Un fantasma recorre el mundo. No
tiene un nombre claro porque está compuesto de materiales diversos y
contradictorios. Unos le llaman autoritarismo, otros populismo o extrema
derecha. Su exponente más conocido es Donald Trump, el que acaba de secuestrar porque
sí a todo un Presidente de un Estado Soberano, pero sería peligroso reducir el fantasma
al Presidente Estadounidense, como lamentable sería situar todo este movimiento
en un extremo del tablero, en la extrema derecha. Los alemanes, que llevan años
observando este fenómeno, han creado una casilla específica para este fin y la
llaman “estudios del centro”, porque alcanza a las clases medias y afecta a
zonas vitales de la cultura democrática.
En francés, inglés, alemán o
italiano hay cantidad de trabajos serios sobre este escurridizo tema que, en
castellano, queda devaluado, entre tertulianos, a tópicos ruidosos, y, entre
políticos, a munición dialéctica para atacarse.
Lo primero que revelan estos
estudios es la complejidad del asunto por eso hay tantos intentos por
sistematizarle. Los hay, por ejemplo, que lo entienden como una radicalización
de valores conservadores clásicos. Y hay mucho de eso (defensa del orden, de la
propiedad o contra el aborto), pero también de lo contrario a la derecha histórica
(son prosionistas, devotos seguidores del capital financiero mundial y anti
papistas si conviene), sin olvidar que, para muchos de ellos, la segunda opción
en el voto es la extrema izquierda; y, aunque sean racistas, apoyan a las
clases populares más bajas. Otros teóricos ponen en el centro de sus estudios
al nativismo, es decir, privilegian la raza, la sangre o las tradiciones, de
ahí su nacionalismo, sus políticas antiemigratorias y la hostilidad a
instancias políticas internacionales (la Unión Europea o la ONU), lo que no les
impide seguir a ciegas a Trump o apostar por el fortalecimiento de la OTAN. Los
hay finalmente que proponen como mirilla privilegiada para el análisis de esta
derecha radical la estrategia política. No les gusta hablar de economía, del
campo o de la vivienda. Se sienten más cómodos en los llamados debates
culturales, tales como la identidad nacional, la memoria histórica o los
derechos LGTBI. Sus posiciones suelen ser profundamente reaccionarias pero su
tono antiliberal les aleja de la derecha conservadora.
Habría que añadir a este surtido de
materiales la invocación del pasado. Como prueba de su fuerza cultural invocan
a cierta izquierda del siglo pasado que fue al tiempo reaccionaria y
revolucionaria, como el dramaturgo italiano Pier Paolo Passolini, de quien
heredan el elogio de las formas de vida populares, el pavor a la inseguridad
ciudadana o la crítica al elitismo de la izquierda.
Esta amalgama convierte al fantasma
en un ciempiés difícil de combatir. Hay muchos elementos en esta fantasmagoría
que se oponen a la socialdemocracia y a la democracia cristiana o conservadora
(por ejemplo, su talante autoritario y el deseo de minar la cultura
democrática), es decir, PSOE y PP podrían pactar una estrategia común para
defender esos valores, pero no lo hacen porque se fijan en los aspectos que
debilitan más al contrario sin darse cuenta de que a quien benefician es a esa
extrema derecha, por no hablar del odio que van sembrando.
Otra razón que dificulta hacerle
frente es la inoculación de su veneno autoritario en la arterias de los
partidos con los que compite. Me refiero, por ejemplo, a ese cesarismo en los
partidos políticos mayoritarios que arruinó la democracia interna antes de que
llegara Vox; a los recelos hacia Europa que no son sólo de la extrema derecha:
la UE está concebida para que dependa del poder de los Estados y sean estos sus
verdaderos sujetos políticos; en cuanto a la emigración, no nos engañemos: ¿qué
diferencia hay entre expulsar a emigrantes y aceptar sólo a los que
necesitamos? En uno y otro caso lo que cuenta son los intereses nacionales no
la necesidad del otro. Pensemos también en la memoria histórica, una
herramienta que si tanto divide, señal es de que la utilizamos como arma
arrojadiza y no en función de superar el pasado, que sería lo suyo.
Si esta hidra tiene tantas cabezas
no basta cortar una. Hay que dar a Vox la importancia que se merece, que no es
poca, pero deberíamos tomar conciencia de que el problema está dentro y no
fuera de nosotros mismos. Ocurrió ya en tiempo de Hitler, que no fue un genio,
sino que se encontró todo hecho. El trabajo se lo hicieron los intelectuales,
desarrollando en las universidades teorías biogenésicas; o los periodistas, que
recurrieron al amarillismo y a los bulos para aumentar las ventas; o los
políticos, que hartaron al ciudadano multiplicando gratuitamente partidos y
elecciones que no resolvían nada; o las iglesias, que acogieron encantadas las
propuestas antisemitas. Después de lo de Venezuela y ante las amenazas del
autócrata americano contra Groenlandia, Cuba o México, surge la pregunta ¿qué
hacer? Pues tomar conciencia de que somos más débiles militarmente que este
General en Jefe y que, por tanto, puede llevar a cabo sus amenazas. Lo que no
debemos es hacerle el trabajo dando vía libre en nuestra vida al autoritarismo,
algo que, por desgracia, está servido.
Reyes
Mate (El Norte de Castilla, 11 de
enero 2026)