10/4/26

En la despedida a José Antonio Zamora en el momento de su jubilación

             El tema de este número de la revista Pensamiento, editado por José Antonio Zamora y Reyes Mate, es “el autoritarismo”, tema estrella del proyecto de investigación de J. A. Zamora.

            Como dice César Rendueles, en su colaboración Amalgamas monstruosas estamos ante un asunto complejo que toma distintos nombres (“populismo”, “extrema derecha”, “autoritarismo”) y ha sido objeto de múltiples teorías. Las hay que lo entienden como una radicalización de valores conservadores clásicos; otros teóricos ponen en el centro de sus estudios al nativismo, es decir, privilegian la raza, la sangre o las tradiciones, de ahí su nacionalismo, sus políticas antiemigratorias y la hostilidad a instancias políticas internacionales; y no faltan quienes se fijan en la estrategia política y mediática: no les gusta hablar de economía, del campo o de la vivienda y por eso se sienten más cómodos en los llamados debates culturales, tales como la identidad nacional, la memoria histórica o los derechos LGTBI.

            No sorprende pues que las ciencias sociales se hayan ocupado  de este asunto pues ahí tienen campo que cultivar. Nosotros, por nuestra parte, pensamos que también debería hacerlo la filosofía pues están en juego las conquistas ilustradas y, más aún, la libertad crítica, el ADN de la filosofía.

            Lo que tiene de singular este número, esta reflexión sobre el autoritarismo, es que lo hace teniendo a sus espaldas, por un lado, una experiencia extrema de autoritarismo (el hitlerismo y los campos de exterminio) que fue analizado y procesado con gran rigor y originalidad por la Teoría Crítica. Y, por otro, inscribiéndose en la reflexión que de manera ininterrumpida se ha hecho en este Instituto desde principios de los noventa bajo el rótulo “Filosofía después del holocausto”.

            Hacer un resumen del número estaría fuera de lugar así que me limitaré a rastrear dos cuestiones: el fundamento o las fundamentaciones del autoritarismo la relación entre autoritarismo y antisemitismo.

A. El fundamento del autoritarismo.

            A.1. Jordi Maiso, en Industria cultural y autoritarismo, le sitúa precisamente en la industria cultural, entendiendo por industria cultural no la producción de productos autoritarios o tóxicos sino la producción de esa substancia inmaterial que conforma la socialización y la personalidad modernas, es decir, las relaciones sociales y la construcción de la subjetividad. Y lo que el autor subraya es que la cultura se produce como espectáculo y como marketing, es decir, no sólo como negocio (que parece evidente), sino como un lenguaje que reduce todo a material consumible, con la particularidad de que estos códigos resultan naturales a la extrema derecha. Esos códigos se refieren a la simplificación de lo complejo, a personalizar lo social, el recurso a estructuras repetitivas, a narrativas paranoicas, a lógicas conspirativas. Nada como este libretto para entretener y dar espectáculo.

Estos análisis los vemos ya en la primera generación de la TC, aunque es obligado reconocer que las cosas han cambiado desde entonces porque ha cambiado el capitalismo: vivimos, en efecto, “un capitalismo de expectativas decrecientes”, es decir, no hay capitalismo para todos con lo que se ha intensificado el darwinismo social, el sálvese quien pueda, que propicia políticas nacionalistas y, por tanto, xenófobas y proteccionistas.

Este cambio del capitalismo afecta a la industria cultural, por eso ha aparecido un nuevo tipo de negocio  en el que la actividad de los usuarios se convierte en la principal materia prima de explotación, con el añadido de que, en ese negocio, la autoexplotación es un momento necesario (como bien ha visto Remedios Zafra).

Estas lógicas favorecen a la extrema derecha porque produce sujetos frustrados, desarticulados, hombres-masa, dispuestos a transformar por la violencia su impotencia en prepotencia algo que fomenta la autoafirmación sin permitir ninguna autoconciencia.

Esa violencia institucional afecta a la propia personalidad, de ahí los mensajes de “ser duro y despiadado”, “evitar toda compasión” (las mismas consignas que recibían los soldados de la Wehrmacht). Y esa relación entre autoritarismo y guerra no es gratuita: la interiorización de la competencia feroz y el deseo obstinado de prevalecer produce individuos que consideran la guerra la clave de la relación entre los pueblos por eso el autor dice que el autoritarismo genera personalidades “dispuestas  a la guerra”.

            A.2. Daniel Barreto, en Nación y autoritarismo: de la masa virtual al Estado de medida , dirige su mirada hacia el centro y el nacionalismo.

Lo que viene a decir el autor canario es que no hay que identificar al autoritarismo con la derecha extrema, ni situarla en un rincón extremo, en el extremo de la sociedad. Se apoya, para esa afirmación, por un lado, en los Mitten-Studien que han mostrado cómo el autoritarismo ha alcanzado a las capas medias alemanas, y, por otro, en ver cómo incide el autoritarismo en la esencia misma del concepto de nación, el nacionalismo (el autoritarismo está dentro del nacionalismo).

Para desarrollar esta idea el autor nos remite a la sociedad alemana de finales del siglo XX y de la del siglo XXI, caracterizada por una “herida narcisista”, es decir, por un trauma que se originó en la Alemania que perdió la guerra pero que llega a la Alemania actual.

Expliquemos esto del “narcisismo herido”. Para los alemanes, la pérdida de la guerra supuso una herida, una herida al orgullo nacional que no ha sido curada y por la que sigue sangrando. Digo que “no ha sido curada” porque los alemanes no han sido capaces de hacer duelo por tamaña perdida sino que han sustituido al fetiche del padre muerto (Hitler) por el fetiche del “ milagro económico”. Y, añado, que “sigue sangrando” porque ese “narcisismo herido”, no sometido a la cura del duelo, se expresa hoy manteniendo vivos los viejos demonios: los alemanes siguen siendo igual de autoritarios, de anticomunistas, de antisemitas que antaño.

Ahora bien, si el milagro económico funciona como el fetiche de la nación, es decir, como expresión de la identidad nacional, entonces el capital se erige en instancia autoritaria porque es el elemento que da a los alemanes fuerza, prestigio internacional, respetabilidad...

Estamos hablando del nacionalismo nazi que es el que el jurista Ernst Fränkel analiza en El Estado dual. Dice que el Estado nazi es bifronte, como Jano: por un lado “Estado de normas” (leyes) y, por otro, “Estado de medidas” (decisiones administrativas). Lo propio de una dictadura es sustituir las “normas” (leyes parlamentarias) por “medidas” (por decisiones del ejecutivo). Pero Fränkel, el jurista alemán, dice algo de mucho alcance. Afirma, en efecto, que lo que en el fascismo justifica el paso de las “normas” a las “medidas” son las exigencias del sistema capitalista (que sólo funciona si hay “normas” que garanticen la propiedad privada, la iniciativa empresarial, la inversión económica, etc.). Lo que está diciendo es que el "Estado de normas" garantiza la sumisión del Estado al sistema capitalista con lo que el autoritarismo está servido (pensemos en la China actual).

            A.3. Esto que es propio del Estado nazi ¿lo es también de un Estado democrático? A esta pregunta responde en su contribución, Libertad y orden social sobre democracia y liberalismo autoritario.

Su tesis es que el autoritarismo forma parte del liberalismo tal y como se ha desplegado en la sociedad burguesa. Sabemos que, en contexto fascista, Carl Schmitt predicaba un “Estado fuerte para una economía libre”. Bueno, pues esto vale para la democracia con una ligera modificación: se requiere un Estado fuerte, pero una sociedad débil para que no entorpezca el papel del Estado. Es la posición de Ortega que desconfía de la sociedad, de la democracia de masas, es decir, temen que la presión de las masas debilita al gobierno de un Estado. Por eso hablaba críticamente de la “rebelión de las masas”: en vez de someterse al poder del Estada querían nada más y nada menos que el Estado les escuchara, les defendiera, estuviera a su disposición.

Todo va en dirección de fortalecer al Estado. Esto ya viene de Hegel que entiende perfectamente que una sociedad burguesa es una sociedad de clases. Y como ahí no les va a ir a todos bien, para poner orden, sofocar las posibles rebeliones, etc., es necesario un Estado fuerte. Es, por cierto, una idea que toma de Adam Smith con la diferencia que éste a ese Estado con ese papel tutelar o censor le califica de “institución moral de la sociedad”.

Entre los defensores del Estado autoritario encontramos a liberales, como Hegel o Smith, y a filonazis como Carl Schmitt. Este riza el rizo pues entiende que un Estado de Derecho no es un Estado que tiene y se atiene a leyes democráticas, leyes que se dan los miembros de ese Estado, sino el Estado que sigue el derecho natural, en el sentido que daban a este término los tradicionalistas, es decir, de dado o creado por Dios y no creado libremente por el hombre; mejor que “natural” (para evitar el jusnaturalismo que aquí no cuela), podríamos llamar un derecho “comunitario”, que sigue las costumbres de esa comunidad. Lo natural es lo völkisch , algo que tenga en común como pueblo, y no lo que tenga que ver con la naturaleza humana. Esto no lo puede aceptar un liberal pero sí lo que sigue: lo que hay que evitar, dice Schmitt, es la “politización total” (esto es, dar voz política a las “masas”). La autoridad del Estado supone la “despolitización” de la sociedad ( hay que privarla de voz) y de la “economía” (dejándola a su aire, desregularizada: el laissez-faire no se refiere al Estado sino a la economía). La conclusión a la que llega este autor es que un Estado que se precie tiene que convertirse en policía de la sociedad pero para dejar en paz a la economía.

            A.4. Oliver Decker, el autor de los “Mitte-Studien”, se hace una pregunta que hay que hacerse: por qué la gente soporta tan libremente los sistemas que les oprimen (recordemos “La esclavitud voluntaria” de Étienne de la Boétie). Decker propone para responderla debidamente el estudio de la “personalidad autoritaria  que no pone el acento en el análisis de “tipos duros o autoritarios”  sino en ese tipo de personalidad inclinada a “depender de lo autoritario” (el autoritario no es Trump sino quien le sigue).

De la mano del psicoanálisis en los entresijos de una sociedad se adentra en una sociedad traumatizada que ha encontrado en la economía el bálsamo de Fierabrás. Recordemos que a esta pregunta ya habíamos encontrado una primera respuesta con lo de la “herida narcisista”: el alemán estuvo sometido incondicionalmente a Hitler.Tras su dolorosa pérdida se negaron a hacer duelo (lo que les hubiera permitido liberarse de ese autoritarismo), prefiriendo más bien una rápida sustitución: sustituido por el milagro económico con lo que los viejos mecanismos autoritarios siguieron vigentes (de ahí lo de la economía como empaste o prótesis o sustitución del padre perdido).

Pero lo que este autor nos revela ahora es que entre los alemanes el dinero tenía un poder sobrenatural desde mucho antes. Su fetichismo venía de antiguo: ya para Weber el dinero, aunque no salvara, era garantía de salvación. En esa contexto habría que leer lo del “fetichismo de la mercancía” de Marx. Para Marx la mercancía no sólo tenía valor de uso sino sobre todo de intercambio, de conversión en dinero, de enriquecimiento. Para que la mercancía se elevara a fetiche había que conseguir la apariencia de que ese poder del dinero de generar dinero era algo propio del dinero, como un don interno, y no el resultado de una operación de apropiación de la plusvalía generada por el trabajador. A ese superpoder o poder sobrenatural del dinero todo el mundo rinde pleitesía.

Hablamos del dinero como fetiche, prótesis o empaste para dar a entender, por un lado, que tiene que ocultar el mecanismo real del enriquecimiento (la apropiación de la plusvalía del trabajador), pero sin olvidar, por otro, que ese milagro tiene que dar vida, sustituir al dios muerto (al Hitler derrotado) con lo que el poder del dinero es sobrenatural.

B. Algo quería decir también sobre el otro punto: la relación entre autoritarismo y antisemitismo

            B.1. Daniel Barreto, al comentar la oba de Fränkel, El Estado dual, recogía una idea que conviene retomar. Decía Fränkel que ese capitalismo que sustenta al Estado nazi es antisemita y tiene por objetivo “la aniquilación de los judíos alemanes”, considerados “el enemigo total”.

            B.2. A la pregunta de ¿por qué es tan importante el antisemitismo en esa ideología del Estado dual que debe velar por el desarrollo del capitalismo, responde Berno Herzog con el concepto de “antisemitismo estructural” que no es una modalidad del antijudaísmo cristiano sino un nuevo concepto. Que pone el acento en la mirada que se proyecta sobre el judío y no ya en lo que el judío sea en realidad.

Berno Herzog dice que el antisemitismo estructural es una mirada diferente sobre el judío, mirada diferente desde el punto de vista de la valoración y de la significación. Y pone algunos ejemplos: si los judíos se unen no es por defender sus intereses, como cualquier lobby, sino para conspirar; si están en diáspora no es por libre decisión sino, como dice Hitler, porque no tienen el valor de luchar por un territorio propio; si luchan por un territorio propio no es movido por un sentimiento nacionalista, como los demás pueblos, sino por una versión patológica del mismo (el sionismo), sin preguntarse si esas patologías no son propias de todos los nacionalismos; si se desinteresan por la política del día a día es porque lo que realmente quieren es cambiar el destino del mundo, por eso se les sitúa conspirando detrás de la Revolución Francesa, de la Bolchevique, de la República Española, de la política exterior de EEUU o de los medios de comunicación)

Como decían Ione Bellara: lo reprobable de sus acciones se debe a que “representan el mal absoluto” y no por causas determinables. Si uno no utiliza la sal gorda es acusado de cómplice. Traduzco: si uno no condena a Israel por “genocida” es sionista, cuando ni siquiera en Nuremberg los nazis fueron condenados por “genocidas”.

Dado el carácter imaginado más que comprobado de todas esas representaciones del judío, la pregunta es ¿por qué ese afán? A esa pregunta responde el antisemitismo estructural apelando a la socialización y subjetivación del antisemita y no en lo que sea o deje de ser el judío. El judío funciona como señuelo o chivo expiatorio de una patología social y personal que nada tienen que ver con él. Como dice Adorno en Dialéctica de la Ilustración : “la conducta antisemita se da en aquellas situaciones en las que los hombres, obnubilados y privados de su subjetividad, dejan de ser tratados como sujetos”.

Esa frustración de torna en antisemitismo a través de distintos mecanismos: aparece, por ejemplo, el antisemitismo del ciudadano frustrado: el ciudadano moderno que tanto esperaba de los ideales de igualdad, no puede aceptar que los considerados oficialmente desiguales fueran lo que realmente habían prosperado. Y estos ciudadanos, frustrados en sus expectativas, en lugar de enfrentarse a los causantes de su miseria (el empleador), demonizaron al tendero que les vendía el pan que apenas podían pagar. O el antisemitismo del nacionalista exaltado: mientras la modernidad encumbra a los Estados y Naciones resulta que los que superan sus barreras y limitaciones, moviéndose libremente, rompiendo fronteras lingüísticas, geográficas o etnográficas, son los que no tienen Estado.

            B.3 También Oliver Decker tiene una reflexión sorprendente sobre el capitalismo y el antisemitismo. Marx decía que la esencia del judío era la letra de cambio. Hay tal relación electiva entre capitalismo y judaísmo que no parece pueda hablarse en ese momento de que el capitalismo sea antisemita. Al revés. Pero según este autor sí lo hay por una razón muy sutil: el toque fetichista o milagroso del dinero explica su imagen salvífica. En el capitalismo el dinero es dios pues lo puede todo. Bueno pues por esa pendiente no se lanza el judaísmo porque está convencido de que “el Mesías no ha venido”. Ante cualquier mensaje salvífico hay en el  judaísmo un momento de contención, la llamada “reserva escatológica”, que le permite no caer en la trampa, no dejarse seducir por el dinero, mal que le pese a Shylock.

Y es que al judíos le ha interesado más la cultura que la usura. Prueba de ello es que cuando en Prusia se produjo la emancipación, en 1860, y los hijos de judíos pudieron salir del gheto y acudir acceder a la universidad, en el espacio de una generación la tercera parte del alumnado de la Universidad de Viena era judío.

Ahora bien, que alguien que maneja y vive del sistema fuera capaz al tiempo deliberarse de su tiranía, era mal visto por el capitalismo, de ahí su antisemitismo. El capitalismo es una religión celosa que no admite reservas de ninguna clase y menos, “escatológica”.

C. He dejado para el final el primero de los trabajos del número: el que escribe el propio J. A. Zamora, Rebelión conformista y liquidación del sujeto en Martín Heidegger. Zamora vuelve al tema de “Heidegger y el nazismo” que sacudió la filosofía de los años 80 y 90.

Este debate que fue europeo, también se dio en España, aunque aquí pilló a los heideggerianos a contrapié porque Heidegger llegó a España de manos del falangismo y de un cierto tomismo. Para camuflar sus orígenes el heideggerianismo hizo esfuerzos por parecer una filosofía totalmente desideologizada. Una excepción fue el Instituto de Filosofía que fue protagonista en ese debate: contó con la presencia de Victor Farías, organizó un simposio con el Göethe Institut, propuso a El País un Suplemento sobre el asunto.

Aunque no hay tiempo para desarrollar esto, que quede constancia de que eso no fue casualidad. No fue casualidad que hubiera en España una filosofía académica que no se daba por aludida y un Instituto que entra a fondo en el debate

Tenía que ver con las señas de identidad del Instituto de Filosofía, que nace con conciencia de la dimensión política de la filosofía (por eso interesa el exilio, una filosofía en la que libertad-dictadura están presente; por eso el primer gran seminario del IF fue de "Filosofía política” en el que participaba todo el Instituto). Tenía que ver con las huellas que había dejado el franquismo en la filosofía. Dos modos de entender la filosofía, enfrentados, por eso, cuando ese sector tuvo la ocasión (1996, triunfo del Partido Popular), intentó disolver el Instituto de Filosofía. No lo consiguió pero le cortó las alas.

A Zamora no le interesa tanto la relación explícita de Heidegger con el NS cuanto lo que él llama “la liquidación fascista del sujeto”. Heidegger como tantos otros filósofos de entreguerras toma nota de la crisis, de la debilidad, del sujeto moderno. Lo hace ya en Ser y Tiempo. Lo propio de Heidegger es que no busca salvar al sujeto, como harían y harán los “dialécticos de la ilustración”, sino hundirle, es decir, no huir del abismo, no cerrarse al horror, ahondar en la herida bajo el moto “lo que cae, eso es lo que hay que hundir”. Heidegger busca un nuevo comienzo del sujeto y de la filosofía, pero primero hay que hundirle: una rebelión no creadora sino conservadora.

Para ese trabajo de demolición, Zerstörung, la complicidad de la técnica es capital ya que ésta desempodera radicalmente al sujeto (véase Tiempos Modernos de Charlot). Esa destrucción prepara idealmente para un nuevo tiempo definido como “entrega al acontecimiento del ser”. De ese nuevo tiempo forman parte tópicos como “sometimiento al destino del ser” o “reconocimiento del soldado como una figura metafísica” por lo que tiene de sacrificio por la patria, el ser-ahí como receptor de órdenes, la comprensión de la existencia auténtica como un destino libremente elegido “para la muerte”, es decir, aceptar el no ser, la muerte, como la gran posibilidad de la existencia auténtica, una forma rumbosa de desarmar al ser humano de todo lo que le impida la entrega total al destino de la patria.

José Antonio Zamora resume esta idea diciendo que “La analítica existenciaria critica la subjetividad moderna para ofrecer la alternativa de un sujeto desubjetivado, completamente entregado al acontecer de la comunidad, del pueblo, reconocido como destino individual y colectivo”.

Hasta ahí llega Heidegger y ahora nos podemos preguntar qué tiene que ver esto con el nazismo. A Heidegger los nazis le cesaron de Rector de Freiburg porque se pasó dos pueblos con su filosofía del destino alemán. Los nazis que estaban dispuestos a toda forma de destrucción, no estaban dispuestos a dejar en manos del destino (que sólo él podía descifrar) el futuro de Alemania, ni del mundo.

Lo que está claro es lo que la filosofía heideggeriana tiene que ver con el autoritarismo: aquí se macera a fondo la desubjetivación del sujeto con el fin de dejarle listo para el sacrificio de la Heimat.

            Voy acabando. Este texto es un buen exponente del pensamiento y de la escritura de José Antonio Zamora: rigor y hondura, dureza en la forma y riqueza en el fondo.

            Su presencia entre nosotros  ha conseguido irradiar el pensamiento de Adorno y de la Teoría Crítica, convirtiéndoles para muchos en parte de su familia intelectual.

            Ha dejado su huella en los análisis que hoy se hacen sobre el capitalismo contemporáneo, el antisemitismo, la emigración, las víctimas y la guerra.

            A su faceta de autor habría que sumar la de editor de muchas obras colectivas y la de promotor de muchas empresas intelectuales: creación de la revista Constelaciones, el Foro Ellacuría, consejos de redacción de distintas revistas, número monográficos de revistas, libros colectivos todo al precio de un gran empeño y generoso trabajo personal.

            Yo he tenido la suerte de, además de trabajar con él,  que él quisiera continuar con sello propio la línea de investigación que había iniciado a primeros de los noventa “sobre la filosofía después de Auschwitz”: juntos hemos recorrido un buen trecho y esperamos que Alejandro Baer, que ahora toma el relevo, ciertamente desde otro Instituto, le prolongue por mucho tiempo.

            José Antonio encarna el tipo ideal de miembro de un Instituto de Investigación como éste: alguien con recorrido propio y capaz de trabajo colectivo; con personalidad con solidaridad.

            Uno se va poco a poco o de repente de estos espacios físicos, de estas instituciones, pero no se va de los asuntos que nos ha hecho venir (por eso nos seguiremos frecuentando), y, menos aún, te vas a ir del afecto de quienes hemos compartido contigo estos años. Hasta siempre.

Reyes Mate (Presentación del nr 315 (vol 81) de la revista Pensamiento dedicado a “La filosofía frente al autoritarismo”, editado por J. A. Zamora y R. Mate, en el Instituto de Filosofía, Madrid 26 de febrero 2026)