Introducción
1. Hemos analizado el autoritarismo desde múltiples perspectivas: psicológicas, ontológicas, morales, políticas. Cabría otra, más trasversal, como la que representa el nacionalismo entendido como ese élan histórico que lleva a conformar la necesidad de pertenencia en figuras como la polis, el Estado, la nación o la patria que no sólo cuestionan el lugar del mismo (del miembro de la comunidad) sino también la del otro (del extranjero).
A Isaiah Berlin le llamó la atención el hecho de que, en la historia de las ideas modernas, nadie supiera prever la irrupción del nacionalismo. Se esperaban otras ideas y otros debates (que si conflictos entre las Luces y los mitos, que si la lucha entre clases, que si la guerra entre antiguos y modernos…) pero el que se impuso a partir del siglo XIX fue el nacionalismo. Otro tanto ocurrió tras la caída del muro de Berlín. El fin de la guerra fría, que dividió al mundo en dos bloques durante 75 años, debía dar origen a los planteamientos universalistas o globales. Ocurrió eso pero sólo con el dinero. Los pueblos, sin embargo, lo que cultivaron fue el nacionalismo. Algo parecido está ocurriendo hoy cuando la extrema derecha en el mundo está imponiendo la agenda política: el tema estrella, como se ve en el debate en torno a la migración, es la identidad colectiva.