Hace ochenta años comenzó uno de los
exilios más numerosos y dolorosos que haya habido. En la España vencedora no
había lugar para los vencidos. Se fueron con un rico patrimonio intelectual,
artístico, literario y científico del que se privó a las generaciones de
españoles que vinieron después. Este patrimonio, tenazmente negado y perseguido
por los vencedores de la Guerra Civil, es lo que en este año está siendo
recordado a lo largo y ancho de la geografía española. A finales del
septiembre, sin ir más lejos, tendrá lugar en Salamanca un Congreso
Internacional bajo el título “El exilio filosófico e intelectual español de
1939 ochenta años después”, que sellará esta voluntad de recuperación.
Resulta comprensible que el marco de
los actos rememorativos sea el del “exilio republicano” ya que republicanos
fueron la inmensa mayoría de los que tuvieron que abandonar su país, pero sería
un error pensar que exilio y república conforman una unidad indisoluble. La
memoria del exilio no conlleva necesariamente una reafirmación de la república.
Malgastaríamos el potencial ético y político del exilio si nos quedáramos ahí y
no hiciéramos caso a los pocos exiliados que han reflexionado a fondo sobre el
alcance de su singular y dolorosa experiencia.