28/4/21

Llanto por bares sin cofrades

             Pasan por el televisor imágenes de vírgenes y cristos sevillanos varados en sus nichos mientras el locutor comenta compungido lo mal que les está yendo a bares y restaurantes. Otros años, cuando la inclemencia del tiempo impedía salir a La Macarena por las calles para ser aclamada por sus fervorosos seguidores, la noticia era la tristeza del encierro de unos vistosos pasos, mimados por sus cofrades durante meses para ser exhibidos triunfalmente en las procesiones. Dolía entonces la Semana Santa, o eso parecía, pero ahora vemos que lo que escuece de verdad es el negocio.

             Llegados a este punto sería fácil deslizarse por consideraciones morales sobre lo poco que se vive la Pasión de Cristo en la Semana Santa. Sería injusto porque seguro que son muchos los que viven sus procesiones con sentido religioso. Por eso hay que trasladar la mirada hacia otro lugar más pedestre. Hay que proyectarla sobre la razón que motiva y moviliza al español de a pie, a lo que le saca de casa, pues es ahí donde le esperan los políticos para darle gusto y los empresarios para hacer caja.

             Hace unos días fue noticia la decisión de Iñaki Gabilondo, uno de los pocos periodistas capaz de crear opinión pública, de retirarse del día a día, hastiado del ruido que envuelve la vida política española. No soporta que políticos y tertulianos traten los asuntos más serios –como la cuestión catalana o el empleo de los fondos europeos- con la frivolidad de una trifulca tabernaria, elevada, eso sí, a debate teológico por el dogmatismo de cada ocurrencia. En un momento le preguntan por el momento en que esta España nuestra, aparentemente moderna y europea, perdió el tren de la decencia. Dice, sorpresivamente, que cuando “creyó que se había hecho rica”. España ha sido secularmente un país pobre que había vivido con estrecheces hasta cuando éramos los reyes del mundo. De repente nos sentimos tan ricos y modernos como los países de nuestro entorno. Ahí lo echamos todo a perder porque no mejoramos creciendo cualitativamente –mejorando la productividad y la profesionalidad, aumentando el valor añadido que proporciona la investigación, buscando el equilibrio entre tradición y modernización, respetando el medio ambiente- sino liberalizando el suelo, fabricando ladrillos, poniendo el país en venta, en una palabra, convirtiendo la patria en un casino. Nos hemos buscado un atajo que ha resultado ser una trampa.

             Hemos reaccionado ante Semana Santa igual que ante la pandemia: llevando la mano al pecho, pero al lado donde está la cartera. Y damos a ese gesto un valor teológico porque entendemos que la vida está en las patatas bravas. Los que defienden el trasiego gastronómico y la agitación turística, lo hacen, dicen, para salvar la cultura o la salud mental, es decir, la vida del espíritu. Para estos extraños salvadores el almario del español es la cantina.

             No es la primera vez que ocurre. En el siglo XIX el gobierno polaco rompió la clausura del gueto hebreo, autorizando a los judíos a abrir negocios por todo el país. Fue su perdición. Estos se hicieron con todas las destilerías del país y aquello no lo soportó el polaco de a pie porque su tradición les decía que el alma eslava se conserva en una jarra de cerveza. Y eso resultó efectivamente fatal para los judíos porque ¿cómo iban a soportar los polacos que sus almas fueran propiedad de unos extraños? Nosotros también hemos convertido el país en un casino; las iglesias y los teatros, en aceras llenas de mesas; y el museo de referencia no es El Prado sino el del jamón.

             Por eso, para esta nueva liturgia, las calles vacías tienen algo de obsceno, no sólo por falta de procesiones sino porque el silencio es una ofensa al culto a la vida. Una sesuda pluma escribía recientemente que la gastronomía es “referente de la vida cotidiana e índice de la vitalidad de una ciudad”. Eso explicaría el papel social que ahora juegan los cocineros: han salido de los fogones para llamar a las puertas de las academias.

             Es evidente que todo el mundo tiene derecho a vivir, que la pandemia está dejando al sector maltrecho y que no puede quedar desatendido. Pero el problema no es si necesitan ayuda, que la necesitan, sino si el almario español es una taberna o, dicho de otra manera, si el futuro hay que construirle partiendo de las calles despejadas que nos ha impuesto la pandemia o de las aceras transformadas en terrazas. La calle despejada es una metáfora de un tráfico más fluido, de aceras hechas para pasear y no correr, de un estilo de vida menos agitado. Eso tiene un precio. Supone un cambio en el modo de vivir, de trabajar y de generar riqueza.

             Decían en la Castilla medieval que sus gentes “no hacen cosas que exijan ingenioso esfuerzo”. Se prefería trabajar mirando al sol, de ahí la preferencia por el cultivo del secano. Hoy se cultiva ciertamente el regadío pero algo queda de la crítica medieval en el hecho de que la principal fuente de riqueza sea el sol y la playa, con la particularidad de que las playas no se encuentran en la meseta castellana. Ese “ingenioso esfuerzo” que escasea en nuestra forma de producir riqueza se llama ahora “valor añadido”, un plus que es el resultado de una mejor formación porque sólo se consigue con ingenio, es decir, con más conocimiento, con mejor educación y mayor investigación.

             En algún momento tendremos que reconocer que es más rentable invertir en investigación que en hacer una autopista. Uno de los más prestigiosos virólogos españoles, Luis Enjuanes, ha recibido dos millones de financiación frente a los 2.600 millones que manejó Pfizer. Aún así su prototipo de vacuna sigue adelante con buenas expectativas. Talento no falta, pero sigue mandando el exabrupto de Unamuno “¡que investiguen ellos!”. Aquí, en casa, se sabe pero no se puede.

             Este es el momento de cambiar de rumbo porque concurren dos circunstancias imprevistas; una impuesta por la covid19 que ha torpedeado la economía terrácea. Como no parece que todo ese destrozo en el sector pueda recomponerse, habrá que hacerse socios de la sociedad del conocimiento. Y, otra, voluntaria. Me refiero al plan de ayuda de la Unión Europea que permite financiar lo que por las buenas nunca haríamos. Ahora hay que intentarlo.

 Reyes Mate (El Norte de Castilla, 11 de abril 2021)