vida aunque sí dejó alguna huella. Eugenio Trías presidió un tribunal para una plaza de Titular de Investigación, por la que estaba muy interesado la Moncloa, que se adjudicó a José Luis González Quirós que llegó siendo asesor de Aznar y salió como fundador de Vox, del que llegó a ser Presidente interino.
Más allá de la pequeña historia, la pregunta es por qué esa inquina contra un Instituto menor. La respuesta me la dio Patricio Peñalver, que compartía la necesidad de encauzar el rumbo del Instituto, al decirme que porque era “felipista, polanquista y habermasista”. El felipismo debía encarnar la modernidad como ideal; el polanquismo, El País como expresión de la intelectualidad; lo de Habermas es más difícil de interpretar a no ser la querencia a corrientes alemanas que postergan las nacionales. Lo de menos es si eso se correspondía con la realidad; lo que pesó era la imagen que se tenía del Instituto que era la misma que había que contrarrestar. Mientras esto ocurría por arriba, en ese Instituto se desarrollaba un discreto trabajo sobre el sentido epistémico, moral y político de la memoria.
El Aznarato, que había venido para quedarse, duró ocho años por la torpeza del Gobierno del Partido Popular al empeñarse en endosar interesadamente el atentado del 11 M del 2004 a ETA. En ese año J.L. Rodríguez Zapatero, el candidato del PSOE, ganó las elecciones. El Gobierno socialista supuso lógicamente un cambio pero en lo que a nuestro tema respecta, el Presidente Zapatero ahondó en la disidencia al abrir algunos temas que había sido tabús para la transición, a saber, el de la memoria y la cuestión territorial (sobre todo catalana). Ese Gobierno propicia, en efecto, la mal llamada “Ley de la Memoria Histórica”, del 2008, y, a su estela, leyes de memoria histórica en varias comunidades autonómicas.
3. El problema de esta memoria es que es una forma de olvido. Ya hemos visto cómo, para la derecha y los nacionalismos, el pasado es un arsenal del que se puede disponer arbitrariamente para reforzar políticas del presente. Para la izquierda, la memoria es de la República. Es la respuesta al olvido de las víctimas republicanas, durante la guerra y la posguerra, que exigen reparación de lo reparable y memoria de lo irreparable.
¿Por qué digo que esta memoria es una forma de olvido? Porque no hay duelo, una experiencia fundamental para crear las bases de un nuevo tiempo, verdadero objetivo de la memoria.
Hablemos del duelo. Tomo como modelo de duelo la tesis de Alexander y Margarette Mitcherlich en su libro La incapacidad para el duelo. El libro escrito en 1967, veintidós años después del fin de la guerra, habla de los alemanes para decir que por no haber hecho duelo siguen siendo iguales. El duelo consiste en la elaboración del trauma que supone la pérdida de un ser querido. En ese caso, el ser querido era Hitler, el líder con el que todos se identificaron, secundaron y amaron, pero del que se desentendieron cuando fue derrotado. En lugar de enfrentarse a la realidad de lo que Hitler hizo y ellos compartieron, le abandonaron, se desprendieron de él para ahorrarse el trabajo de asumir sus responsabilidades.
La incapacidad de los alemanes para el duelo se expresa en el negacionismo político (nadie era hitleriano) y moral (desechar los sentimientos de culpa y vergüenza). Lo que hicieron, en vez de eso, fue identificarse con los vencedores, declarándose los mejores y más fiables amigos de los americanos. Pero sobre todo buscaron en el “milagro alemán” su nueva identidad. Exhibían como rasgo identitario su capacidad económica para lograr reconocimiento por parte de los demás.
Los autores del libro recomiendan no perder de vista el objetivo del duelo: no pretende evidentemente restaurar la realidad perdida (Hitler está muerto), sino superar el pasado (dejarle atrás, desligarse de él), pero no negándole o ignorándole, sino cambiándose, mejorándose, liberando energías para mejores causas, para causas que no prosigan las que causaron el desastre sino otras que mejoren la sociedad.
La conclusión de los autores es que si el trabajo de duelo no tiene lugar, los alemanes seguirán siendo iguales: igual de autoritarios (de ahí la necesidad de la figura paternal de Adenauer), igual de antisemitas, igual de anticomunistas o anticapitalistas, xenófobos, supremacistas. Citan como prueba de estas persistencias, el caso de Willi Brandt que pudo ganar las elecciones de 1975 pero perdió porque le sacaron a última hora su “traición” durante la guerra porque combatió desde Noruega contra la Alemania nazi. Lo que era objetivamente un mérito le llevó a la derrota electoral.
Salvatis salvandis, bien puede decirse que en España tampoco hubo duelo. No lo hicieron los franquistas cuando Franco murió porque creyeron que el franquismo había logrado el milagro de la autotranscendencia pues un régimen dictatorial y filofascista había mutado en democrático, al menos, en larva democrática. Los herederos de los que quisieron extirpar todo resto republicano se enorgullecían de haber traído la democracia. ¡Como para hacer duelo! Pero tampoco los herederos de la República lo han hecho. Hoy se idealiza más bien la República (algunos llegan a decir que la memoria de la II República es una llamada a la III) sin apenas conciencia de responsabilidad. Estamos lejos del Manuel Azaña que, dirigiéndose a las generaciones futuras (a nosotros), nos decía que si queremos la paz tenemos que cambiar de sentimientos y reconocer que no supimos hacer bien las cosas pues no fuimos capaces de resolver pacíficamente los problemas de convivencia. Lo de “paz, piedad, perdón” no parece estar en la agenda política de la izquierda. También se echa de menos al Semprún cuerdo (quiero decir al que recobró la memoria y volvió en sí, según el mismo decía) que ubicaba las bases de una democracia por venir en la reflexión crítica sobre el pasado fascista y estalinista. No conozco ningún planteamiento de la memoria republicana que recoja el guante. Tampoco se lleva el Semprún que desplaza el lugar de la política del Estado a Europa. Seguimos siendo preferentemente nacionalistas. No hay duelo. Y si no hay duelo tampoco memoria.
4. Y ahora ¿en qué momento nos encontramos? Lejos de una transición que se hizo bajo el signo del olvido. El pasado se está colando por todos los rincones sin que eso significa propiamente que haya memoria. Tenemos, por el lado de la derecha, un discurso político condicionado por un horizonte nacionalista castizo, entendiendo lo de casta en el sentido de Américo Castro y no de Pablo Iglesias. Lo que quiero decir es que la España en la que piensan tiene componentes étnicos que remiten a lo que Castro llamaba “casta cristiana”, incluyendo en ello un determinado tipo de sangre (ni judía, ni morisca), de lengua (ni el árabe ni el hebreo), de religión (sólo la cristiana), de profesión (la medicina bajo sospecha), de costumbre (guisar el cocido con morcilla o no) etc. Para esta derecha no son ciudadanos todos los españoles sino sólo algunos. Llevan en el principio de identidad el de la exclusión. También es esta España una empresa que para cumplir sus objetivos tiene que ser competitiva y eso afecta a la distribución de recursos: no se les puede malgastar con dádivas a los emigrantes, por ejemplo.
La izquierda orienta por su parte el debate político en torno a la gobernabilidad de un país complejo pero partiendo también de que esta sociedad conforma un país, España, con rasgos étnicos y empresariales que hay que poder gestionar. Es su gestión lo que es diferenciador ya que, en lo que respecta a los rasgos étnicos, lo que propone es reconocer sus diferencias y hacerlas cohabitables en una propuesta de tipo federal. También España es una empresa pero al servicio de una distribución equitativa que admite un trato más compasivo del extranjero.
Lo que pasa es que ese horizonte nacional absorbe y distrae muchas energías que serían necesarias invertir en la respuesta a los verdaderos retos políticos de nuestro tiempo: la crisis ecológica y la migración. La magnitud de esos retos se explica porque uno y otro son el resultado de un modo de producción que genera beneficios en base al expolio de la naturaleza y la reducción de una buena parte del antiguo trabajador en personal de más o, como ahora se dice, sobrante. Hacerles frente supone cuestionar el modo de producción (el capitalismo) y la forma de convivencia (la polis). En el debate nacional estos temas son secundarios y los domésticos, los primarios
5. Volvamos al principio. El título de este comunicación era “Banalización del pasado de la dictadura/nacionalsocialismo: memoria y autoritarismo”. Se preguntaba por la relación entre olvido y autoritarismo. Se suele decir que se hizo lo que se pudo, habida cuenta de la relación de fuerzas en aquel momento. Pero lo que no se ha hecho ha sido duelo cuando se ha podido. Esa no asunción de responsabilidades por el pasado luctuoso no ha impedido al pasado hacerse presente, convocado esta vez por razones distintas a las de la memoria: para legitimar una determinada visión de España, en un caso; para hacer justicia a ciertas víctimas, en otro. Ahora bien, si por memoria entendemos, como debería ser, el “nunca más”, habrá olvido mientras no creemos condiciones de novedad. Mientras no generemos nuevas condiciones materiales, el malestar o la frustración presente reproducirá el esquema del antisemitismo, es decir, la búsqueda, por parte del individuo-masa que se siente perdido, de un refugio donde sentirse protegido (un refugio construido no sobre roca sino sobre un chivo expiatorio que si en un tiempo fue el judío, ahora lo es el emigrante).
Jordi Maiso se pregunta en su libro, Desde la vida dañada, por qué tanta gente que vive en una sociedad fuertemente desencantada o secularizada, busca refugio en columnas astrológicas. Seguramente por la misma razón que individuos necesitados, que viven bajo el miedo y la precariedad, prefieren hablar de la patria en vez de justicia. Y es que, como él dice, “el autoritarismo supone la emergencia de un tipo de sociedad crecientemente total que tiende a producir disposiciones subjetivas acordes con su demanda”. El secreto de que una sociedad tan administrada como la nuestra funcione como un reloj reside en el hecho de que los individuos han asumido ser una pieza de la gran maquinaria. Sólo saldremos de ésta si somos capaces de levantar la alfombra y ver todo coste humano y social de ese mecanismo. Y esa mirada, dotada de rayos ultravioletas capaces de ver lo que la apariencia oculta, es la memoria.
Antonio G. Santesmases lamenta que como marxista no haya estado más atento a la memoria de la República. Yo me pregunto si no se está imponiendo una memoria de la República que olvida lo esencial: volver a aquel acontecimiento para pensar de nuevo, es decir, de una forma crítica, una forma de convivencia que evite lo que entonces ocurrió. Esa es la tarea del “deber de memoria”: re-pensar todo, también la política, partiendo de la experiencia vivida de la barbarie. Eso no es fácil ciertamente. Walter Benjamin daba una pista de esa dificultad al sugerir que habría que empezar por revisar la columna vertebral de la modernidad: el progreso. El progreso, joya de la corona de la mentalidad moderna, era para Benjamin el problema porque “progreso y fascismo coinciden”. Bajo el epígrafe de “progreso” se esconden dos figuras que siguen intactas, “el Estado” y “el capitalismo”: las condiciones de un nuevo tiempo dependen de la revisión crítica del sistema político que representa el Estado y del sistema económico que representa el capitalismo. Por algo añadía el mayor detective de la memoria que “recordar es peligroso”.
Reyes Mate (Intervención en el Simposio Internacional “El Centro y su extremismo. De la crisis de las clases medias al auge del autoritarismo”, Instituto de Filosofía, 16 y 17 de octubre 2023)