2/5/26

La Resurrección, un tema de conversación

            La Semana Santa es una buena ocasión para volver sobre la leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski. La sitúa en Sevilla hace cinco siglos pero podía haber sido en Valladolid. Como de costumbre van a celebrar estos días con un Auto de Fe en el que serán quemados cien herejes. Entre la multitud se mezcla el mismísimo Jesús que no viene precisamente para festejar la masacre. El Inquisidor se percata de su presencia, le manda prender, le reprocha que vuelva para desautorizar lo que hace la Iglesia, y corona su perorata con una espeluznante sentencia: “mañana, a una orden mía, arderás en la hoguera”. Se podría hacer una enciclopedia con las reacciones que han hecho lectores de todas las latitudes a esta historia que es, en el fondo, la de la tensión insuperable entre el pan y la libertad, entre la ética y la política. Lo sorprendente es la indiferencia ante lo que es central en el relato y que provoca la reacción del Inquisidor. Me refiero a la resurrección de una niña de siete años que Jesús devuelve a la vida con las mismas palabras que en su paso por Judea empleara para librar de la muerte a la hija de Jairo: thalita kumi (levántate, niña). Ese hecho es el que conmueve a la multitud, hace que reconozcan a Jesús como único autor posible, y, consecuentemente, ponga en guardia al Gran Inquisidor de Sevilla.

            Ese silenciamiento de los comentaristas tiene que ver con el desasosiego que entre cristianos y no cristianos provoca el anuncio de la resurrección. Del cristianismo hay páginas que encuentran fácil acomodo en la mentalidad contemporánea. Temas como el perdón, la compasión, la fraternidad o, como en el relato de Los Hermanos Karamazov, la apuesta por la libertad, son bienvenidos porque o los consideramos virtudes de nuestra cultura o como valores próximos. Esas páginas morales del cristianismo figuran entre las raíces más indiscutibles de Occidente. La cosa cambia cuando pasamos del terreno moral al doctrinario con su creencia, al frente, en la resurrección de los muertos. Es un paso difícil, tan difícil que uno de los grandes teólogos del siglo pasado, Karl Rahner, decía que esa creencia era “el sapo que los creyentes tenían que tragar”, una forma de decir que esa creencia descolgaba a muchos seguidores que empatizaban con la moral cristiana o con la figura de Jesús, pero que, al llegar a este punto, se desentendían del cristianismo porque no querían renunciar a ser racionales. No pensemos que esta reacción es propia de seres como nosotros educados en clave racionalista. Esto viene de antiguo como bien pudo comprobar Pablo de Tarso cuando le invitaron a hablar en Atenas en el Aerópago. Pablo, que era un tipo listo, aprovechó el nicho vacío en el santoral de los ilustres atenienses, destinado a que lo ocupara en su momento “el dios desconocido”, para decirles sin más: “de eso os quiero hablar yo”. El discurso iba bien hasta que mencionó la resurrección de los muertos. Al oírlo, unos se burlaron y los más corteses le despidieron con un “ya te oiremos sobre este particular en otro momento”.

            A las religiones les gusta pintar con colores muy vivos el más allá. Los textos cristianos se alejan de esa tendencia pues lo más plástico que dicen es, en el Apocalipsis, que “ya no habrá más muerte”. Bajo esta sobria afirmación de que la muerte no es la última palabra, lo que yace es una afirmación incondicional de la vida. Esa afirmación ha sido de lo más fecunda en el arte, desde luego, pero también en el pensamiento. Podemos entenderlo si comparamos esta cultura cristiana con otra, como la hitleriana, que se construyó como si Dios hubiera muerto y no resucitado. Uno de sus más famosos ideólogos, Martín Heidegger, definía al hombre como “ser para la muerte”, es decir, como un viviente cuyo último sentido consistía en sacrificarse por la vida de su pueblo. Vivir para morir, pensando que su vida estaba en todo momento a disposición incondicional del Führer. En el extremo opuesto se situaría la voz que emerge del Apocalipsis diciendo que “ya no habrá muerte”. En este caso el hombre es un ser para la vida de suerte que cualquier negación de la vida –bajo la forma de la muerte pero también de la injusticia en esta vida-se convierte en una pregunta que nadie ni nada, incluyendo en ello cualquier explicación del mundo, puede esquivar. Que la muerte no acabe de ser vista como un hecho natural, sino como un acontecimiento interpelante, se debe en buena parte a esta cultura cristiana que se rebela contrae el destino fatal de la muerte. Y esta pregunta de la vida a la muerte vale su peso en oro, aunque no tenga respuesta conocida. El domingo de Resurrección es, pues, además de una fiesta cristiana, un acontecimiento histórico que ha obligado a pensar más y mejor temas tan mundanos como el alcance de la justicia sobre todo de las víctimas o también el futuro de los que lloran y sufren pero no renuncian al anhelo de felicidad. Chesterton decía que la esperanza es irrelevante para los afortunados, pero vital para los infelices. Podríamos añadir que también la vida va de soi mientras disfrutas de buena salud, pero deviene una pregunta, la gran pregunta, cuando es amenazada por algo o alguien que pretende ponerla un punto final.

Reyes Mate (El Norte de Castilla, 5 de abril 2026)