2/4/22

Sobre la banalidad del mal

             La expresión “banalidad del mal”, utilizada por Hanna Arendt al final de Eichmann en Jerusalén, causó gran desconcierto. Prueba de ello es el comentariado malhumorada de un Gershom Sholem lamentando cómo Arendt hubiera cedido a la tentación del lenguaje publicatorio, ella que estaba tan bien encaminada hablando del asunto en términos de “radicalidad del mal”(1). Arendt le contestó con un cierto desparpajo que sí, que “he cambiado de opinión” y por eso ya no habla de mal radical.

             El desconcierto sigue. Y, como prueba, estas recientes palabras de un escritor estadounidense(2): “la evaluación que Arendt hace de Eichmann y sus acciones parece especialmente curiosa. Hijo desclasado de una familia de clase media, que de joven trabajó como vendedor ambulante de fuel, Eichmann ascendió hasta convertirse en un alto funcionario nazi encargado de deportar a los judíos de Europa a los campos de concentración. Pero Arendt parece encontrar siempre una circunstancia que amortigua el hecho. ‘No entró en el Partido por convicción y nunca llegó a convencerse’, escribe. No fue el odio fanático contra los judíos, sino del deseo de progresar lo que impulsó su trabajo como nazi, sostiene. Aunque Eichmann había visitado repetidamente Auschwitz y visto el aparato de exterminio organizado allí, Arendt, señalando que no había participado personalmente en las muertes, insiste en que su papel en la Solución Final ‘se había exagerado excesivamente’. Incluso tiene ocasionalmente palabras benignas para Eichmann, citando pruebas, por ejemplo, de que era ‘bastante amable con sus subordinados’. Ante todo, concluye Arendt, ‘no era un Iago ni un Macbeth. Excepto por una extraordinaria diligencia a la hora de buscar su ascenso personal, no tenía motivación alguna’. Dicha valoración lleva a Arendt a exponer su famosa opinión sobre Eichmann: que representaba la banalidad del mal”. Ahí se ve como el concepto de banalización del mal es tomado por banalización del crimen y del criminal.

             Ahora bien, es en el paso del “mal radical” a la “banalización del mal” donde se opera una profundización filosófica sobre el mal. De ello quisiera hablar, mirando de reojo la reflexión paralela que lleva a cabo Adorno.

15/3/22

Los desastres de la guerra

            Francisco de Goya y Lucientes, después de pintar la heroicidad del pueblo luchando contra la ocupación francesa, nos dejó unos memorables aguafuertes sobre la sinrazón de la guerra. En estos momentos en los que la guerra de Ucrania contra la invasión rusa nos exige tomar posición, es obligado recordar las preguntas que plantea la guerra.

             Goya no se esconde ante la injusticia del invasor, aunque éste, Napoleón, diga hacerlo en nombre de unos ideales revolucionarios con los que aquél, y tantos otros españoles ilustrados, comulgaban. La del pueblo madrileño era una causa justa, por eso se puso del lado del pueblo en armas, pero sin cerrar los ojos ante las miserias que esa guerra generaba. Los trazos firmes de sus dibujos nos invitan a reflexionar sobre las consecuencias existenciales y los dilemas morales que plantean estas catástrofes históricas a sus actores y también a los espectadores. Si Goya es un genio no es porque describa bien lo que vio sino porque desvela preguntas, ocultas en el frenesí de las armas, que nos alcanzan.

26/2/22

El escondite de Anna Frank, al descubierto

             Hace unas semanas corrió como la pólvora por el mundo entero la noticia de que unos desconocidos investigadores americanos habían descubierto que el delator del refugio donde se escondía en Amsterdam la familia de Anna Frank era un judío. La noticia de que el notario hebreo, Arnold van den Bergh, delató a los Frank para salvar a los suyos, se ha revelado inconsistente, pero lo que no carece de consistencia es el morbo internacional que acompañó la noticia. La mala conciencia que había creado la dolorosa historia de Anna Frank, tal y como nos llega desde su diario, encontraba por fin una razón para el relajo. No fue la complicidad de gente como nosotros la que explica aquel horror, sino la traición de los propios judíos. Podemos respirar tranquilos.

24/1/22

El saber sí ocupa lugar

             Científicos solventes nos avisan de que en diez años los humanos circularán tocados con una gorra o una diadema que podrá leer el pensamiento o, si se ponen a ello, meter en el cerebro de cada cual las ideas que les encarguen los que mandan.

             Imagínense lo que pueden hacer esos sensores cerebrales: pueden descifrar lo que hay en el cerebro o llenarle con contenidos de contrabando; pueden activar recuerdos o borrarles o cambiarles. Las ventajas son evidentes: si andamos mal de memoria, la gorra se activará para  poner en nuestra boca el nombre de la persona o del lugar que se nos escapa. No podremos quejarnos ya de ignorancia porque la neurotécnica suministrará los conocimientos que la solicitemos. Los idiomas no serán una barrera, como tampoco la capacidad de cálculo, ni el alcance de la memoria. Lo que la naturaleza no da, lo suplirán esos artefactos que funcionarán  como eficaces asesores técnicos que nos permitirán conocer, memorizar y calcular a todo máquina, y nunca mejor dicho.