Un Mundial de fútbol es una inmensa carpa en la que se dan cita todas las emociones que recorren a los habitantes del planeta. Con cada balón ruedan expectativas y frustraciones tanto personales como políticas, por eso los brasileños prefirieron en un tiempo el triunfo de la selección de fútbol a la solución de sus problemas materiales; por eso para los argentinos cada encuentro con los ingleses es un encontronazo, con las Malvinas al fondo, que aspira a resolver con un balón de aire lo que las armas de fuego les negaron. Los españoles no pueden olvidar el consuelo que supuso el triunfo del 2010 en pleno desastre económico. El fútbol es más que un juego por eso ha provocado tantas lecturas sobre el alcance de sus múltiples significados.
En España, la cosa es diferente. Es verdad que el Código Civil español reconoce la nacionalidad por nacimiento, por reconocimiento político o por residencia. En esto no nos diferenciamos de los países de nuestro entorno. El español puede ser el nacido aquí o incluso nieto del nacido, aunque esté fuera (caso de los exiliados); el reconocido como tal por decisión política, o el que resida en su territorio si cumple determinadas condiciones (10 años de estancia en general o dos años si viene de Iberoamérica o de países como Guinea Ecuatorial, caso de la madre de Lamine Yamal o desciende de Sefardíes). Podemos decir que español puede ser cualquiera que cumpla los requisitos que marcan las leyes, que son decisiones políticas que no atan el ser español a circunstancias naturales como la sangre o la tierra.
Esta forma civilizada de proceder es la de un entorno cultural en el que nos hemos inspirado. La diferencia con esos otros países es que nosotros no nos lo creemos, por eso el exPresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, pudo decir del equipo francés que “no eran franceses”. Bien sabía él que tenían la nacionalidad francesa pero no lo eran, a sus ojos, porque, para un español de toda la vida, el ser nacional va ligado a la pureza de sangre. El mestizaje corrompe la pureza y la nacionalidad pues sabido es que quien se siente de dos lugares (español y guineano, como Lamine Yamal), no es de ninguna parte.
Más allá de la gracieta que pudo perseguir el autor de la frase, hay que reconocer que es altamente significativa porque responde a un modo de pensar que ha atravesado nuestra historia y que, como dice Américo Castro, es “la causa de nuestro problematismo en la convivencia nacional”. Cuando Hispania era un territorio complejo, habitado por tres pueblos con sus diferentes lenguas, ritos y costumbres, hubo quien se empeñó en reducir el todo a una parte, identificando el ser español con el ser cristiano, declarando a los demás, judíos o moriscos, extranjeros. Este gesto fundacional no acabamos de sacudírnoslo, por eso cada vez que nos afirmamos (como españoles, catalanes o vascos) tenemos que excluir al otro. Y como no nos basta excluir o expulsar (como hicimos antaño con los judíos y los moriscos), nos afanamos en extirpar lo que haya del otro en nosotros. El Emperador Carlos y su hijo Felipe II tuvieron que desprenderse de excelentes consejeros económicos porque tenían sangre impura, y durante mucho tiempo el español de bien evitaba la medicina porque había sido ejercida por judíos.
Digo que nos ha marcado porque el esquema de la pureza de sangre se ha repetido bajo distintos nombres. El impuro podía ser el cristiano converso, el erasmista, el jansenista, el liberal, el heterodoxo y ahora el que tenga piel oscura o invoque el Corán.
Ahora bien, el que un equipo multirracial convoque tanto entusiasmo popular debería darnos que pensar. En primer lugar, porque esto va a más. Entre la primera medalla mundial y la segunda han obtenido la nacionalidad española unos dos millones y medio de emigrantes. En segundo lugar, se aviene mal con esa tendencia el discurso de la “prioridad nacional”, es decir, el de la pureza de sangre. A la economía española, como al fútbol, le viene bien el mestizaje. El innegable malestar de muchas capas sociales no se resuelve con llamadas a la pureza de sangre sino con medidas políticas que alcancen a quienes las necesitan, sea cual sea su origen. Finalmente, no deberíamos permitir que resabios del pasado, por muy incrustados que estén en nuestro ADN, frenen la capacidad de empatía con el otro que acaba de despertar el triunfo de la selección nacional. Un deporte popular, como el fútbol, está dando la hora de España por adelantado. ¡Ójalá se pueda oír en todos los rincones¡
Reyes Mate (El Norte de Castilla, 27 de julio 2026)