13/9/21

La hora veinticinco

            Esta vez ya no hay excusa. El planeta tierra camina hacia la catástrofe. Desde que el hombre se puso al mando de la historia, la tierra sigue un rumbo que, en lugar de suponer un regreso al paraíso, la lleva hacia su destrucción. Este es el mensaje que se desprende del reciente Informe sobre el Cambio Climático, elaborado por la Organización de Naciones Unidas.

             Informes sobre los peligros de un cambio climático ha habido muchos. Este, de la ONU, es el sexto y antes estuvo el del Club de Roma, de 1972, donde se pedía un crecimiento económico sostenible. Cuarenta años más tarde, 2012, volvía sobre el asunto, señalando que, al no haberse producido ese crecimiento sostenible, había que planificar el decrecimiento económico. Vamos, que para salvar al planeta, los ricos, que siendo el 10% de la población producen el 50% de los gases, tenían que reducir los beneficios.

             Estos avisos cayeron en saco roto aduciendo, unos, que no todos los científicos estaban de acuerdo, y, otros, que la cosa no era para tanto. ¡Cómo no acordarse de aquel Mariano Rajoy invocando la autoridad de un primo suyo que le había dicho en una sobremesa que la cosa no era para tanto! El mundo seguía creciendo a todo trapo y como no se veían rastros de esas predicciones catastróficas, todos tan tranquilos.

             Esa tranquilidad es la que se ha esfumado. El Informe actual, elaborado por 4.000 técnicos bien conectados con las comunidades científicas de todo el mundo, no deja lugar a dudas. El planeta se está muriendo. Los negacionistas no tienen esta vez ningún asidero científico. Con un añadido. Este Informe, a diferencia de los anteriores, viene acompañado de señales inquietantes que dan a entender, como diría el Apocalipsis, que "el fin está cerca". No hay más que asomarse a la ventana del televisor para saber que los glaciales se derriten, el nivel del mar sube, los incendios se multiplican, el aire y el agua se contaminan, los fondos marinos languidecen, aparecen nuevas pandemias, el desierto avanza...Todo como consecuencia de un cambio climático que ha provocado el ser humano con sus modos agresivos de producción y de consumo. El ciudadano de a pie ya ha establecido una relación entre algo tan abstracto como "cambio climático" y algo tan cercano como los incendios, los tsunamis, el calor sofocante, las sequías, la migración o las pandemias.

             Los dos mensajes del Informe resultan inapelables. El primero: que el planeta se está muriendo por causa del hombre; el segundo, que para salvarle, hay que intervenir inmediatamente.

             La operación de urgencia consiste en abandonar la idea de progreso si por tal entendemos crecimiento constante de la riqueza. Cambio climático y progreso van de la mano. Hubo un tiempo en el que se podía hablar de crecimiento sostenible, esto es, un crecimiento continuo pero no tan acelerado como el de los últimos años en el que los modelos de móviles, por ejemplo, cambian a la velocidad de la moda: por estaciones. Eso ya no es posible.

             Lo que tiene de perverso esta idea de progreso -que está a la base del cambio climático que pone en peligro al ser humano y a su habitat natural, la tierra- es la creencia de que los recursos del planeta son inagotables y la capacidad del ingenio humano para resolver problemas, infinita. Pues no, los recursos son limitados y la capacidad de la inteligencia humana, también. Hay recursos, como el agua, el aire o los combustibles, que son limitados; hay problemas que no tienen solución, y, hay daños irreversibles.

             Tenemos que asumir nuestra finitud pues, como ya decía el estudio del Club de Roma "no hay tecnologías mágicas que nos puedan sacar del callejón sin salida en que nos encontramos. La única vía es aprender a vivir dentro de los límites del planeta". Y eso se traduce en dos palabras: decrecer y sobriedad. El problema del mundo no es generar más riqueza (de la que se apropian unos pocos) sino distribuir mejor la existente. La sobriedad afecta al consumo pero no sólo de la comida y bebida sino también del espacio y del tiempo. Tendremos que asumir, por ejemplo, que no podemos hacer tantos kilómetros como nuestra cartera nos permita. El turismo también es un bien escaso.

             ¿Seremos capaces de reaccionar? No parece. Para empezar, los políticos deberían entender que con esto no se juega. Es una prioridad que no admite discusiones. Pero nada tan tentador para una oposición política que poner el grito en el cielo si se habla de crecer menos y repartir mejor lo que hay. Nada más tentador que traducir menor crecimiento por empobrecimiento o incapacidad de este o aquel gobierno por generar riqueza. Haría falta una generación de políticos, con sentido de Estado, que asumieran la impopularidad de estas medidas. Habrá con suerte algunos pequeños retoques que no impedirán la marcha triunfal hacia el abismo.

             Estamos en tiempo de descuento. Es la hora de después o, como en la famosa novela de Gheorghiu, “La Hora 25”. No la hora final sino la que nos queda después de que hayamos puesto toda la inteligencia y la voluntad humana al servicio de una causa equivocada. En efecto, durante mucho tiempo nos hemos creído que, como en el relato bíblico, “seríamos como dioses”, es decir, que podíamos hacer todo lo que fuera posible y podíamos conocer todo lo que fuera cognoscible. Pero el ser humano no puede con todo. Para ser humano tiene que respetar sus límites. Hoy sabemos que lo que envenenó la ideología de los nazis fue la doctrina filosófica según la cual “todo es posible”, esto es, que había que intentarlo todo, romper todos los techos, no respetar líneas rojas, aunque eso supusiera acabar con el ser humano que conocíamos. Nos hemos creído, como el Fausto de Goethe, que “en el principio era la acción” y nada debía obstaculizarla. Los resultados son los que ahora describe minuciosamente el Informe de la ONU. Hemos llegado a tiempo de darnos cuenta de hacia adonde va el tren en marcha. Se trata de activar el freno de emergencia. Todos miramos en esa dirección esperando que algo ocurra. Lo que puede ocurrir, si no actuamos, es que sucumbamos lenta e inexorablemente a las consecuencias de lo que hemos hecho.

 Reyes Mate (El Norte de Castilla, 29 de agosto 2021)