28/3/26

La mirada bíblica de Stuart Park sobre José Jiménez Lozano

Pájaros y Melancolía es el título de un libro escrito por un autor inglés, Stuart Park, afincado en Valladolid, que se presenta como un modesto comentario a la poesía de un escritor bien conocido y querido en su tierra, José Jiménez Lozano, pero que se revela como una sorprendente guía de lectura del autor castellano.

Un libro de literatura donde la magnífica prosa del autor inglés se pone al servicio de la poesía, sobria y radical, del autor castellano, pero que acaba entregando la llave de una nueva interpretación de toda la obra de Jiménez Lozano. Un libro pues que une a su dimensión literaria, la hermenéutica, algo que no debería llamar particularmente la atención, al rotar el libro de Stuart Park sobre la poesía de Jiménez lozano, si no fuera porque la aguda mirada del escritor inglés abre un debate sobre el alcance de la narrativa, en general, y sobre la española contemporánea, en particular.

Pájaros y Melancolía tiene entidad propia. Tras un lenguaje cristalino asoma un escritor soberbio que cautiva con una escritura llena de mansedumbre y sabiduría. Yo que soy mal lector de literatura, porque por deformación leo con un lápiz en la mano y eso me lleva al ensayo más que a la literatura, me sorprendo leyendo a este autor que escribe susurrando. Con toda naturalidad te saca de tus afanes para ponerte en contacto con lo sensible de la naturaleza y el misterio que tras ella se esconde. Una escritura la suya que amansa y sosiega.

El autor ha recurrido a los pájaros para entablar su particular conversación con Jiménez Lozano. Para los dos amigos los pájaros representan mucho. Para Jiménez Lozano, recuerda Park, las aves simbolizan la fragilidad y la decisión. Lamenta que estas pequeñas creaturas “diseñadas para volar en libertad”, caigan “presas de la enfermedad, del accidente o de la mano humana depredadora”, aunque admira la decisión, que a veces falta a los humanos, con la que “cumplen su vocación con entrega absoluta sin equivocaciones ni titubeos” (Park, 2024,18). Park se rinde ante esa maravilla reconociendo que “la presencia de un pájaro pequeño puede transformar nuestro horizonte vital”. Los pájaros son en la obra los mensajeros de la sensibilidad. Petirrojos y gorrioncillos, cuervos y hurracas, garzas y grajos unen al reino animal con el humano en una amable fraternidad. El poeta les abre la puerta de la historia humana, pero el comentarista le recuerda que el profeta Elías, abatido y deprimido, pudo sobrevivir en el desierto gracias al pan y a la carne que con regularidad de relojero le traían unos cuervos (1 R 17,6). Esta reivindicación del ave encuentra su gran momento en la evocación de la chova que en alemán es la traducción de Kafka. Al escritor checo dedica Jiménez Lozano un poema donde espera de la chova que es Kafka el sosiego que trasmite su mirada, igual que Elías esperaba de los cuervos su sustento (Park, 2024, 73).

Mientras la mirada del lector se desliza suavemente por las explicaciones que se le van ofreciendo de los poemas sobre pájaros, descubre que las claves interpretativas son bíblicas. No es un recurso, es una clave. En el poema titulado Abandono dice: “Envenenado gorrioncillo,/¡Ecce passer! ¡Tan pequeño! ¡Tan frágil…”. Para expresar el lamento por el pájaro envenenado recurre a la expresión latina ecce passer que en el lector evocará esa otra, más familiar, de ecce homo, consiguiendo así volcar sobre el desgraciado gorrión la compasión que nos provoca la pasión del Nazareno (Park, 2024, 50). Algo parecido ocurre en otro poema, Vislumbre, que empieza describiendo un paisaje familiar, seco y soleado “Tan blanco el muro/tan roja la amapola,/tan sólo el pájaro en lo alto,/el sol tan pálido,/un zarzal seco con espinas”. Pero el poema no va, como sería el caso del Machado de Campos de Castilla, del alma castellana, sino de un misterio, del misterio que esconden las tierras del desierto. Por eso acaba el poema con un desconcertante “Te descalzaste”, haciendo alusión, aclara Stuart Park, a la zarza ardiente ante la que se descalzó Moisés. Con ese ademán queda al descubierto el sentido misterioso de la vida de un pueblo que lucha por su existencia de sol a sol (Park, 2024, 54)

Las referencias bíblicas son la clave pero esto conviene entenderlo bien. Hay poetas que componen sus poemas con materiales tomados de la mitología griega o egipcia o nibelunga. Los mitos son instrumentos con los que el poeta articula su visión de la realidad. Aquí se trata de otra cosa. Lo importante no son las historias bíblicas con las que se decora una idea, sino el espíritu de la narración, esto es, una forma singular de narrar inspirado en el relato bíblico. Algo de esto quería dar a entender Imre Kertézs, el Premio Nobel de literatura, superviviente de Auschwitz, cuando hablaba del espíritu de la narración, eso mismo que Jiménez Lozano echaba de menos cuando se lamentaba de que no hubiera “en nuestras letras quien recree una escena bíblica con alguna entidad” (Park, 2021,73). Sobre motivos religiosos hay mucha literatura; que transmitan el espíritu de la narración, pocas. ¿La diferencia? En el primer caso el espectador puede extasiarse ante el logro estético de un Cristo crucificado; en el segundo se sentirá parte -cómplice y contemporáneo- de los personajes del cuadro, como ocurre en el Rembrandt.

2. Stuart Park recuerda en otro substancioso libro de apariencia menor pero imprescindible para el esclarecimiento de los asuntos que nos convocan, titulado El viaje a Oxford que nunca tuvo lugar. Un diálogo tranquilo y sereno en torno a la Biblia (un diálogo entre Jiménez Lozano y Stuart Park), recuerda, digo, la queja de Jiménez Lozano por un tópico muy extendido sobre su obra que le había dañado sobremanera a la hora del reconocimiento. Se refería al encasillamiento en el género literario de “escritor religioso”. Eso, dicho en España, sonaba a sentencia de muerte. En Gran Bretaña estaba Chesterton; en Francia había figuras como Bernanos, Mauriac o Péguy con gran reconocimiento literario, por encima de sus opciones ideológicas, pero en España se asociaba lo del “escritor religioso” sea a la literatura de sacristía, sea al nacionalcatolicismo, dos mundos, en cualquier caso, sin estimación literaria.

Stuart Park le rescata de ese infierno al hacernos ver, como quien no quiere la cosa, que es en eso, en haber entendido el alcance del contar modo bíblico, lo que le hace singular, lo que sitúa su escritura en un nivel que rara vez se ve en las letras españolas.

Esta osadía hermenéutica se la puede permitir Stuart Park por dos razones. La primera porque es un consumado conocedor de la Biblia. Detecta sus huellas como si dispusiera de unos potentes rayos ultravioletas con los que ve lo que escapa al ojo distraído. Tiene a su favor una tradición cultural, la inglesa. en la que el espíritu bíblico está incorporado a la cultura general, mientras que en la católica España, lo bíblico no ha pasado de chapa y pintura. En diálogo con Jiménez Lozano el autor recuerda, por ejemplo, que en 1559, un Edicto Inquisitorial prohibía la lectura de la Biblia en romance. En ese momento Melchor Cano, gran teólogo de la Escuela de Salamanca, sentenciaba desde su magisterio  que “la lectura en lengua vulgar de la Biblia ha hecho mucho daño a las mujeres y a los idiotas”, por eso añade que “es menester velarla y poner un cuchillo de fuego para que el pueblo no llegue a ella”: un cuchillo de fuego entre la Biblia y el lector para privar a la Escritura de su fuerza reveladora y al lector de su fuerza iluminadora (Park, 2021, 44). Esta estrategia inquisitorial alcanzó a Teresa de Cepeda y Ahumada que se vio privada hasta de una selección de textos evangélicos que la censura había permitido circular. Es verdad que en este caso la tropelía no quedó impune pues, según cuenta ella misma, el Señor a quien los teólogos y autoridades eclesiásticas decían servir, le dijo “no tengas pena que Yo te daré un libro vivo”, algo que la mujer agradeció aunque no saciara su sed de texto. Todo lo contrario de Inglaterra. En ese momento Willian Tyndale ya había traducido la Biblia del Rey Jaime, esperando así que, con el libro en inglés, cualquier gañán de pueblo en Inglaterra conociera el texto sagrado “mejor que el propio Papa”. Stuart Park tiene tras de sí esa tradición cultural que él enriquece con la dedicación que ha puesto en el estudio de las Escrituras y el notable conocimiento que demuestra tener.

Hay otra razón para su propuesta hermenéutica. Stuart Park pertenece a la estirpe de los Blanco White, George Borrow o Gerald Brenan, es decir, de esos intelectuales ingleses que vienen a España y, desde la empatía y la distancia, ven lo que permanece invisible a los del lugar. La sociología del conocimiento ha construido una figura en consonancia con estas experiencias. Uno de sus representantes, Karl Mannheim, la describe como la propia de una “inteligencia que se mueve libremente”. Es libre respecto a los tópicos de los lugareños y está en movimiento para ver la cosa desde diferentes ángulos. Stuart Park tiene, además, una ventaja sobre muchos de sus compatriotas porque él no es un viajero que esté de paso, sino que vive aquí con lo que la finura de sus observaciones resulta contrastada.

3. Para avanzar en la comprensión del espíritu bíblico de la narración hay que tener en cuenta, como dice Park, que la impronta bíblica afecta al estilo y a la temática.

            3.1. Si por estilo entendemos, no el postureo estilístico que Jiménez Lozano detestaba (Jiménez Lozano, 2022, 171), sino la conciencia del alcance de la escritura (¿sólo descripción o, por el contrario, “expresión de la esencia lingüística de la cosa”, que decía Benjamin, es decir, una escritura capaz de dar vida a la realidad?), podríamos señalar las siguientes características. En primer lugar, la sobriedad o, como decía el teólogo alemán Johan Baptist Metz, la “pobreza de espíritu” (Armut im Geist). El lenguaje del desierto no es el mismo que el de un puerto de mar,  por algo el monoteísmo es hijo de “la tienda del Patriarca” y la filosofía y la mitología, del puerto de mar. Para el semita los problemas son crudas realidades que no se camuflan con ropajes vistosos. Ante la muerte, ante la injusticia, ante el sufrimiento del inocente, el griego puede inventarse un mito, como el de Edipo, o recurrir al destino que nada explica; incluso la filosofía puede dar una interpretación idealista que disuelva, como hace Hegel, el problema de la muerte individual en el Todo “que nunca muere”. ¡Cómo si eso fuera de algún consuelo¡ El judío, por el contrario, convocará al mismísimo Creador para que se explique, como hizo Job que no paró hasta que Yahvé compareció. Lo que distingue a Israel de los pueblos de su entorno es que, ante experiencias de sufrimientos, se niega a refugiarse en idealizaciones o mitologías. El pueblo judío, dice el exégeta Von Rad, aguanta a pie firme sus fracasos y rechaza consuelos fáciles. Pide justicia y, si la hay, tiene que darse en el tiempo y no en la eternidad. Es lo que pone en evidencia la apocalíptica judía –la vuelta del Mesías- que tiene que darse en el tiempo de la historia. Gran diferencia pues entre “la sencillez descriptiva manifestada por los evangelistas”, tal y como señala Park, y el artificio vistoso propio del mito o de la leyenda piadosa (Park, 2021,101).

Una segunda característica es su ambición. Se trata de perfilar el alcance de la narración. Se cuenta algo para que acontezca lo contado o, como decía Jiménez Lozano, “para que la palabra despierte vida”, para que quien da testimonio encuentre en el oyente a un testigo que tome el relevo, para que la cadena de lo memorable no decaiga. Le gustaba a Jiménez Lozano evocar la contundente explicación que daba Martin Buber de lo que es narrar según el espíritu bíblico. Recordaba el maestro hassídico a un piadoso rabí quien, deseoso de saber cómo entender los relatos de la Thorá, preguntó a su abuelo, paralítico en ese momento pero que había sido discípulo del santo Baal Shen Tov, cómo lo entendía su renombrado maestro: “cantando y bailando”, respondió éste al abuelo, mientras él mismo se levantaba, sobreponiéndose a la parálisis, cantando y bailando para demostrar cómo se debe narrar (Park, 2021, 118). El relato, a diferencia de la historia, no pone el acento en el conocimiento de hechos ocurridos en el pasado, sino que los anima para hacerles actuales. El relato convierte en memorable lo ocurrido, es decir, en una experiencia pasada que merece ser traída al presente para que forme parte de nuestra vida. Se entiende la frustración de Jiménez Lozano cuando este ingente esfuerzo por enriquecer la literatura española con la savia nutricional del relato, se veía correspondido con el descrédito de ser un “escritor religioso”. Stuart Park recoge una amarga confesión que expresa bien su decepción: “lo que yo pienso es que esa presencia bíblica en mi escritura es de las cosas que más me ha perjudicado como escritor, porque de este modo me he marginado o he sido marginado por mi temática y mi lenguaje y ciertos prejuicios ideológicos muy hispánicos” (Park, 2021,118). El se salía del carril por donde transitan los que buscan el reconocimiento que da prestigio, y los demás, en revancha, le invisibilizaban. Ahora bien, lo que sus críticos están desechando no es el manejo de historias bíblicas –que ya sería de por sí empobrecedor- sino el poder revelador de la palabra. No se  trata de reivindicar la palabra revelada, sino de reconocer el poder de revelar de que dispone la palabra. Se podría aplicar a sus críticos la dura diatriba de Theodor Adorno a sus contemporáneos alemanes cuando  les decía que “el pensamiento que no se decapita a sí mismo, termina en la trascendencia” (Adorno, 2008, 368). Se lo decía en la posguerra a filósofos que se habían aclimatado al nacionalsocialismo para evitar el vértigo de la trascendencia.

Walter Benjamin –un autor muy presente en la obra de Jiménez Lozano- añade, en su texto El Narrador, una tercera característica: la importancia del tiempo en la narración para que el relato esté cargado de experiencia. La diferencia entre narrar con tiempo y sin tiempo es que en el primer caso el relato recoge experiencia y en el segundo, sólo vivencias. La experiencia necesita tiempo para metabolizar el acontecimiento en parte de uno mismo. Ese tiempo es duración, no instantaneidad, y por tanto caducidad y muerte. La muerte forma parte de la narración. Benjamin habla de la autoridad de la muerte en el sentido de que la muerte es el desafío al que se enfrenta el narrador (Benjamin, 1970, 199). Este busca, en efecto, salvar de la muerte lo memorable al convertir al lector en testigo o narrador que prolongue la obra. El arma del narrador frente al desafío o la autoridad de la muerte, es la memoria que permite rescatar lo memorable. Benjamin lo explica recurriendo a la imagen de un desgraciado ladrón que al ser pobre concita la peor de las condena. En ese momento descubre que su único capital, para escapar de la muerte, es contar sus hazañas. Ante la autoridad de la muerte no vale el poder ni el dinero. Lo único que puede escapar de ella es lo memorable. Jiménez Lozano no cae, como suele ocurrir, en la trampa de la falsa eternidad que propicia el tempo instantáneo que nos invade (y que sólo genera vivencias puntuales), por eso la muerte está tan presente en su obra.

            3.2. Pero también ha afectado a la temática. La ausencia de esa cultura explica “la incapacidad para la radicalidad y la detección del grosor de las cuestiones, el desasosiego o la celebración de las cuales siempre constituyó la grandeza y profundidad del arte” (Park, 2021, 77). Esto nos llevaría muy lejos, a preguntarnos, por ejemplo, ¿por qué ha habido tan poco pensamiento original entre nosotros?, ¿por qué nuestros ensayos citan tanto y dicen tan poco?, ¿por qué, como decía Unamuno, no ha habido heresiarcas?, ¿por qué tantos comentarios escolásticos? Es verdad que aquí el pensar no lo ha tenido fácil por el peso de la Inquisición que, como decía Luis Vives, hace sospechosa “la palabra, el silencio y el pensar”. Por algo es el marranismo, un modo de ser en el que la doblez es un recurso necesario, algo muy de estas tierras. Jiménez Lozano ha hecho compuesto con esta actitud vigilante un relato memorable en La ronquera de Fray Luis. Sabedor el fraile agustino de que no faltaba en sus clases algún sabueso inquisitorial, bajaba la voz alegando ronquera “porque es mejor decirlo así de paso no nos oigan lo señores inquisidores” (Jiménez Lozano, 2001, 134). En fin que acertó Umberto Eco, en El nombre de la rosa, cuando ubicó en la muy castellana ciudad de Palencia a fray Jorge, el monje que asesinaba a los frailes deseosos de novedades porque, según él, la humanidad ya poseía todo lo que tenía que saber para su salvación. En un gesto muy de cristiano viejo, el monje bibliotecario cuidaba de que la cultura se atuviera a repetir lo sabido, olvidándose de innovar o descubrir lo desconocido.

En asuntos de esta monta no hay una única causa pero una de ellas, amén de la falta de libertad, es un modo de pensar que “se decapitaba a sí mismo” porque se privaba de una abertura al infinito que era, como bien reconoce Hegel, una herencia de la tradición judeocristiana. Jiménez Lozano relaciona ese déficit cultural con “la incapacidad para la radicalidad y la detección del grosor de las cuestiones”. Esta denuncia supone un gran desafío para el denunciante porque le pone en la tesitura de demostrar que quien, como él, se siente deudor y seguidor de la narrativa bíblica, tiene que mostrar espíritu narrativo, en la forma, y grosor y radicalidad en las cuestiones que trate. No parece descabellado afirmar que hay una diferencia entre sus potentes relatos cortos y muchas de sus novelas; y que en sus ensayos y diarios encontramos, junto a juicios convencionales, auténticos descubrimientos. Pondré algunos ejemplos sobre la radicalidad de sus enfoques. Durante el concilio Vaticano II, el debate teológico sobre la libertad religiosa era, en España, munición de combate entre franquistas y antifranquistas. Sólo Jiménez Lozano puso las luces largas para hacer ver que el problema no era de unos contra otros, sino de unos y otros. El enfrentamiento político del momento impedía ver la deuda histórica que tenía cada una de las dos Españas con la libertad, en general, y la convivencia, en particular.

En el año 1985 publicaba Jiménez Lozano su Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda, un libro en el que el autor sigue los pasos de su protagonista, “con setecientos años de dolor a sus espaldas”, en compañía de “Yahvé y los otros personajes de la historia”, para lanzar preguntas que son “gritos de cólera y angustia”, según cuenta en su diario (Jiménez Lozano, 2022, 231). Al acabar su redacción se preguntaba el autor si habría para él un espacio de acogida. Daba por descontado el silencio de la crítica, pero, se preguntaba en sus Diarios, si por ventura encontraría “un silencio interior y profundo en un puñado de lectores”. Tenía razones para desconfiar pues sus preguntas rompen todos los tópicos. El perfil que el Rabí hace de Judas, en el relato El Beso, es abisal. Judas aparee como el actor necesario en el plan divino de salvación. Jesús lo sabe y Judas también, por eso Jesús tiene debilidad por el discípulo a quien le va a pedir que por amor le traicione: “a nadie se le ha pedido nunca un tan terrible amor, decía Rabí Isaac Ben Yehuda”  (Jiménez Lozano, 1985, 93). Tras ese sobrecogedor relato nosotros tenemos que tomar una decisión: o revisamos la imagen milenaria de Judas que le ha  convertido en el peor de todos los seres humanos, o nos preguntamos qué sería del cristianismo si Jesús hubiera muerto de viejo en la cama. Al Sábado de Gloria va unido el Viernes de Pasión, el momento de Judas.

Hay otro momento de este viaje por la vida del Rabí errante. Hemos vivido en los últimos meses la guerra de Gaza. La guerra, con su secuela de muerte y destrucción, ha provocado una honda indignación que se ha traducido, en general, en condenas sin paliativos del Estado de Israel por su reacción desproporcionada. Me pregunto qué diría el que así condena si hubiera leído este libro que lleva consigo el dolor que nuestros antepasados causaron a los antepasados del rabino. Cuando uno escucha los lamentos del Rabi Isaac, recordando los pogromos que nuestros abuelos perpetraron en Zamora, Salamanca, Ávila, León, Astorga, Palencia, Valencia donde aljamas enteras fueron pasadas a cuchillos, sin mediar provocación alguna (Jiménez Lozano, 1985, 78), ¿se atrevería a erigirse en juez de lo que ha ocurrido en Gaza o se tentaría la ropa preguntándose por su responsabilidad? Si nosotros, los europeos, hemos sido causa del problema palestino, oponiéndonos sistemáticamente a permitir al pueblo judío vivir pacíficamente entre nosotros, no podemos erigirnos ahora en jueces superiores con derecho a condenar o absolver. Si somos parte del problema, empecemos por asumir nuestras responsabilidades. Lo que ha ocurrido es horrible pero de lo que se trata es de saber si nosotros nos erigimos en jueces o entendemos de com-pasión.

4. La huella bíblica, dice Stuart Park, afecta al estilo y a los asuntos de la escritura. Esto debería pesar en la valoración de la obra de José Jiménez Lozano. Al ser un escritor tan polifacético y prolífico es difícil encontrar un hilo conductor que aúne las diferencias y hasta contradicciones, políticas e ideológicas, que ciertamente aparecen en sus escritos. Poco bien le hacemos cuando se resume su valía y singularidad diciendo que forma parte de una saga de notables o clásicos y, menos aún, cuando se le considera, tras melosos contorneos, una especie de epígono del noventayochismo, con sus lamentos por la decadencia (moral) de España y nostalgias por un pasado que pasó. Son juicios epidérmicos que nada dicen sobre el nervio de su escritura. En algún lugar y momento he creído encontrarle en una especie de teología política, es decir, en el reconocimiento del peso específico que, según él, tiene la religión en la vida política y cultural de los españoles (Mate, 2024, 6-10). Su gran aportación sería haber descubierto el modo patológico de su presencia (la theobiosis que decía Américo Castro) y haber detectado el que pudiera sanarla (inspirándose en el Monasterio de Port Royal donde la sed de libertad mana de su propia espiritualidad). Pero creo que Stuart Park va más al fondo de las cosas cuando sitúa ese nervio o espíritu de la narración en la impronta bíblica. Jiménez Lozano quería, por un lado, dar vida a la palabra y extraer de ella su genio revelador. Que la palabra fuera la candela con la que iluminar nuestro tiempo, haciendo de los Rabí Isaac, Sara de Ur, El Mudejarillo o de los enterrados en los corralillos, nuestros contemporáneos, igual que Rembrandt hizo con los personajes de sus cuadros. Y, por otro, dar grosor a las preguntas, aunque lleven a los abismos de la metafísica o de la teología. Coincidía en esto con el frankfurtiano Theodor Adorno cuando decía que si se deja fluir el pensamiento, desembocará en el territorio de la metafísica o de la teología. Hay buenos escritores en español que, sin embargo, sienten vértigo ante esta radicalidad. El no estaba dispuesto a tirar de hacha para segar el árbol de la vida, sino para podar sus ramas secas. No sé si se podrá ya hablar de la escritura de José Jiménez Lozano sin tener en cuenta la clave propuesta por Stuart Park a quien habrá que agradecer, además de la belleza de su propia escritura, la agudeza de ingenio en la lectura del autor castellano.

Reyes Mate (texto de su intervención en la Presentación del libro en Valladolid el 5 de marzo 2025)

Bibliografía citada:

Adorno, Th., 2008, Dialéctica Negativa, Akal, Madrid, 368.

Benjamin, W., 1970, “El narrador” en Sobre el programa de la filosofía futura, Monte Ávila, Caracas.

Jiménez Lozano, J., 1985, Parábolas y circunloquios del Rabí Isaac Ben Jehuda (1325-1402), Anthropos, Barcelona.

Jiménez Lozano, J., 2001, Fray Luis de León, Ediciones Omega, Barcelona.

Jiménez Lozano, J., 2022, Obras Completas I (OC), Fundación Jorge Guillén, Valladolid.

Mate, R., “La teología política de José Jiménez Lozano”, revista Ínsula, nr 935 (noviembre del 2024), 6-10.

Park, S., 2021, El viaje a Oxford que nunca tuvo lugar, Confluencias Editorial.

Park, S., 2024, Pájaros y Melancolía, Fundación Jorge Guillén, Valladolid.