30/6/14

Reyes Mate: "El cristianismo o es radical o pura banalidad" (entrevista*)

            Quedo con Reyes Mate cerca de su casa, en una de esas estaciones periféricas del metro, en el norte de Madrid, cuya salida lleva el nombre de Riscos de Polanco; riscos ausentes sobre los que se erige ahora un agradable barrio de adosados y zonas verdes, desde donde se divisa la sierra. En la soleada tarde otoñal, me siento en un poyete, embebido en la lectura de La Piedra desechada,  el último libro de Reyes Mate que, de repente, se me presenta como una aparición. Me sobresalto, con la extraña sensación de encontrarme con quien ha escrito las palabras que estoy leyendo. Creo que la última vez que lo vi fue en una reunión del Foro del Hecho religioso, hace ya un cuarto de siglo, pero enseguida reconozco su rostro, ligeramente más avejentado que el de la foto que se inserta en El País, acompañando sus artículos de opinión. Aire sencillo y acogedor de filósofo, gafas y barba blanca de quien acaba de traspasar la barrera de los setenta. A sus espaldas queda una obra sólida, original y reconocida como lo demuestra ese premio Nacional de Ensayo que le fue otorgado en 2009 por La herencia del olvido. Desde su condición de emérito sigue desplegando una intensa actividad intelectual a través de numerosas publicaciones, conferencias y participaciones en los más diversos y distantes foros. Ahora, sin embargo, me introduce en el ambiente tranquilo de un entorno familiar del que forman parte Teresa, su mujer, y Lucía, una de sus tres nietos, de ocho años, a la que acoge dos tardes por semana. Me confiesa que, gracias al apoyo que siempre ha tenido por parte de su familia, ha podido y sigue pudiendo dedicar muchas horas al estudio y a la reflexión. Es explicable, por tanto, esa dedicatoria que encontramos en Memoria de Occidente (1997), una de sus mejores obras: “A Tere, Esteban y Maite, que tanto me so-portan”. Pasamos al salón, Lucía, novelera, nos trae el té que me trasporta al escenario imaginado de una universidad inglesa decimonónica donde dos hombres sesudos pueden entregarse al, hoy olvidado, placer de la conversación.

El cholismo, sí, pero sin exagerar

         El fútbol ocupa tanto espacio en nuestra sociedad que estamos tentados de convertirle en el espejo donde mirarnos. Cuando España ganó su primer mundial en el 2010, hubo quien vió en el entrenador, Vicente Del Bosque, el modelo a imitar por quien fuera Presidente de Gobierno. Y ahora que el Atlético de Madrid ha conquistado el título de campeón de liga, a base de pundonor, no falta quien presenta sus virtudes deportivas como el modelo de los valores cívicos que deberían dominar la vida profesional de cada cual y también la de los políticos.

            En esta querencia a trasladar lo que pasa en el deporte a la dura realidad de la vida, el cholismo ha significado un punto de inflexión. El cholismo, es decir, la mística que inspira el modo de ser y de actuar del entrenador de Atlético de Madrid, Diego Pablo Simeone, alias El Cholo, ha irrumpido en el mundo futbolístico español como una alternativa al recetario dominante, tan bien representado por el actual presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, cuya chequera parece inagotable. Pundonor frente a talonario. "Nuestro ejemplo", ha dicho El Cholo, "demuestra que se pueden ganar títulos  de otra manera". Esa otra forma de concebir el juego consiste en maximizar las posibilidades de una materia prima -los jugadores- considerados de entrada como de inferior calidad. Con esfuerzo en el trabajo y disciplina en el juego han compensado su desventaja técnica, y gracias a la ilusión que les ha transmitido han transformado la modestia de sus biografías anteriores en figuras deportivas.

18/6/14

Memoria y justicia transicional

Es imposible no toparse con el concepto de justicia transicional cuando se  transita actualmente por el amplio campo de la justicia penal. Se puede discutir sobre su novedad pero no sobre su importancia. Si queremos garantizar el desarrollo de los derechos fundamentales hay que tomársela muy en serio; si queremos abordar con rigor la superación de un conflicto violento, es decir, si queremos poner bases sólidas para acabar con la violencia y que el pasado violento no se repita, tenemos que colocar en el epicentro de la escena a la justicia transicional.
Nadie discute su importancia pero sí su novedad. Hay quien piensa que es una novedad absoluta en la historia del derecho, mientras que otros sostienen que la cosa viene de muy atrás. Puede que así sea pero lo cierto es que hoy ha tomado una forma hasta ahora desconocida. Si en el pasado mandaban los intereses de los agentes políticos, hoy prima algo así como la justicia a las víctimas o, dicho de otra manera, la justicia por los crímenes perpetrados en ese contexto de violencia o terrorismo.

Francisco, una renovación peligrosa

            El fundador del diario italiano La Republica, Eugenio Scalfari, ha escrito un largo artículo, al año del pontificado de Jorge Bergoglio, titulado “La revolución de Francisco contra los mandarines del Vaticano”(1). Dice que Roma, no Italia, se ha convertido en la capital del mundo, algo que no ocurría desde hacía dos mil años, por obra de Francisco. Tiene crédito entre todos. Los fieles confían en él. Los políticos quieren verle. Y con él quieren dialogar los rabinos, los imanes y los no creyentes, como él mismo, un agnóstico.
            Su credibilidad tiene que ver con su simpatía personal, pero sobre todo con su programa de trabajo que es presentado y visto como un programa de una profunda renovación.
            Lo que me propongo es avanzar algunas reflexiones sobre las dificultades que presenta este plan de trabajo.