El burka es una prenda antipática que evoca ese lado antifeminista de todas las religiones que avergüenza a la mayoría de ellas pero que cierto Islam cultiva y mantiene. Que tras ello anden los talibanes de Afganistán y los ayatolás del Irán da idea de que las mujeres no van así por su gusto. Nada extraño que en el movimiento mundial feminista esa prenda sea santo y seña del patriarcado que hay que abolir.
Pero no ha sido el feminismo revolucionario sino el autoritarismo de la extrema derecha quien, en España, ha llevado al Parlamento la idea de multar a las mujeres que lo lleven en público. Habría que preguntarse por qué esta iniciativa parlamentaria de Vox, apoyado por el PP, si en España casi nadie ha visto un burka y qué sentido tiene castigarlas con una multa.
Está claro que en España eso no es un problema real pero viene a cuento por la islamofobia que inspira la persecución política contra el inmigrante moro. Unir la antipatía de la prenda al rechazo del inmigrante de religión musulmana es un buen golpe publicitario, si no fuera porque la iniciativa lo que realmente revela es la patología del que denuncia y no sensibilidad por un problema que en realidad no existe. Es pues una iniciativa política que hay que poner en la cuenta de ese debate cultural que tanto gusta al autoritarismo, al populismo o como quiera llamarse a este vendaval ideológico que azuza al pensamiento integrista.
No existe en España un problema de burka, por eso la iniciativa parlamentaria está fuera de lugar, pero sí deberíamos preguntarnos qué hacer con expresiones religiosas, sobre todo no cristianas, en el espacio público. Este es un asunto complejo que merece un debate sosegado y no la simpleza que exhiben los partidos que han propuesto la multa a la burka como solución. Simplismo efectivamente porque una de dos: o la mujer lleva la prenda voluntariamente y entonces habría que demostrar en qué esa decisión libre es lesiva; o la lleva, como es presumible, obligada en cuyo caso habría que castigar no a la víctima sino al padre o al marido fanático.
Burka, niqab, hiyab, chador son distintas prendas, vinculadas a creencias musulmanas, con las que se quiere señalar una identidad étnica. Que estamos ante un asunto complejo, lo demuestra el hecho de que sobre el velo islámico o la hiyab se hayan tomado decisiones muy diferentes: Francia lo ha prohibido en las escuelas públicas; Alemania lo autoriza a los alumnos pero no a los profesores; Gran Bretaña deja libertad a cada centro a la hora de decidir qué hacer. Para tomar una decisión respetuosa, habría que ponerse de acuerdo sobre los principios que deberían guiarnos. Son dos, pero cada uno de ellos mira en una dirección: por un lado, el principio de la igualdad que obliga a los poderes públicos a no favorecer ni a perjudicar a ninguna religión o etnia sino a tratar a todas por igual, de ahí la neutralidad de las instituciones; y, por otro, el principio de la libertad que exige respetar al mayor grado posible las expresiones de la libertad religiosa. Hacer cohabitable estos dos principios no es fácil. Para acertar habría que tener en cuenta el peso en cada lugar de las distintas particularidades culturales. Los franceses, por ejemplo, que vienen de una tradición republicana y laica, han puesto el acento en la uniformidad, aunque hay que reconocer que eso va perdiendo fuerza conforme aparecen ciudadanos que dan más importancia a la diversidad. Ha habido momentos en la historia en los que era importante afirmar, para fundar una convivencia en paz, que antes que diferentes (judíos, moros o cristianos) somos iguales (seres humanos); pero quizá ha llegado el momento de plantearnos que somos iguales no a pesar sino a partir de las diferencias. Los alemanes entienden que el profesor o la profesora representa a la institución pública por eso la prohíben el velo, en nombre de la neutralidad del Estado que el profesor representa. Los británicos que han apostado desde antiguo por el multiculturalismo dejan en manos de cada centro la medida más ajustada a las circunstancias.
Lo importante de este planteamiento es ver que no nos tenemos que dejar llevar por la imagen del burka o del velo en lejanos países sino por lo que esas prendas significan entre nosotros que queremos construir una sociedad de seres iguales y libres. El Estado tiene que evitar que una religión se apropie del espacio público, pero tiene que garantizar que todas se expresen en él, que cada cual se vista libremente, por eso para garantizar la igualdad (para no favorecer a una determinada creencia) la profesora alemana renuncia a ir con velo; y para salvar la libertad religiosa, hay que poner coto a determinadas imposiciones religiosas (obligar a vestir de una determinada manera).
Las medidas que se tomen no deberían reproducir la intransigencia de los problemas que se combate porque todo puede cambiar: en muchos sitios el velo pierde su significación religiosa y se convierte en un símbolo étnico o puramente estético. Lo que en un momento es impuesto puede en otro ser libremente decidido.
Para no equivocarse demasiado habría que tener claro, por un lado, los dos principios de referencia (la igualdad y la libertad) y, por otro, una alta dosis de sentido común, todo lo cual se traduce en no utilizar el velo como arma arrojadiza.
Reyes
Mate (El Norte de Castilla, 8 de
marzo 2026)