17/8/15

Sobre la alemanización de Europa y la defensa del pensar en español

Entrevista a Manuel Reyes Mate (R.M) Director de la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, en 2009 recibió el Premio Nacional de Literatura en el género ensayo en España. Entrevistado por Alex Ibarra Peña (A.I) del Colectivo de Pensamiento Crítico palabra encapuchada.

A.I: Profesor Reyes Mate le he incluido en esta serie de entrevistas a filósofos e intelectuales latinoamericanos por su destacado esfuerzo de vinculación y cooperación a través del proyecto “pensar en español” en el cual también están comprometidos filósofos españoles como Antolín Sánchez Cuervo y Francisco Martin, entre otros. ¿Nos puedes resumir el ideario de este proyecto del “pensar en español”? ¿Cuál es la evaluación que realizas de los resultados del proyecto?

R.M: La idea de un “pensar en español” es inseparable del contexto de globalización en el que vivimos, caracterizado por una profunda contradicción ya que si, por un lado, se reconoce que cada parte tiene o debe tener su lugar en el todo, ocurre, por otro, que el todo, por lo que respecta al pensamiento, está dominado por una industria cultural que se expresa en inglés. Hay ahí un problema para el pensar diferente y un peligro de pensamiento único. La reacción ante una situación semejante podría ser la de reivindicar lo propio, encapsulándonos en lo castizo. Carlos Pereda ha fustigado esa reacción, explicándola como un berrinche propio de quien se sabe excluido de ese club selecto –porque no se da la talla- donde tiene lugar “la conversación de la humanidad” en inglés por supuesto. El resultado sería la apelación a una filosofía local, “latinoamericana” o “bolivariana” o como quiera llamarse, que tendría el inconveniente de carecer de esa pretensión de universalidad propia de la filosofía tout court. Ese peligro existe pero no se trata de eso cuando algunos reivindicamos un pensar en español. Lo que nos motiva es la conciencia de que al pensar en la lengua que hablamos, el español o castellano, estamos obligados a pensar teniendo en cuenta las experiencias encontradas que alberga esa lengua que ha sido hablada por dominadores y dominados, por amos y esclavos, por víctimas y victimarios. Ese pensar tiene que ser necesariamente interpelante y no puede hacer abstracción de la experiencia vivida. Tendrá que estar guiado igualmente por un logos-con-memoria y no por un concepto abstracto que, como dice Franz Rosenzweig, encierra siempre una dimensión totalitaria. Lo que distingue ese pensar en español de un pensar en inglés o francés no es la lengua en que se formula sino la centralidad de la experiencia recogida en la lengua. A lo que se opone es a un pensar abstracto y, consecuentemente, totalitario.

7/7/15

Pensar en español hoy: entre la hospitalidad y la hostilidad

            1. Hace unos años publicó Carlos Pereda "La filosofía en México en el siglo XX" que, además presentamos aquí en Madrid en el Instituto de México. Hay  un capítulo en  el libro, titulado "Pensar en español ¿un pseudoproblema?" que traigo a colación porque nos va a ayudar a centrar el tema.
            Dice Pereda que eso de pensar en español puede ser una gran perogrullada. En efecto, si por pensar en español entendemos pensar en la lengua que uno habita, la cosa es una perogrullada, “una cosa vulgar e…inevitable”. Lo que sería interesante -y no una vulgaridad como lo de afirmar que se piensa en la lengua que se habla- es preguntarse por cómo comunicaría un hispanohablante en una comunidad internacional de investigación que habla inglés. Obligados a comunicarse en inglés, empeñarse en plantear la cuestión de cómo pensar en español podría ser la expresión de un malestar o un complejo de inferioridad. Una pataleta.
            No parece, en efecto, que el pensamiento en español tenga mucho que ofrecer. Pereda enumera algunas de sus debilidades que si no son congénitas sí alcanzan el estado de endémicas o crónicas. En primer lugar, el fervor sucursalero: tenemos una tradición filosóficamente débil y eso ha alimentado una filosofía dependiente El que sale a estudiar no vuelve nunca. Sigue anclado en lo que estuvo. Uno se apunta a una tradición y es como si entrara en religión. En segundo lugar, el afán de novedades. Nos encanta estar a la última sin haber pasado por la penúltima. Somos posmodernos sin haber sido modernos. Luego están los que, conscientes de estos males, tratan de superarlos con un nuevo y mayor vicio: el del entusiasmo nacionalista. Nada como lo nuestro. Pretendemos sacudirnos la dependencia con una huída hacia adelante o mejor hacia atrás, reclamando una filosofía castiza: “filosofía mexicana”, “filosofía bolivariana” o "filosofía latinoamericana".

2/6/15

Por una justicia anamnética(1)

            1. La justicia siempre ha sido un tema mayor de la reflexión política. Para los antiguos era una virtud superior, “más admirable que la estrella de la tarde y de la mañana”, dice poéticamente Aristóteles, porque se ocupa del bien del otro. Para los modernos es incluso algo más: “el fundamento moral de la sociedad”. La sociedad moderna, democrática y liberal, se legitima en tanto en cuanto se base en principios de justicia.
            Hay quien piensa que el sentido por la justicia es anterior al de por la moralidad. Antes de que el hombre supiera distinguir entre el bien y el mal sabía decir, como hacen todavía los niños: “¡no hay derecho!”. Una preocupación, pues, que viene de antiguo aunque obligado es reconocer que se la ha entendido de muchas maneras. Basta recordar que a la justicia unas veces se la representa como una señora con los ojos vendados y, otras, con los ojos bien dispuestos, para hacerse idea de que la justicia ha sido entendida de muchas y diferentes maneras.
            Por ejemplo, la idea que los antiguos se hacían de la justicia poco tiene que ver con la que se explica hoy en las cátedras de filosofía. Para los antiguos la justicia es, en primer lugar, una virtud, es decir, un tipo de acción con un recorrido limitado puesto que lo propio del acto virtuoso es hacer valer lo que impone la naturaleza. En segundo lugar, importa el otro. Para ser justos hay que atender al otro, dar al otro lo suyo. En tercer lugar, su materialismo: para que haya justicia tiene que haber reparación integral.

28/5/15

Homenaje a Jorge Semprún

            1. Jorge Semprún es un personaje singular: exiliado en su juventud por razones políticas, resistente en Francia, deportado a Buchenwald, superviviente de un campo, combatiente antifranquista en la clandestinidad, escritor, guionista de éxito, ministro del gobierno español... Hay que decir que con la mitad de esto los franceses han hecho de André Malraux un mito nacional.

            2. Son muchos los perfiles que ofrece un personaje tan singular. Yo me voy a fijar en uno que tiene que ver con su inquietud filosófica, una inquietud que se ha trasladado a algunos ensayos, tales como  Mal et  Modernité o Se taire est impossible o sus Conferencias Aranguren  pero que sobretodo impregna su literatura. Si la escritura de Semprún se hace de repente tan densa y profunda es porque asoman en ellas las preocupaciones filosóficas del resistente que fue detenido guardando en  su mochila un ejemplar de la Crítica de la Razón Práctica de Kant.

            3. Fueron precisamente las lecturas de Kant sobre el mal las que le llevaron a interpretar el nazismo como el mal absoluto.

            El epicentro de ese mal le veía él en el tratamiento nazi de la muerte. Lo que se producía en esos lugares en cuya puerta de entrada figuraba el moto "el trabajo os hará libres", era la muerte. El nazismo era una inmensa " "fabrica de cadáveres", decía Arendt,  pero Semprún quería decir algo más. Lo específico, según Semprún,  de esa "fabricación de cadáveres" no era la eficacia en la producción de muertos, sino la imposibilidad del morir. Muerte, sí; morir, no. Propio del morir es entender la muerte como una posibilidad de la vida. Rilke habla del morir como la maduración "de la gran muerte que llevamos dentro", es decir, como la culminación de la vida.