11/10/19

El exilio, la verdadera patria


            Hace ochenta años comenzó uno de los exilios más numerosos y dolorosos que haya habido. En la España vencedora no había lugar para los vencidos. Se fueron con un rico patrimonio intelectual, artístico, literario y científico del que se privó a las generaciones de españoles que vinieron después. Este patrimonio, tenazmente negado y perseguido por los vencedores de la Guerra Civil, es lo que en este año está siendo recordado a lo largo y ancho de la geografía española. A finales del septiembre, sin ir más lejos, tendrá lugar en Salamanca un Congreso Internacional bajo el título “El exilio filosófico e intelectual español de 1939 ochenta años después”, que sellará esta voluntad de recuperación.

            Resulta comprensible que el marco de los actos rememorativos sea el del “exilio republicano” ya que republicanos fueron la inmensa mayoría de los que tuvieron que abandonar su país, pero sería un error pensar que exilio y república conforman una unidad indisoluble. La memoria del exilio no conlleva necesariamente una reafirmación de la república. Malgastaríamos el potencial ético y político del exilio si nos quedáramos ahí y no hiciéramos caso a los pocos exiliados que han reflexionado a fondo sobre el alcance de su singular y dolorosa experiencia.

De la vieja izquierda a la nueva derecha


            No todo es franquismo en la extrema derecha. El espectacular éxito en Europa de una derecha integrista que combina xenofobia, negacionismo climático y machismo, no se explica bien invocando sólo rastros del fascismo. Una reciente novela francesa de Edouard Louis, titulada Didier Eribon. Retorno a Reims, ofrece una clave inquietante. El protagonista, hijo de una familia obrera, “comunista de toda la vida”, se pregunta cómo los suyos acaban votando extrema derecha. Si la novela ha tenido tanto éxito es porque en el destino de esa familia “de izquierdas” se ven reflejadas muchas otras francesas, italianas o alemanas que han pasado de un extremo a otro a través de un proceso que tampoco nos es ajeno aquí.

20/8/19

Primo Levi no pasó por Oñate


            Con la discreción que le caracterizó en vida, Primo Levi llama, en el momento de su centenario -nació el 31 de julio de 1919-, la atención en todo el mundo con un mensaje inquietante.

            Levi es conocido mundialmente como el gran testigo de la barbarie nazi. Otros supervivientes, como Imre Kertézs o Elie Wiesel, fueron premios Nobel; los ha habido más famosos y mediáticos, como Ana Frank, pero ningún testigo cuenta con la credibilidad de este judío de origen sefardí nacido en Turín. Lo que cuenta es inapelable y nos lo cuenta sin ira ni rencor, como un modesto testigo que expone ante el tribunal una experiencia para que éste juzgue. Y “los jueces sois vosotros”, dice Levi al lector.

            Lo que hace de Levi un testigo tan actual es que nos pide a cada uno de nosotros que tomemos posición sobre hechos que ocurrieron entonces pero que se pueden repetir. Auschwitz fue un laboratorio de la condición humana donde detectó problemas y conductas que nos acompañan como una sombra invisible.

1/8/19

Franco nos confunde con su tumba


            Franco está consiguiendo desde su tumba nublarnos la mente. Nos hemos enzarzado con la exhumación del dictador cuando el problema es el Valle de los Caídos o, mejor dicho, cómo convertir el Valle de Cuelgamoros (que así se llamaba inicialmente) en un lugar de la memoria.

            Aunque abundan en España lugares con memoria pues son testigos de innumerables sacas o paseos, no hay un solo lugar de la memoria si por ello entendemos espacios de reflexión sobre nuestro pasado cainita. Para que un lugar de muerte se convierta en lugar de la memoria tienen que cruzarse las memorias, es decir, tiene que ser un lugar de memorias compartidas de suerte que el descendiente de un abuelo republicano asesinado por ser un buen maestro socialista, por ejemplo, pueda sentirse interpelado por la monja de clausura asesinada por un fanático anarquista. Sin ese punto de piedad (que consiste en interesarse por el sufrimiento del otro y no sólo del propio) no hay lugar de memoria. Con él, sin embargo, sí puede desencadenarse la reflexión o la experiencia del visitante que le lleve a enfrentarse a las causas del malvivir español del que la Guerra Civil fue, según decía Américo Castro, el último episodio (de momento).