1. Cuando entré en contacto con el manuscrito de Alejando me acordé de un episodio en la vida de Jorge Semprún. Me refiero al encuentro que tuvo con otro deportado, Elie Wiesel, luego recogido en un librito, Se taire est impossible. Hablaban de sus experiencias en el Lager tan distintas entre sí pues no era lo mismo ser deportado en un campo de exterminio, que era una fábrica de muerte (a donde iban destinados los judíos) que a un campo de concentración, que era un lugar de trabajos forzados (que acogía a opositores políticos, presos de guerra o maleantes). Experiencias diferentes pero lo que me llamó la atención es que ambos coincidían en un punto: nadie quería ser el último en morir porque tendría que asumir la responsabilidad de salvar el mensaje que hasta ese momento había sido desoído.
2. Algo de esto corre por las venas de este libro. Lo escribe su autor porque, dice, “me corresponde en solitario (tomar la palabra) después de que fallecieran mis compañeros que se mantuvieron con vida en 1977”. Se refiere al atentado de Atocha. El, el último sobreviviente, toma la palabra porque siente que tiene algo que decirnos que hasta ahora no ha sido percibido con suficiente claridad. Alejandro ahora, como Semprún y Wiesel antes, hacen un gesto supremo para comunicar el sentido de su experiencia porque algo no se ha entendido.