7/6/26

El perdón un gesto gratuito pero no gratis

            Menudean en estos últimos tiempos cartas de prisioneros etarras pidiendo perdón por los crímenes cometidos. No son formularios asépticos sino misivas con un toque personal. La pregunta es si esas cartas son portadoras de autenticidad y, consecuentemente, merecedoras de algún tipo de beneficio penitenciario. La polémica está servida entre quienes defienden la autenticidad y quienes sólo ven un recurso oportunista para mejorar la situación.

            Convendría en cualquier caso detenerse un momento en la figura del perdón porque pudiera ser que no sirve a ningún fin carcelario porque es de otro orden. Es cierto que el perdón, un lugar muy vinculado al cristianismo, se ha convertido en una cita del mundo globalizado. Hasta en Japón, tan alejado de las religiones abrahámicas, el presidente del gobierno ha pedido perdón a Corea y China por sus abusos pasados. Piden perdón las instituciones y sus representantes, los individuos y los Estados con el humanitario propósito de superar momentos traumáticos pasados y dar así un paso hacia la concordia. De tan socorrido, riesgo hay de que no signifique nada.

            Hay pocos conceptos en el vocabulario humano tan resistentes a la lógica, es decir, tan irracionales y carentes de sentido como el poderoso término de perdón. Jacques Derrida, un filósofo judío que reconoce el caché cristiano del concepto, dice que “el perdón es de lo imperdonable”, es decir, no es algo que merezca ser perdonado. No es que esté en contra del perdón. Lo que dice es que éste nunca es merecido ni justificado, ni siquiera cuando lleva consigo la reconciliación de países enfrentados, ni tampoco cuando se le vincula con la redención o salvación de una persona singular. Cuando el perdón sirve para algo, como en estos casos, se puede hablar de contrato o acuerdo, pero no de perdón porque no se perdona por algo sino por nada. El perdón es un gesto gratuito, sin finalidad alguna, que brota de la bondad de una persona sin nada que lo justifique. Al decir que “el perdón es de lo imperdonable” se quiere decir que no se merece ni se “compra” con nada.

            Si el perdón no es la respuesta a ninguna demanda, tampoco al arrepentimiento más sincero, ¿qué decir de estas cartas tan cargadas de intereses prácticos?

            Para empezar habría que separar el perdón de la justicia y, mucho más, del derecho penal. No estuvieron muy afortunados los legisladores cuando en el año 2003 incluyeron “la petición expresa de perdón a las víctimas” para obtener un beneficio carcelario porque eso se puede solventar con un gesto vacío, sin que tampoco se precise si la víctima tiene que otorgarle.

            Santo Tomás decía que “una justicia sin perdón es crueldad, pero un perdón sin justicia sería el caos”. Justicia tiene que haber y, por eso, el perdón no puede connotar impunidad. Pero, cuando se ha aplicado la justicia, surge la pregunta de si la justicia penal alcanza con sus penas y castigos todas las zonas del daño causado. Porque hay zonas del daño (en el agredido y en el agresor), más allá de la justicia penal, que sólo se curan con otro tipo de medicina más relacionada con la justicia restaurativa donde el perdón, por ejemplo, tiene más peso que el castigo. Si se estima que el castigo previsto por la ley para sancionar determinados delitos es excesivo o inapropiado en vistas a la reinserción, habría que buscar forma de corregirlo sin necesidad de exigir la petición de perdón como moneda de cambio, algo a lo que el concepto de perdón no se presta.

            Habría que reservar el lenguaje del perdón para esos aspectos de deshumanización del crimen o del acto dañino que escapan a lo que el derecho penal tipifica como delito. Pensemos en Raskolnikov, el protagonista de Crimen y Castigo de Dostoievski. Mata para demostrar que es un ser superior y lo que descubre es que el muerto es él: al matar se ha deshumanizado, quedando su rehumanización a merced de la autoridad de la víctima y de su perdón. El perdón en ese caso no es un requisito para conseguir el tercer grado, sino la condición para recuperar su humanidad. El perdón se juega en el ámbito más íntimo de la conciencia.

            Aunque el perdón, en sentido propio es un acto íntimo, domina hoy, sin embargo, un significado más político para el que sí se exigen condiciones a aquel que quiera obtenerlo. Gratuito, sí, pero no gratis. Manteniendo la idea de que ningún crimen merece ser perdonado, en el sentido de que ningún criminal puede “comprar” el perdón –por eso si se concede siempre será gratuito- sí podemos decir que si queremos que la elaboración de ese pasado luctuoso contribuya a un futuro mejor o a su no repetición, entonces ese perdón no puede ser gratis, es decir, tiene que cumplir algunas condiciones, a saber, reconocimiento de mal causado, el arrepentimiento, voluntad de reparar…

            Tendríamos, pues, dos formas de perdón: uno gratuito e incondicionado, que se desarrolla en la intimidad de la conciencia entre la víctima y el victimario, y otro, más político, siempre gratuito, pero no gratis. Relacionar el perdón incondicional con el condicionado es oportuno porque no hay que perder nunca de vista que el bienestar de una sociedad posterrorista, como la vasca, no se debe tanto al cambio de los violentos, con ser importante, cuando al don de las víctimas.

Reyes Mate (El Norte de Castilla, 31 de Mayo 2026)