28/10/26

No todo es posible

             Anthropic y OpenIA son dos grandes empresas de inteligencia artificial que nos tienen acostumbrados a éxitos cada vez más espectaculares. Ahora han sido noticia porque varios dirigentes han salido de sus empresas, despavoridos, al grito de “¡la humanidad está en peligro y puede sucumbir antes del 2030!”. En sus laboratorios han creado máquinas tan poderosas que pueden independizarse de sus creadores y programar por libre. Ellos bien saben que en un mundo hecho a imagen y semejanza de la inteligencia artificial, no tiene cabida el ser humano que hemos querido ser.

            La noticia ha encendido todas las alarmas. Hemos descubierto de repente que no hay marcos jurídicos adecuados para su control, ni códigos éticos que lo orienten, ni una educación ciudadana que nos prepare para su uso, en una palabra, nadie ha hecho sus deberes.

            La pregunta que hay que hacerse es si esta alarma va a ser eficaz o, pasará, como otras veces, que, pasado el susto, volveremos a las andadas. Porque lo cierto es que llevamos más de un siglo recibiendo avisos sobre el (mal) uso de la técnica, sin que hayamos hecho caso. Habría que recordar el entusiasmo con el que la humanidad recibió su irrupción en la historia, a finales del siglo XIX. Hubo una viñeta famosa que dibujaba al ferrocarril, que acababa de ponerse en marcha, con pies de caballo, queriendo dar a entender que la humanidad podía realizar ahora todos sus sueños viajeros, limitados hasta entonces al desplazamiento que pudiéramos lograr a lomos de un caballo. El tren podía llevarnos adonde la humanidad siempre soñó y nunca pudo. Pues bien, bastaron pocos años para que ese entusiasmo se viniera abajo. La técnica podía, gracias al invento del avión, apagar desde el aire imposibles incendios, pero también llenar las trincheras de sangre. La ciencia podía inventar la penicilina pero también la bomba atómica. Había que poner orden en su desarrollo. No podía ser, como de hecho ocurrió en los siglos XIX y XX, que el desarrollo de la tecnociencia estuviera dictado por la guerra o el dinero o el poder. Había que hacer un alto y plantearse preguntas como ésta: ¿está la técnica al servicio de la humanidad o la humanidad al servicio de la técnica?

             Esta pregunta se la hicieron algunas mentes bienintencionadas, como las que se concitaron en el Club de Roma, en marzo de 1972. Su famoso informe llegaba a la conclusión de que no resultaba posible el crecimiento ilimitado dentro de una biosfera finita. Abogaba por un crecimiento sostenible. Como nadie hizo caso volvieron sobre el asunto, en el año 2012, es decir cuarenta años después, con otro informe que ya no hablaba de un crecimiento sostenible, sino pura y simplemente de decrecimiento. Nadie quiso escucharles.

            Sin ir tan lejos hace unos diez años también se planteó el mismo problema sobre el desarrollo de la técnica a propósito del transhumanismo. En ese momento saltó la noticia de que científicos, expertos en biología sintética, se planteaban sustituir la humanidad existente por otra, no sólo mejorada sino superada gracias a una progresiva sustitución de piezas naturales por otras artificiales.

            Los responsables políticos, dentro y fuera de España, decidieron no intervenir porque valoraron más y mejor el incremento de conocimiento, ahí logrado, que el respeto a la libertad y dignidad del ser humano, ahí amenazado.

            Tiene que haber una poderosa razón para que todos estos avisos hayan sido desoídos. Una razón que conviene detectar porque, de seguir vigente, podría acallar sin esfuerzo toda la alarma provocada por la hipertrofia de la inteligencia artificial que ahora nos alarma. Conocemos esa razón capaz de menospreciar todos los peligros y acallar todas las alarmas. Es una razón muy poderosa pues la compartimos todos, la veneramos todos y no estamos dispuestos a renunciar a ella. Se llama progreso, que funciona entre nosotros como un ídolo ante el que nos rendimos. Si ya se decía en el siglo XIX que el progreso era “la iglesia más visitada de su tiempo”, hoy tendríamos que decir que se ha elevado a gran mito del siglo XXI.

            Por supuesto que el progreso ha traído grandes beneficios: la electricidad, el avión, la neurocirugía, la prolongación de la vida, pero lo que es cuestionable es la ideología del progreso, es decir, el convencimiento tan expandido de que lo nuevo es bueno, que el progresar es un derecho irrenunciable, que el desarrollo científico es infinito e imparable y, aunque su desarrollo provoque guerras, migraciones, catástrofes ecológicas o amenazas nucleares, no hay que alarmarse pues son su precio, el precio del progreso.

            Esta ideología nos lleva a pensar que la finitud de la condición humana es un defecto de fábrica y hay que hacer todo lo posible por romper las barreras y fabricar un ser humano resistente al tiempo y a sus debilidades. Para que la alarma de la IA sacuda de verdad tendríamos que responder de forma distinta a una vieja pregunta: "¿podemos conocer todo o hay poner límites al conocimiento”. La consigna de los nazis era clara: “todo es posible”. No hay límites, si se puede hacer, ni para la moral, ni para la ciencia, ni para el poder. El goce está en experimentar que se puede, aunque eso sea catastrófico.

Reyes Mate (El Norte de Castilla, 22 de octubre 2026)