Víctimas ha habido siempre pero eran
insignificantes. Sabemos que la historia de la humanidad se ha construido sobre
los sufrimientos de los más débiles pero no lo dábamos importancia porque era
el precio del progreso. Y, sin ir tan lejos, hemos visto cómo en estas tierras
durante mucho tiempo se enterraban a las víctimas del terror en silencio,
privatizando el dolor, como si el crimen fuera un accidente carente de
cualquier significación pública.
No se puede decir que la
banalización del sufrimiento, en un caso, y la privatización, en el otro, nos
haya hecho mejores. Si la gran historia sigue avanzando sobre cadáveres, la
cercana, tan empeñada en pasar página, corre el riesgo de entregar su futuro a
quienes han tachado de su agenda el sentido de la responsabilidad por el pasado.
Lo que en este caso tienen en común la gran historia y la de nuestro pueblo es hacer inútil todo el sufrimiento acumulado.