4/1/15

Un regalo envenenado

            Javier Cercas dice que le tocó la lotería el día que Enric Marco pasó de heroico superviviente a vulgar estafador. Tenía tema, el tema de El Impostor, en el que Marco es parábola de nuestro tiempo o arquetipo de cómo nos comportamos.

            Marco no es desde luego el primer estafador. Hace casi veinte años Wilkomirski, autor suizo de Fragmentos, un libro donde se inventaba una falsa infancia en un Lager, provocó un cataclismo. La razón de esta conmoción tenía que ver con la significación de Auschwitz, un acontecimiento singular porque fue impensable, es decir, escapó a las coordenadas del conocimiento. Sólo nos era accesible su significación a través de los testigos. La memoria de los supervivientes adquiría un valor epistémico de primer orden. La memoria era el a priori del conocimiento, lo que da que pensar. Un engaño en el testimonio suponía un atentado al pensar después de Auschwitz y eso no se podía tolerar.

            El debate consiguiente se centró en la verdad de lo ocurrido y cómo contarlo. Estaba claro que había zonas de aquella realidad  que escapaban a la historia y sólo nos eran accesibles desde le memoria que no es sólo subjetiva, sino objetiva; que no produce sólo sentimientos, sino también conocimiento. La memoria del filósofo o la del narrador no es la del historiador.

            Mucho de estos debates asoman en la poderosa novela de Cercas, aunque él, cuando ejerce de ensayista, opta por desacreditar la memoria. Se cuela en su obra el debate español sobre memoria e historia y eso desorienta mucho. Porque al entender la memoria como quieren los historiadores (algo subjetivo y sentimental), tira piedras sobre su propio tejado. Al fin y al cabo, lo que aquí nos convoca es un caso de falso testigo para descubrir algunas verdades a través de una mirada moral al pasado: la memoria.

Reyes Mate (El País, Babelia, 22 de noviembre 2014)

17/11/14

El tiempo se acaba

            Alternan titulares que anuncian catástrofes del estilo "colapso de la civilización", "sólo un giro radical detendrá el cambio climático" o "si no reducimos la población, lo hará la naturaleza", con otros que abren a la esperanza como, por ejemplo, los logros de la ciencia capaces de corregir los fallos de la naturaleza y hasta las impotencias de la ética.

            Lo uno por lo otro, decimos, y pasamos página porque siempre ha habido problemas y el ser humano se las ha ingeniado para salir adelante. Lo nuevo es que los avisadores del fuego no son ya radicales enrabietados sino instituciones como la ONU o la NASA o científicos bien situados.

            La música de estas coplas viene de lejos, del famoso informe sobre límites del crecimiento del Club de Roma, 1972. La diferencia entre aquellos avisos y las noticias actuales es que el tiempo no ha pasado en vano.

Los trenes del obispo

            El obispo de Alcalá, que está contra el aborto, niega al Estado legitimidad para legislar sobre la despenalización de quien lo practique.  Es tan encendida su oposición que la ilustra con argumentos truculentos –esa ley garantizaría “el derecho a matar a un inocente”- y con una potente imagen: “el Tren de la Libertad, como los trenes de Auschwitz, debería llamarse el tren de la muerte”.

            Los jerarcas de la Iglesia católica gustan de comparar el aborto con imágenes impactantes. Primero fue con ETA y ahora que ETA anda de capa caída, con Auschwitz.

2/11/14

El Marx que no quería ser marxista

            A finales de lo ochenta la revista liberal, Newsweek, anunciaba al mundo la muerte de Marx, que fue celebrada por Francis Fukuyama -el autor de un mal libro,  El Fin de la historia, pero encumbrado por los poderes fácticos a evangelio de los nuevos tiempos- como el triunfo definitivo de la democracia liberal. En los años noventa se procedió al entierro oficial del marxismo, el fantasma que según El Manifiesto Comunista recorría Europa aterrorizando a la Santa Alianza, es decir, al Papa, al Zar y al Tío Sam.

            Tras 75 años de experimentación fracasaba el proyecto comunista, inspirado en el marxismo, debido a la fuerza de sus adversarios y también a sus colosales errores: fallaron sus previsiones y, sobretodo, construyó un monstruoso sistema político donde era difícil encontrar huellas del espíritu emancipador que anunció su fundador. La muerte de Marx parecía no tener vuelta de hoja.